Benigno Aispuro
El pasado lunes casi al anochecer llegamos al pueblo mágico de El Fuerte, donde pernoctaríamos para trasladarnos otro día a Choix. La señal de las lluvias tempraneras se notaba ya en el tenue verdor de los cerros, casi todo el año en colores ocres y cenizos por el prolongado estiaje.
La antigua villa de San Juan Bautista de Carapoa se hallaba en vísperas de su fiesta anual, el 24 de junio, el mero día de San Juan. En el Templo del Sagrado Corazón de Jesús, que data del Siglo 18, la hermosa plazuela de añosos árboles, y el centenario edificio de rojo ladrillo del Ayuntamiento, todo denotaba el ambiente festivo, al cumplirse 450 años del pueblo, por lo que la fiesta del martes sería en grande, con la presencia del Gobernador y toda la cosa.
Antes de que anochezca nos metemos al Museo del Mirador, construido donde estuvo el viejo fuerte, primero de madera y luego de mampostería, y reconstruido con fines turísticos e identitarios.
Desde la cima se divisan estampas de postal del imponente río Zuaque, y algo de las antiguas crónicas se me remueve en la memoria; historias sangrientas del libro de don Ernesto Gámez García y su Historia antigua de Sinaloa del Mocorito al Zuaque, donde a espada y cruz, los conquistadores y misioneros fueron imponiendo su ley y su religión, barriendo toda resistencia de caciques y hechiceros (como Nacaveba y Taxicora) mientras resistían los asedios en el antiguo fuerte, construido a pulmón por Sotelo de Betanzos.
Un viento fresco arrea oscuras nubes desde el oriente, como si fuera a llover o estuviera lloviendo por el rumbo de Choix.
Aprovechamos la estancia para admirar a detalle la colección del Museo: Herramientas, armas, fotografías, objetos de piedra y otros utensilios domésticos recogidos en las casas. Al fondo una carroza fúnebre de tiro de la cual, supersticioso, me alejo haciéndole las cruces. A la entrada dos estatuas, una del sanguinario de Charay, Rodolfo Fierro, con la mano puesta en la cintura armada y la mirada torva. La otra es del conquistador zacatecano Diego de Hurdaide.
Tras recorrerlo todo, salimos a buscar un lugar donde guarecernos esa noche.
Me pierdo en los pasillos de la asombrosa Posada del Hidalgo, con su estatua del Zorro, el bandido californiano del que un acta de nacimiento ha dado a pensar que es de aquí nativo, seguro para atraer turistas. En los corredores oscuros, entre abundante vegetación, temo topar con algún fantasma de tiempos idos.
Nos hospedamos al fin a un lado de la plaza. Por la noche, tras cenar algo, salgo atraído por el tronido de los cohetones, y veo una enramada de álamo, con los adoquines cubiertos de tierra muerta, donde los yoremes bailan y tocan piezas de venado, matachines y pascola, y más allá se percibe el olor del guacabaqui en grandes tinas.
Grupos de vecinos, turistas y estudiantes se hacen bola para escuchar y admirar esa música y danzas que poseen la atávica fascinación de lo tribal. Ya muy noche me voy a dormir, y en la madrugada me despiertan los cohetes y salgo apresuradamente a ver algo más, La Ceremonia del Alba y luego la invitación a ir al río a mojarse con un agua que este día está bendita.
Una banda regional toca Las Mañanitas y el viejo corrido sureño El Día de San Juan, que por no haber más, se ha convertido en el triste himno de los Juanes.
Será una jornada intensa. Nos vamos temprano a Choix, de donde volvemos hora y media después a El Fuerte, para partir luego hacia la presa de El Sabino, en cuya margen se halla la hermosa Escuela Normal Experimental, en un sitio privilegiado y en pleno corazón yoreme en Sinaloa.
De la Escuela, tomamos ahora la carretera que va a la villa del Carrizo, en Ahome. Es un periplo trepidante, rápido, durante el que nos escolta una patrulla de la Policía estatal cuyos miembros, de pie en la caja trasera, llevan a la mano sus armas y, siempre alertas, las dirigen con nerviosas miradas a los cerros, a los matorrales, a los recodos del camino y a los vehículos que vienen, apuntándolos directa, descaradamente.
Mi compañera de viaje lo considera terrible. Le recuerdo que ya han sufrido varias emboscadas con algunos muertos, por lo que ninguna precaución es suficiente.
Nos dejan en los límites de El Fuerte, en el techo de Sinaloa, donde una patrulla de municipales nos acompaña hasta El Carrizo, en medio de un calor de los mil demonios.
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