Latinoamérica ha sido siempre el laboratorio de experimentos de las grandes potencias, salvo las culturas prehispánicas aquí siempre se ha bailado al ritmo, primero de los europeos y ahora de los estadounidenses.
Siempre remando en contra de la marea, tarde y mal, nuestros países han pasado por los procesos de independencia, industrialización y modernización más como invitados de último momento que como miembros de pleno derecho.
Hoy el péndulo de la política mundial oscila hacia la derecha, arrastrado por Trump y sus caprichos, y Latinoamérica, en general se escora gradualmente hacia la diestra.
Y no sólo es Latinoamérica, países como Italia, Alemania, Francia y España dieron ya un paso lateral a la derecha o están en camino de hacerlo.
Pero es en Latinoamérica donde la derecha gana enteros, Argentina fue el primero, Javier Milei, un habitual de los programas de debate sobre economía y política se convirtió en Presidente con un discurso rompedor que lo ubica, por momentos, mucho más allá de la derecha.
Perú eligió a Keiko Fujimori, la hija del ex Presidente peruano que terminó en la cárcel después de organizarse un autogolpe para eliminar al Congreso y gobernar sin oposición.
En Ecuador eligieron a un empresario, Daniel Noboa, que llegó profesando un amor a Trump y a las reglas del mercado libre que lo hicieron Presidente.
Colombia ya tiene a su propio Trump en la figura de Abelardo de la Espriella, un candidato que solía hacer TikToks bailando mientras sostenía banderillas de Estados Unidos.
Y no olvidemos a El Salvador, donde reina Bukele, un presidente municipal sencillo y soñador que ahora como Mandatario intenta crear su propia religión donde se ungirá como el dios de los salvadoreños.
Y Brasil sueña con regresar a Bolsonaro al poder, o por lo menos a su hijo.
Latinoamérica no escapa a esa terrible maldición de ir copiando modelos ajenos, incapaz de escapar de la estela de Estados Unidos, mientras el tiempo se le escapa como agua entre los dedos y su población sufre los caprichos de sus gobernantes.