Héctor Tomás Jiménez
Don Miguel Ruiz, autor del libro intitulado Los cuatro acuerdos, nos dice que uno de los acuerdos que todos los seres humanos debemos observar en nuestra vida diaria, es no dar nada por supuesto, o lo que es lo mismo, no anticipar juicios sobre algo o alguien de quien tenemos referencias o situaciones determinadas. Siempre es mejor, nos dice Don Miguel Ruiz, preguntar, aclarar, que suponer y juzgar, pues suponer, "...nos hace vulnerables a inventar historias o sucesos increíbles que sólo envenenan nuestra alma y nos restan objetividad sobre las cosas o las personas. Es por ello, también, que debemos ser impecables con nuestras palabras, tanto las que decimos o hablamos como las que pensamos, pues lo que nuestros pensamientos reflejan son lo que verdaderamente somos". Y continúa diciendo Don Miguel Ruiz, "...si no honras tus palabras no te estás honrando a ti mismo; y si no te honras a ti mismo, no te amas".
Con frecuencia hacemos mucho caso a lo que nos dicen nuestros sentidos, y sacamos conclusiones con lo que vemos y percibimos sobre situaciones o actitudes determinadas donde intervienen terceras personas. De ahí que por lo que vemos, oímos o sentimos, juzgamos y al juzgar, estamos suponiendo y dando crédito a lo que nuestros sentidos nos dijeron; sin embargo, en el momento en el que dejamos de ver solamente para empezar a mirar con raciocinio, inteligencia emocional y sobre todo, con mucha caridad por nuestro prójimo, empezamos a conocer y entender y dejamos de suponer y juzgar. Ahora bien, si lo que aprendemos y conocemos nos pinta una situación desfavorable sobre la que no nos es posible intervenir, lo mejor es aplicar el principio de "Laissez faire, laissez passer" que se traduce como "Dejar hacer, dejar pasar" que los filósofos de la tolerancia acuñaron en el Siglo 17 en Francia y que aplicaron a principios económicos de aquella época.
Debemos pues aprender a mirar con los ojos del alma, con ojos de tolerancia y caridad, tal como el Papa Francisco nos lo recuerda en su última homilía, pues como seres humanos, somos imperfectos aunque no por ello debemos dejar en libertad nuestros sentidos, sino al contrario, debemos acotarlos haciendo crecer nuestras virtudes. Tolerancia y caridad son virtudes humanas que en la medida en las que las practiquemos, nos harán acercarnos más al ser supremo, a nuestro Dios padre, mucho más, pero mucho más, que rezos y oraciones repetidas y muchas veces sin reflexionar en el profundo contenido de las mismas.
Es por ello que también los rezos y las oraciones debemos mirarlas con los ojos del alma, pues es como las escudriñaremos y entenderemos en la dimensión en las que el santo padre o los evangelistas o los salmistas quisieron decirnos. Los ojos del cuerpo nos sirven para ver y percibir, y los ojos del alma para conocer y entender mejor todas las cosas.
Mirar con los ojos del alma nos permite entender la armonía de las cosas. La diferencia entre estos dos términos ver y mirar, es importante para la vida diaria, donde ver, significa la presencia de un acto sensorial meramente perceptivo, en tanto que mirar, tiene un significado más profundo, pues cuando miramos intentamos entender, comprender, intuir de qué o por qué están hechas las cosas. Al mirar, se pone en marcha la agudeza del observador, del investigador, del que no interviene pero quiere extraer la causalidad de los actos. El mirar descubre, desnuda, muestra, halla la regla, desvela el enigma, soluciona el problema. Lo ideal es mirar sin pensar en lo que se está mirando, sin ninguna teoría concreta en la mente que nos permite mirar más o mirar sólo algo.
El mirar transforma, hace crecer, aporta el discernimiento, de alguna forma nos conecta con nuestros sentimientos, con nuestra inteligencia, con nuestras acciones. Como cuando miras un bello paisaje, una obra de arte o a otra persona con buenos ojos. Cuando meditas, puedes mirar y sentir que Dios te escucha, pues mirar con los ojos del alma, es también mirar con la luz del espíritu.
JM Desde la Universidad de San Miguel
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