En un mundo globalizado, es verdad que la apuesta para el desarrollo de un país, como México, debe estar en el sector industrial, por la expansión de los vínculos comerciales que eso implica.
Y qué bueno que dentro de las prioridades de las actuales autoridades en México, el desarrollo de la industria, principalmente el de la manufactura, sea uno de ellos.
Pero más allá de las oportunidades que eso significa, el País también tiene otras actividades que han sido parte de su desarrollo, de su historia e incluso de su identidad.
Se trata de las actividades primarias relacionadas con la agricultura, la ganadería y la pesca, que pudieran tener un mayor potencial si recibieran la atención que tienen otros sectores.
El Gobierno de México, desde la administración anterior, decidió modificar los programas que permitían que los agricultores, ganaderos y pescadores pudieran acceder a créditos preferenciales que les garantizara salvar sus operaciones.
Los programas se retiraron para apostar por la entrega directa los productores y trabajadores y no hubo un mecanismo que sustituyera esos esquemas de apoyos a los empresarios.
Y hoy se están pagando las consecuencias. Un campo que se maneja en la incertidumbre de la sequía que azota a entidades como la de Sinaloa, la de la comercialización y la falta de incentivos para seguir siendo uno de los principales productores de alimentos del País.
La ganadería, igual en esta entidad, no ha podido salir de ese estatus sanitario que le permita expander su mercado más allá de lo regional, porque no ha habido programas efectivos que modifique esta realidad.
Y el sector pesquero, tanto el de aguas marinas como el de acuacultura, se enfrenta no sólo a la falta de apoyos gubernamentales, sino a una competencia desleal en el extranjero que los tiene en desventaja.
Sí, es posible que México siga expandiendo sus horizontes en el comercio internacional, pero no hay que olvidar que lo básico en su producción también importa.