Hay un Sinaloa que suele ocupar las primeras planas del País de manera recurrente y es el del estigma de la violencia. Sin embargo, existe otra dimensión del estado que no siempre recibe el mismo reflector, pero que late con igual o mayor vigor: su creatividad, su resistencia cultural y su desbordante imaginación.
El reciente otorgamiento del Premio Excelencia en Letras de la Humanidad 2026 al escritor culiacanense Élmer Mendoza, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, no es sólo un homenaje individual a una pluma destacada de nuestra literatura, es un acto de reivindicación colectiva para toda una región.
El escritor es el emblema de la novela negra contemporánea que ha hecho de Culiacán no sólo su lugar de nacimiento sino su universo creativo. Su contribución no ha sido romantizar la tragedia, sino desenredarla. Su obra, señala Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, no reduce el crimen a la maldad individual, sino que lo transforma en una poderosa lente para explorar la realidad social y las complejidades de la convivencia.
En el contexto actual, donde Sinaloa atraviesa momentos críticos por la seguridad, este galardón recuerda que el nombre del estado también es sinónimo de excelencia artística, disciplina y amor por la cultura.
Desde su papel de incasable promotor de lectura, Mendoza propuso desde la tribuna legislativa que cada uno de los 500 legisladores done un libro de cuentos infantiles a un maestro de su distrito para impactar de inmediato a miles de niñas y niños. Con ese gesto, el culiacanense sintetiza su filosofía de vida: combatir la sombra de la violencia no con discursos vacíos, sino abriendo las puertas de la imaginación desde la infancia.
Que la literatura mexicana tenga en el centro a un hijo de Culiacán no es una paradoja, es un testimonio de resiliencia.