Martín Amaral
En materia de intolerancias, me considero un hombre muy generoso. Soy intolerante con los buchones y su estela de degradación y muerte; soy intolerante con determinadas músicas, sus cultores y sus fans: la tecnobanda, el reggetton y la cumbia, por ejemplo.
Soy intolerante con la mayoría de los programas de televisión. No soporto a López Dóriga. Soy intolerante con Felipe Calderón y con todos los que representan sus políticas.
También soy intolerante con los hombres que hablan todo el tiempo de futbol, con las cadenas por Internet, las bandas de guerra y los jóvenes locutores de radio lobotomizados. Detesto esperar en los restaurantes, así como detesto a los que ocupan los cajones para discapacitados.
Yo vivo en una ciudad que sufre de intolerancia. La que parece vivir en guerra permanente contra cualquier forma de la belleza. La de la fealdad de sus obras públicas, la que liquidó sus casas antiguas, la que se deshizo de sus viejos valores para encumbrar el oropel de los narcos. Soy intolerante con los ambulantes que reinan en calles ninguneando a los mansos peatones.
Soy intolerante con los bufones de la corte, porque confunden levedad con liviandad. Soy intolerante con los optimistas de tiempo completo y con los pesimistas a ultranza. Con los tibios que nunca abrazan una causa y con los que están dispuestos a morir por ella. Con los hombres que se tiñen el pelo y las mujeres que se inflan las tetas.
No tolero a los políticos chicharroneros, a los poetas bucólicos, a los funcionarios corruptos y a quienes no se estremecen cuando escuchan cantar a Serrat, a los que viéndome enfermo me quieren vender remedios milagrosos, a los libros de autoayuda y a la amante infiel.
¿Existe uno solo de nosotros que no esté infectado por la intolerancia? No hablo de las circunstancias en que somos víctimas de esa actitud, sino de aquellas en las que somos los victimarios. Yo reconozco a diario este impulso en mi propia persona.
Soy de los que discutía a los gritos y se enfervorizaba en las polémicas (aún lo hago pero recluido en furioso soliloquio). Pero no pasa un día en que no piense cuánto me gustaría encontrar la forma de ser igualmente apasionado en la búsqueda del entendimiento y de la concordia.
Por eso, aun cuando reconozco mi propia intolerancia y lidio con ella a diario en la certeza de que jamás lograré borrarla del todo, conservo un leve sensor que me impide pasar a mayores. Que evitó descalabrar a alguien o cortarme de un tajo las venas.
Pero convengamos que mi intolerancia estándar ha sido inocua y convencional, fatiga de la familia y nada más.
No es lo mismo cuando el intolerante se alza con poder, cuando se convierte en Presidente, Gobernador... o Rector de una universidad:
Ahí las cosas cambian. Un defecto privado se puede volver una calamidad pública, como lo ilustra la historia hasta la saciedad.
Cuando ocurren actos de intolerancia en la universidad, destacan más que en otros sitios. Porque se supone que hay allí una masa crítica natural, que campea la inteligencia y cierto animo libertario que permite y estimula el ejercicio del criterio.
Pero sabemos que la universidad es un escenario tan abierto como cualquier otro a las intolerancias más vulgares. Ni la investidura académica, ni la cobertura autonómica han logrado evitar exaltaciones que podemos considerar como intolerancias.
Recuerdo el movimiento izquierdista conocido como Los Enfermos: aquel lejanísimo extravío que veía a la universidad como una fabrica de cuadros para la burguesía y por tanto había que dinamitarla.
Pero de aquel rapto ideológico, pasando por el periodo de obcecación de Armienta Calderón, digamos que si algo había distinguido a la UAS era la existencia de una vida crítica, de una vocación impugnadora del establishment, incluso contestataria. Uno podrá no coincidir con algunos vértices o excesos de aquella universidad militante, pero la prefiero a la actual universidad adocenada y donde la disidencia parece haberse proscrito.
Ya ha quedado bien documentada la veta autoritaria de la administración del Rector Héctor Melesio Cuén: ahí están de muestra los casos de académicos e investigadores de la talla de Guillermo Ibarra, Teresa Guerra Ochoa y Carlos Karam Quiñónez. Han pecado de incompatibilidad con la visión y prácticas de Héctor Melesio Cuén y han padecido diversos grados de represión por ello.
O más recientemente al profesor de la Preparatoria Central Jesús Antonio Ramírez Montes, víctima de represión laboral por haber firmado un desplegado del Frente de Acción Sindical Universitaria en el que se criticó al Rector, al grado de que la Dirección de Asuntos Jurídicos de la Universidad lo despidió por afectar los "sentimientos, afectos, creencias, decoro, honor, reputación y vida privada del Rector", sólo para que horas después, el mismo (ahora magnánimo) Cuén Ojeda le regresara de palabra el trabajo.
La adopción de esquemas excluyentes para tratar de entender a una realidad que suele ser compleja, llega a traducirse en el rechazo a quienes no comparten el dogma, los principios o el marco de referencia del grupo, la corriente o el club con excusa académica.
Cuando ese comportamiento encuentra respaldo en consideraciones de corrección política, puede derivar en una intolerancia inclusive militante. Eso sucede hoy en la UAS. Y es grave, por lo que seguiré con el tema la próxima semana.
Comentarios: amaralmartin@hotmail.com