La visita de la Presidenta Claudia Sheinbaum a Culiacán, enmarcada en su gira del Segundo Informe, dejó una lectura tan previsible como desalentadora para el ciudadano de a pie: mientras Sinaloa vive entre los diarios hechos de violencia de esta prolongada guerra entre facciones criminales, la prioridad discursiva desde el poder federal sigue mirando hacia afuera y no hacia la tragedia interna.
Elegir Culiacán para lanzar un fuerte revés contra la “injerencia extranjera”, señalando con razón que ésta sólo aviva la violencia, suena a un ejercicio de soberanía retórica indispensable, pero también hueco cuando se pronuncia en el corazón de un territorio donde la paz social es, hoy por hoy, un espejismo.
En Sinaloa, la urgencia no es geopolítica, es de supervivencia.
Evitar profundizar en el diagnóstico de la crisis de seguridad local durante un Informe de Gobierno en tierras sinaloenses revela una desconexión preocupante. Las familias que padecen balaceras, desapariciones y el colapso de su economía cotidiana no necesitan recordatorios de soberanía frente a Washington, sino estrategias efectivas que frenen el poder de las armas en sus colonias. Apostar todo al despliegue militar sin un rediseño operativo y judicial real es administrar el conflicto, no resolverlo.
La gira de Sheinbaum por Culiacán demostró que la administración federal prefiere el discurso de la macrosoberanía antes que asumir el costo político de la microinseguridad.
Los sinaloenses no necesitamos que nos vengan a repetir que “no estamos solos”, lo que demandamos es que las balas dejen de mandar en las calles.