Wall-E
(****): cuatro estrellas
¿En dónde colocar a Wall-E (Ídem, EU, 1998), el noveno largometraje de Pixar? ¿Arriba de Ratatouille (Bird y Pinkava, 2007), abajo del díptico Toy Story (Lasseter, 1995 y Lasseter et al, 1999), al lado de Buscando a Nemo (Stanton y Unkrich, 2003)? El canon Pixar es difícil de ordenar cuando, en sentido estricto, por lo menos desde la perspectiva de quien esto escribe, la compañía asociada con Disney sólo ha realizado un petardazo: Cars (Lasseter y Ranft, 2006).
Por lo mismo, se vuelve complicado colocar adjetivos: ¿de verdad cada nuevo filme de Pixar es una obra maestra? ¿Fueron obras maestras las dos Toy Story, Buscando a Nemo, Ratatouille y, ahora, Wall-E, tercer largometraje de Andrew Stanton? Con el riesgo de que el lector piense que me he dejado llevar por la unánime corriente crítica pro-Pixar, debo decir que sí. Sí creo que Wall-E es una obra maestra más de la compañía de la lamparita juguetona.
La historia, escrita por el mismo Stanton, está ubicada en un futuro más o menos lejano -700 años de nuestra era-, cuando el planeta está cubierto de basura y la humanidad vive en la exosfera, en una suerte de enormes "malls" espaciales. Pero los humanos no son los personajes principales de la cinta, por más que en algún momento se muevan hacia el centro de la trama. Los protagonistas de la película son dos pequeños robots, el Wall-E del título -un modesto robot basurero, el último de su tipo, que se ha quedado solo en la Tierra levantando el mugrero que dejamos los humanos-, y Eva, una sofisticada robot ultra-estilizada que ha sido mandada al planeta a buscar alguna señal de vida.
La primera parte de la película es, sin duda, de lo mejor que ha hecho Pixar en toda su historia. En esos ¿40 minutos? vemos a Wall-E (acrónimo de Waste Allocation Load Lifter Earth Class) recoger pacientemente toda la basura que queda en la superficie terrestre, comprimirla en forma de cubos y ordenarla de tal manera que asemejan grandes, majestuosos rascacielos: imponentes Empire State Buildings de puros desperdicios. Ahí trabaja, de Sol a Sol, el chaparrín robot sucio y enmohecido, muy serio, muy dedicado, con la única compañía de una cucaracha inmortal y un solo momento de esparcimiento: el escuchar una y otra vez uno de los números musicales de la subvalorada Hello Dolly (Kelly, 1969) en un anacrónico VHS que guarda como auténtico tesoro.
Con entera justicia, se le ha colgado el adjetivo chaplinesco a Wall-E, al filme y al robot. En efecto, las referencias a Chaplin son innumerables, y no sólo porque algunos segmentos nos remiten directamente a las películas de Charlot (el desenlace romántico es idéntico al de Luces de la ciudad/1931, para acabar pronto), sino porque el mismo cachivache es el equivalente robótico del célebre vagabundo.
Como el propio Charlot en El Chico (1921), Wall-E camina entre las inmundicias muy seguro de sí mismo, con el porte digno de un dandy, por más desarrapado que esté. Su única compañía es la mencionada cucaracha huérfana ?al parecer, la última de su especie- y los dos, robot y cucaracha, viven en un oscuro cuchitril tan cálido como el hogar construido de basura en el que sobrevivían Charlot y Jackie Coogan en El Chico.
Luego, después del encuentro de Wall-E con EVA y la posterior hibernación de la robot, Wall-E se comportará como el perfecto héroe romántico, sacrificando su seguridad por la esquiva robot de curvadas líneas. Nuevamente, estamos ante un Charlot, ahora casi crístico, capaz de ser electrocutado una y otra vez por el amor que siente por la inalcanzable EVA.
Y otro ejemplo más: cuando Wall-E llega al "mall" espacial en donde vegetan los gordazos humanos inútiles, se topará con un robotito neurótico que, incansable y frenético, se encarga de limpiar toda la suciedad y contaminación posibles. Cuando el robot limpiador vea el cochinero que arrastra Wall-E ?es decir, las huellas de suciedad que deja tras su paso-, se dedicará a limpiarlas una y otra vez, ante la creciente curiosidad y exasperación de Wall-E. En cierto momento ?el más gracioso de toda la película-, Wall-E desafía descaradamente al limpiador: primero ensucia el suelo, luego el propio brazo del robot limpiador y finalmente ?como lo hacía Charlot ante los ricos y poderosos-, ya en el colmo, le ensucia la cara: el equivalente a la patada en el trasero que Charlot le inflingía a los pomposos agentes del orden.
Algunos colegas ?y no varios lectores de mi blog- han dicho que el segmento "humano" de Wall-E es muy malo. Yo diría, nada más, que no está a la altura de la primera parte, pero tampoco es vomitivo: la sátira sobre la sociedad de consumo que se retrata puede ser muy elemental, pero no deja de ser pertinente. Además, condenar toda esta parte del filme es un abuso: la rebelión de los robots "diferentes" (es decir, los "descompuestos") es realmente hilarante. Cada uno de los robots rebeldes (la maquillista, el masajeador, el parasol) tiene su propia personalidad cómica que es explotada de forma exacta en el inspirado slapstick que se desarrolla hacia el desenlace del filme.
No he mencionado la calidad de la animación de Pixar porque la he dado por sentada: después de todo, hasta la fallida Cars era extraordinaria en cuanto a animación se refiere. Sólo rescato un momento de imaginación animada pura: la danza mecánica, romántica, de Wall-E y Eva en el espacio, con un extinguidor usado para dejar rastro de su amor. ¿Cursi?: sí, sin duda. También el Chaplin maduro, el de Luces de la Ciudad, era cursi.
Pero, volviendo a la pregunta inicial: ¿de verdad es Wall-E una obra maestra? Dejando de lado la animación, creo que hay suficientes argumentos para nombrarla así: la sagaz extrapolación chaplinesca, el pertinente discurso anticonformista, el desmadroso buen humor de los robots descompuesto, la sublime (sí, y también cursi) historia de amor?
Y hay algo más, la gran paradoja en la que está montada las obras cumbres de Pixar (las dos Toy Story) y también Wall-E: la propuesta de rescatar lo antiguo, lo viejo, lo de antes, a través de las más avanzadas técnicas de animación digitalizada. Pixar nos dice que no debemos olvidar al anacrónico vaquero Woody frente al combatiente espacial Buzz Lightyear, que no debemos hacer a un lado al antiquísimo Wall-E frente a la novísima robot EVA. Como dijera David Edelstein en su reseña del New York Magazine, Pixar es una suerte de dios Jano de la animación fílmica: ve hacia un pasado romántico e idealizado usando la tecnología más innovadora posible. Y, por supuesto, el éxito de Pixar reside no en su tecnología, sino en algo aristotélicamente milenario: en sus historias bien contadas. Y Wall-E vaya que está bien contada.
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