‘Te deum laudamus’, 50 aniversario sacerdotal de Don Mario Espinosa Contreras
El tiempo, tu tiempo, el tiempo de todos, el continuo transcurrir de una vida, extendiéndose a través de la estela dejada por un camino en donde quedan esparcidos los momentos que conforman el diario vivir, sueños e ilusiones, dramas y desencantos, incluso algunos desalientos, parte de la complejidad del diario vivir.
Fue un 14 de julio de 1973 cuando un joven, todavía muy joven, se postraba allá en la hermana diócesis de Tepic, para levantarse después, convertido en un anciano, un presbítero en la lengua de los griegos, con la abrumación de sentir el peso de su misma elección, hacia un destino, por él elegido, no para ejercer un poder sino para servir a sus hermanos.
Mario Espinosa Contreras, Don Mario, como lo conocemos, se había transformado para darse a los demás en el pan de la Palabra y en el Pan del cuerpo de quien no vino a este mundo para ser servido, sino para servir.
Dedicado a servicio del magisterio y de formación de los aspirantes al presbiterado, llevo a cabo su labor en varios puntos de su tierra diocesana y más allá de ella, dejando su huella en los alumnos de sus aulas, en donde impartía sus conocimientos.
Recogiendo las experiencias vividas por el pueblo de Dios ejerció, también, su ministerio pastoral como vicario en la parroquia de Tetitlán, en su diócesis de Nayarit.
En el año de 1996, el entonces Sumo Pontífice, Juan Pablo II, lo eligió como obispo para la diócesis de Teotihuacán, en el estado de Puebla, siendo consagrado el 11 de mayo de ese mismo año. Ejerció su ministerio episcopal durante 11 años, después de los cuales el Papa Benedicto XVI lo designo para continuar su ministerio en la Diócesis de Mazatlán, tomando posesión el 27 de mayo del 2005.
Don Mario como lo conocemos, llego a estas tierras acompañado de su mamá, quien pronto se ganó el cariño y la simpatía de quienes peregrinamos en esta porción del pueblo de Dios.
Dejando huellas en los lugares por donde ha pasado, producto de la presencia de una vida fructífera, salpicada con los avatares propios de toda existencia, hoy don Mario levanta sus manos al Altísimo, mientras sus labios gradecidos repiten esta aclamación, en la cual se resume su caminar: Te Deum Laudamus.