Una pizca de felicidad

26/06/2026 04:00
    En un territorio donde la realidad cotidiana se describe entre la zozobra, los goles de la Selección Nacional han permitido una especie de tregua, los triunfos funcionan como un escudo invisible, y al menos en el estadio y las celebraciones los gritos no evocan una tragedia.

    El silbatazo final del miércoles en el césped del Estadio Ciudad de México consagró un hito inédito: por primera vez en la historia, la Selección Mexicana cerró la fase de grupos de un Mundial de Futbol con paso perfecto.

    El rotundo 3-0 sobre Chequia, precedido por los triunfos ante Sudáfrica y Corea del Sur, desató un carnaval de banderas, camisetas verdes y cantos colectivos por las principales plazas del País y muchas ciudades y pueblos mexicanos.

    La postal de una nación dichosa, con la euforia futbolística desatada, es válida, pero no podemos olvidar que es, en una sufrida ironía, una especie de “anestésico” de nuestra realidad.

    En un territorio donde la realidad cotidiana se describe entre la zozobra, los goles de la Selección Nacional han permitido una especie de tregua, los triunfos funcionan como un escudo invisible, y al menos en el estadio y durante las celebraciones los gritos no evocan una tragedia.

    Es el Mundial, México ha ganado todos sus partidos, y al menos mientras el balón rueda sentimos que el miedo no avanza.

    México vive hoy en una dolorosa dualidad: la cruda geografía del peligro diario frente a la luminosa y efímera geografía del triunfo mundialista.

    La legítima felicidad de la afición no debe nublar el juicio crítico. Hoy, hay una alegría válida y necesaria para una nación flagelada por la violencia... la Selección Nacional ya ganó su primera batalla, pero el País sigue esperando la suya.