En menos de dos meses, la influencia de Rusia en el panorama internacional ha sufrido dos importantes reveses ante su principal adversario, Estados Unidos.
Primero fue la caída de Nicolás Maduro en una fugaz operación militar que lo sacó limpiamente del poder en Venezuela y lo trasladó a una prisión en territorio estadounidense.
La incursión norteamericana se realizó en Venezuela, a pesar de la existencia de equipo militar antiaéreo ruso, que se suponía era capaz de contener una invasión aérea en el país caribeño.
Ahora con la muerte el líder iraní, Alí Jamenéi, Vladimir Putin, el hombre fuerte de Rusia, pierde a su aliado más importante en Medio Oriente bajo las bombas de Estados Unidos e Israel.
Si a eso se le suma que Rusia perdió a otro aliado, el líder sirio Bashar Al Asad, en 2024, prácticamente se está quedando sin amigos en una de las zonas estratégicas más importantes del mundo.
Lo más impresionante no es que Rusia esté acumulando derrotas en el escenario internacional, sino la manera en que está sucediendo: en ninguna de ellas ha podido ni meter las manos, mucho menos elaborar una respuesta.
Y una de las principales razones que mantienen a Rusia con las manos atadas es la guerra que mantiene con Ucrania, un conflicto que se suponía duraría apenas unos meses y le daría a Putin el control de un enorme territorio, recursos ilimitados y un colchón estratégico frente a Europa.
En su lugar, Rusia se ha empantanado en una guerra de desgaste que amenaza con debilitar aún más su vulnerable economía, ha hecho trizas su imagen frente al mundo y, lo peor, ha perdido un millón de jóvenes en una guerra sin sentido.
Las guerras son costosas, tienen resultados imposibles de prever y crean los cimientos de guerras futuras, y en un mundo globalizado como el nuestro los conflictos terminan afectándonos a todos.