Benigno Aispuro
Es bien sabido que antaño, cuando no había electricidad, el mundo era un oscuro territorio en los que los alegres días de los míseros seres humanos se combinaban con noches pobladas por espantajos y demonios de la más diversa índole, de acuerdo con la imaginación, las supersticiones y la mala conciencia de cada cual.
Sólo bastaba que se ocultara el Sol para que empezaran a rondar, por callejas, huertas y corrales, tras los matorros o el tendido de ropa del patio, agitados por el viento y abrillantados por el pálido resplandor de la luna, y aun en un oscuro corredor de la casa o entre las sombras del viejo huanacaxtle del vecino, todo tipo de trasgos, espantos, fantasmas y espíritus chocarreros, incluido al papá de todos, el Diablo, Chamuco o Petochi.
Hace unas décadas aun andaba dando guerra La Llorona, con su largo lamento, preguntando por sus hijos. Quizá en alguna ranchería perdida en la sierra siga haciendo de las suyas.
En lo personal me tocó lidiar con la Mano Peluda, cada noche que me iba de vago con los amigos y regresaba de noche y tenía que pasar por una esquina del solar de la escuela. Era de esas en que salíamos corriendo a todo correr porque, sin saber cómo, nos venía correteando la Mano Peluda, sea eso lo que fuere.
La susodicha Llorona es un clásico nacional. En los últimos tiempos de su largo reinado, cualquiera se enfundaba una sábana blanca y salía a las calles oscuras a arrojar aquel lamento desgarrador- según las dotes actorales del intérprete- con el riesgo de toparnos con algún borracho empistolado dispuesto a dar un escarmiento al demonio más pintado.
Los pueblos de Sinaloa, y no dudo que de todas partes, están sembrados de sitios con tesoros ocultos, casas embrujadas o habitadas por viejas brujas a las que no hay que molestar; fantasmas de personas que tuvieron una muerte trágica y andan penando, nahuales y fuegos fatuos que arden débilmente en los panteones y son el terror de sus vecinos, y cosas así.
Todo ello lo he soportado estoicamente a través de los años.
Alguna vez me tocó ver huellas de duendes en la tierra mojada por la lluvia de anoche. Eran de pies como de bebé. Pero uno de mis mayores me dijo que no eran sino huellas de tlacuaches, que se le parecen. Otro de mis terrores de infancia lo fue un llanto lastimero de bebés en la noche fría de la abandonada casa vecina, con su tejado y su patio de toronjos y naranjos. Mi madre sofocó mis miedos con una frase: Eran gatos en celo.
Rememoro aquellos temores de la mano de Juan Ramón Manjarrez, por quien me entero de que en San Ignacio hay un "Callejón de la Gallina con Pollos" (por rumbos del barrio de La Mezcalera), cuya foto nos muestra en las redes.
Y explica que la tal "Gallina con Pollos" fue un espantajo de la tradición oral de ese pueblo del sur de Sinaloa. "Era el peor monstruo a que te podrías enfrentar en el pasadizo oscuro de tu imaginación", dice Manjarrez, quien algo conoce de las tradiciones de San Ignacio, que es su pueblo natal, al que regresa cada rato.
Por dicho callejón como por la amplia calle, igualmente oscura, donde a mi generación se le aparecía La Mano Peluda- había que pasar con todos los sentidos alertas y los pies hormigueantes de adrenalina, listos para pegar la carrera al primer indicio de la presencia del enemigo.
Me imagino que, como todas estas leyendas, tuvo su origen en el afán de los papás por mantenernos quietos sin tener que amarrarnos ni nalguearnos hoy ya no se puede porque los muy mequetrefes nos denuncian ante el DIF y, peor aún, ante la Comisión de Derechos Humanos; sin embargo, el Diablo ya inventó los juegos electrónicos para mantenerlos a raya-.
Me imagino que el caso particular de la espantosa Gallina con Pollos, tuvo su origen en alguna gallina clueca que, como sabe, se ponen feroces cuando alguien trata de tocar a sus polluelos, y que en ese callejón o en otro espantó a algún chiquillo sanignacense que fue quien esparció el rumor que tuvo en jaque a una generación de ese bello pueblo.
Como el poeta Antonio Valenzuela Mizques, que solía espantar a su hija pequeña con la llegada inminente del terrible "Diablo Verde", hasta que la muchachita creció lo suficiente para reírse al saber que se refería al corredor del Rosillo (del corrido Los caballos que corrieron), quien nunca hubiera pensado verse convertido en un espantajo más.
Pero como decía, esas cosas sucedían en aquellos felices tiempos en que no había electricidad y todo se iluminaba con cachimbas, veladoras y quinqués, aun en las ciudades donde el alumbrado público era deficiente.
No en estos nuevos tiempos en los que hay otras cosas de qué aterrorizarse gracias al tremendismo de nuestros medios de comunicación, a los horrores del crimen organizado alimentados por la impunidad, y a la creciente miseria que cancela toda esperanza, como en el Infierno de Dante.
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