Desde hace meses, pero con mayor razón estos últimos días, nos ronda en la cabeza y en la conciencia lo que en el periodismo se conoce como zonas de silencio.
Hablamos de zonas de silencio cuando hay regiones donde el periodismo no entra, no porque no quiera, sino porque no puede.
No es la primera vez que abordamos este término, ya lo hemos mencionado en otras ocasiones en este espacio, y seguramente, por desgracia, no será la última.
Hace unos meses, hacia finales del año recién concluido, la organización Iniciativa Sinaloa presentó un estudio que realizó bajo el auspicio de la Embajada de Noruega en México, y que se titula “Voces en resistencia: libertad de expresión y zonas silenciadas en Sinaloa”.
La investigación se presentó ante periodistas, activistas, académicos y otros miembros de diversos sectores representativos de la comunidad en el marco del Foro “Libertad de Expresión bajo fuego: desafíos y alternativas en Sinaloa; por una política pública de paz y protección integral”.
En dicho evento, donde de hecho acudió como invitada una de nuestras periodistas, junto con más colegas, para hablar sobre su experiencia como reportera en el actual contexto de Sinaloa, la conclusión fue no muy alentadora: cerca de la mitad del territorio sinaloense se encuentra en condiciones de silencio informativo.
El estudio de Iniciativa Sinaloa señala que en municipios como Concordia, Choix, Badiraguato, San Ignacio, Navolato, Escuinapa, Cosalá, Rosario y Sinaloa, “el periodismo está limitado por la violencia criminal”.
Así de terrible la conclusión, pero para nada desconocida para los que nos dedicamos a este oficio. Nosotros desde Noroeste lo constatamos día a día, cuando no podemos realizar coberturas en zonas rurales, cuando no hay condiciones para movernos hacia zonas serranas o cuando no podemos constatar lo que ocurre en la mayoría de los municipios que no son Culiacán, Mazatlán o Ahome.
Pues incluso en municipios donde sí tenemos corresponsales, no tenemos acceso a información porque las condiciones no son seguras ni siquiera para preguntar o indagar.
La propia organización Iniciativa Sinaloa lo explica en una reseña publicada:
“En al menos nueve municipios -Concordia, Choix, Badiraguato, San Ignacio, Navolato, Escuinapa, Cosalá, Rosario y Sinaloa- el periodismo está limitado por la violencia criminal.
“En estos territorios”, agrega el estudio, “el control del crimen organizado, la falta de infraestructura, la marginación y el abandono institucional impiden la labor informativa y han desplazado o intimidado a quienes intentan ejercerla”.
En contraste, señala, Culiacán, Mazatlán y Ahome concentran más del 84 por ciento de la actividad periodística y de los medios locales, “lo que genera una profunda desigualdad informativa: mientras las ciudades mantienen cierto nivel de pluralidad, las comunidades rurales y serranas permanecen invisibilizadas”.
En el caso nuestro, en Noroeste, el 80 por ciento de nuestra cobertura y donde se origina la información que publicamos es de los dos municipios donde tenemos redacciones completas y donde circulamos aún como periódico impreso: Culiacán y Mazatlán.
Fuera de ellos, sólo tenemos corresponsales en Los Mochis, Escuinapa y Rosario.
Y no los tenemos por dos razones igual de devastadoras: porque financieramente es insostenible y porque el riesgo para cualquier persona que se quiera dedicar al periodismo en esos municipios es muy alto.
Decíamos al principio que este concepto de zonas de silencio o zonas silenciadas lo hemos traído muy presente en estos días, y ha sido porque después de meses volvimos a cubrir territorio en uno de esos municipios silenciados: se trata de Concordia, donde la desgracia nos hizo volver.
Y decimos desgracia porque es precisamente un caso trágico, la desaparición de 10 trabajadores mineros, que fueron privados de la libertad desde el 23 de enero, lo que provocó un despliegue intenso de militares y agentes federales en toda esa región.
Irónicamente, ha sido esa presencia de fuerzas del orden y corporaciones lo que nos permitió desde el domingo pasado poder hacer recorridos de cobertura tanto en la cabecera municipal de Concordia como en poblados, carreteras y caminos que desde hace meses no recorríamos.
Y no es que las patrullas nos anden ahí cuidando o nos acompañen, pero ha sido tal el despliegue que consideramos prudente la cobertura, así que pese al riesgo, toda la semana hemos estado realizando recorridos y documentando la situación de inseguridad en esa región.
El colofón de esta cobertura ha sido el operativo que desde el jueves en la mañana se mantiene de manera ininterrumpida en un punto entre los poblados de El Verde y Zavala, a unos 20 kilómetros al norte de la cabecera municipal, y donde se detectó una fosa clandestina con cuerpos y restos humanos.
Este caso de los mineros es un ejemplo claro, triste e indignante de lo que ocurre en una zona de silencio a donde el periodismo no llega, pues nos tardamos varios días en enterarnos de ese hecho, ya que aunque nos llegó como rumor uno o dos días después de ocurrido el suceso, ni la autoridad lo informaba oficialmente ni nosotros teníamos manera de constatarlo.
Así de terrible el impacto de no poder hacer periodismo documentando los hechos en una zona de alto riesgo, donde la inseguridad, la vulnerabilidad y hasta las condiciones geográficas nos hacen a nosotros imposible hacer presencia con nuestra cobertura.
Esta semana, por unos días, hemos podido desactivar esa zona de silencio... Desgraciadamente, lo sabemos, seguro será temporal, incidental y por la condición precisa de una situación que implosionó impactando en la opinión pública no sólo de Sinaloa, sino a nivel nacional e internacional.
Pronto irá pasando y volverá a silenciarse la región, pues ya no habrá condiciones para realizar coberturas en esa zona... hasta el próximo hecho de desgracia.