Las ciudades muestran sus fortalezas y vulnerabilidades cuando son expuestas a fenómenos meteorológicos. Sus capacidades resuelven algunos de los problemas pero sus fallas los magnifican.
Lamentablemente, en el caso de Sinaloa, son más las vulnerabilidades que se tienen en las ciudades que sus fortalezas para hacer frente a los problemas que enfrentan.
Y no se trata de una situación reciente, sino que se ha ido agravando a lo largo de los años.
Los problemas de inundaciones han estado presentes en las mismas zonas donde el problema ha prevalecido y lejos de encontrar soluciones y alternativas, el desarrollo urbano se ha ido expandiendo cargando y reproduciendo las mismas deficiencias.
Porque en la administración pública, interesa más destacar que se logró extender los cientos de metros de una avenida que instalar un sistema que permita el desfogue del agua de las lluvias, por ejemplo.
Han encontrado una mayor conveniencia política en autorizar la expansión de nuevos espacios habitacionales antes que resolver la capacidad que la administración municipal tiene para garantizar los servicios básicos.
Y los recursos del presupuesto se destinan para impulsar nuevas obras, mientras que otras que requieren atención y modernización se dejan de lado.
Las ciudades tienen la posibilidad, y la oportunidad, de ofrecer mejores condiciones de vida para quienes la habitan. Pero para alcanzarlo, se requiere de voluntad política para llevarlo a cabo.
Hasta ahora, ocurre en Sinaloa y en otros estados de México, los políticos buscan inscribir sus nombres en las placas de las obras que pueden ser significativas, aunque solo importen por un tiempo limitado.
Cuando se decidan a hacer de lado esa tendencia y apostar por mejorar las ciudades con lo que se tiene, seguro que su trascendencia será mayor, garantizando servicios de largo plazo y no soluciones que tardan más en implementarse que en esfumarse.