El emprendedor mexicano ante la revisión del T-MEC
El 1 de julio pasado, Estados Unidos rechazó extender automáticamente el T-MEC por 16 años más. Con ello, el tratado entró en el esquema alternativo previsto desde su origen: revisiones anuales hasta 2036, año en que expira su vigencia original si para entonces no hay consenso trilateral. No es el fin del tratado -sus preferencias arancelarias, reglas de origen y mecanismos de solución de controversias siguen plenamente vigentes-, pero sí es el fin de la certidumbre de mediano plazo con la que había operado el comercio norteamericano desde 2020. En adelante, cada año habrá una ventana en la que Washington puede volver a poner condiciones sobre la mesa. Para las grandes exportadoras, esto es un problema de agenda corporativa que ya tienen mapeado. Para el emprendedor mexicano promedio es un riesgo estructural nuevo y permanente que rara vez está monitoreando. No es exagerado decir que ese descuido puede costarle caro.
La primera ronda de negociaciones se centró en reglas de origen del sector automotriz, acero y aluminio, así como en criterios de seguridad económica regional. Son temas que suenan lejanos hasta que uno recuerda que buena parte del entramado de PyMEs mexicanas no exporta directamente a Estados Unidos, sino que provee insumos, componentes o servicios a quienes sí lo hacen. Si las reglas de origen se endurecen -una posibilidad real dado el tono proteccionista de la administración Trump- el proveedor de tercer o cuarto nivel puede quedar fuera de la cadena sin haber participado nunca en la negociación que lo afectó. La primera tarea, entonces, es simple pero se posterga sistemáticamente: revisar hoy, no cuando cambien las reglas, si la certificación de origen de la empresa está en orden y qué porcentaje de contenido regional realmente se puede documentar.
El segundo frente es cambiario. El propio proceso de revisión ya genera volatilidad en el peso y las decisiones de inversión de las grandes empresas se están ajustando en tiempo real ante distintos escenarios posibles. El emprendedor exportador pequeño casi nunca usa coberturas cambiarias porque las percibe como un instrumento de tesorería corporativa, no de PyME. Pero ante un año de incertidumbre prolongada, ignorar el tipo de cambio no es prudencia: es exposición sin cobertura. No se necesita un departamento de finanzas sofisticado para empezar a explorar contratos básicos con la banca comercial.
El tercer frente, menos evidente pero más estratégico, es la diversificación. Con revisiones anuales confirmadas hasta 2036, el modelo de negocio construido sobre la premisa de una relación comercial estable y de largo plazo con Estados Unidos ya no describe la realidad: describe apenas un año a la vez. Apostar todo a esa certidumbre desaparecida es una fragilidad que el emprendedor puede empezar a corregir desde ahora, explorando mercados alternativos de destino o proveedores fuera de la dependencia binacional exclusiva. No sé trata de hacer esto como estrategia de largo plazo sino como amortiguador ante un ciclo de renegociación que se repetirá cada doce meses.
Aquí aparece una asimetría estructural que merece más atención pública: las trasnacionales cuentan con equipos completos de asuntos regulatorios monitoreando cada ronda de negociación, mientras que la PyME mexicana promedio no tiene acceso a esa inteligencia comercial. No es un problema de voluntad del emprendedor, sino de infraestructura informativa. Los organismos empresariales estatales -cámaras, organizaciones patronales, secretarías de economía locales- tienen aquí una oportunidad concreta: traducir cada ronda de negociación en boletines accionables para el tejido productivo pequeño, no solo comunicados protocolarios.
Con un ciclo de revisión que se repetirá cada año hasta 2036, el T-MEC dejó de ser un tratado que se firma una vez y se administra: se convirtió en una negociación permanente. Y ésta no se va a resolver sólo en Washington ni en Palacio Nacional: se va a resolver, para miles de pequeños negocios, en si alguien les avisó a tiempo, año con año. Es hora de acoplarse a la nueva realidad.
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El autor es abogado y Diputado federal.