"'Soy un hagiógrafo canonizador': Fernando Vallejo"
MÉXICO (UNIV)._ "Soy un hagiógrafo canonizador. El santo mío vale más que los mil cuatrocientos beatos de monseñor Ospina. Los va a escuchar y les va a hacer algún milagro", dijo Fernando Vallejo al "beatificar" al colombiano que entregó su vida al estudio del idioma español y fue iniciador de un ambicioso diccionario sobre el origen de esta lengua: Rufino José Cuervo.
"El personaje es deslumbrante, por su riqueza de alma, la bastedad de sus conocimientos de gramática, de lingüística, de idiomas, por la bondad, por la modestia, por la timidez", explicó Fernando Vallejo en una charla con estudiantes y académicos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la tarde del viernes en la que entre otros temas habló de su más reciente libro titulado El cuervo blanco.
Pero, ¿cómo novelar la vida de Rufino José Cuervo, fundador de la primera academia de la lengua en suelo americano, personaje de su más reciente novela, que murió sin descendencia y sin haber conocido siquiera el trato carnal?
"Intentó hacer la obra más enloquecida y delirante de la raza hispánica. Hemos tenido bastantes locos en esta historia. Cuervo está sobre Cortés, sobre San Ignacio de Loyola, sobre Pizarro, por sobre todos. Su máxima locura es el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, de la que escribió sólo los cuatro primeros tomos que abarcaron de la A a la D. Era una locura", refirió.
Cuervo, según el también autor de La virgen de los sicarios y La puta de Babilonia, era como un beato entregado, como misionero, a su propio culto laico que fue la lengua castellana. La historia termina por ser también el devenir de la entonces Gran Colombia del Siglo 19, descrita de refilón en esta novela con sus guerras civiles, sublevaciones, traiciones y poetas suicidas.
La idea original surgió por la admiración que el mismo autor, lingüista de profesión, tiene por este bogotano que abandonó amigos, empresas y una prometedora vida política para, a lado de uno de sus hermanos, autoexiliarse a París, ciudad desde la que compartió estudios con otros tantos estudiosos del alemán, árabe y lenguas indoeuropeas.