En la época en que los países desarrollados se industrializaron, Latinoamérica se desgarraba por dentro, intentando curar las heridas de la colonización.
Mientras otros sentaban las bases de su economía y su futuro, nuestros países miraban hacia atrás, intentando construir su identidad.
Después de un doloroso parto, siempre tarde, acomplejados, pobres e inestables, conseguimos levantarnos, reconstruirnos y cuando la palabra “milagro” parecía definir a nuestras economías, siempre conseguimos autosabotearnos.
Hoy, cuando el mundo se pregunta qué hacer con la Inteligencia Artificial, la era digital y el dinero electrónico, nosotros nos preguntamos qué hacer con la delincuencia organizada, la violencia interna y la corrupción endémica de nuestros gobiernos.
México y Brasil, las grandes locomotoras económicas de la región, siempre llamadas a liderar el desarrollo de una Latinoamérica que no consigue despegar, siguen sin aceptar su papel de liderazgo.
Centroamérica todavía incuba a dictadores disfrazados de comunistas, ¡en pleno siglo 21! Bueno, brilla El Salvador, mientras incuba peligrosamente a otro gobernante con maneras de dictador futuro.
El domingo, Perú asistió a las urnas entre dos opciones que miran al pasado, mala cosa. Argentina es un laboratorio donde el pueblo siempre pierde y Colombia siempre sufre, como si viviera una maldición de la que no puede salir.
Y frente a todos sus problemas, Latinoamérica tiene de vecino a Estados Unidos, quien ha decidido que América al completo es su territorio y que todos tienen que bailar a su ritmo.
La gran potencia económica mira a Latinoamérica, no como su socia, sino como el origen de muchos de sus problemas, malos tiempos se avecinan.