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"Guadalupe Loaeza: Contra el quinto mandamiento"

"Así como algunos nativos de Xochimilco subieron..."

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30/11/2004 00:00

    Melissa Sánchez

    Así como algunos nativos de Xochimilco subieron hasta el campanario de la iglesia para llamar al pueblo y todos juntos poder linchar a María Candelaria, (Dolores del Río); igualito hicieron varios pobladores en San Juan Ixtayopan. Ellos también se saltaron las bardas del templo, ellos también empezaron a tocar las campanas, con todas sus fuerzas, para convocar a todos los colonos. También ellos estaban furiosos, se sentían engañados, pero sobre todo impotentes. Si las autoridades no les hacían caso, debían entonces hacerse justicia por propia mano. ¿Acaso no le habían enviado ya una carta a la delegada Fátima donde denunciaban a un grupo de sospechosos que siempre estaban en un vehículo gris, filmando a los niños de las escuelas Popol Vuh y el jardín de niños Gabino Jiménez? Pero ella nunca les respondió a pesar de que hacía semanas que las mujeres del pueblo, estaban muy angustiadas por unos supuestos robachicos. ¿Quiénes eran esos tres extraños metidos en un auto Focus color arena? ¿Qué venían a buscar al pueblo? ¿Y si me llevan a mi chamaco?, no hay que esperar a que se lleven a nuestros hijos se decían entre ellas. Eran muchos los temores y nadie les hacía caso. Era mucha la desconfianza y nadie las atendía. Sabían de la impunidad; a flor de piel, sentían el vacío de autoridad moral y de gobierno. Igual que la película del Indio Fernández (1944) que sucede, supuestamente en 1909, en un Xochimilco cuyos habitantes vivían en la absoluta marginación, también los de San Juan Ixtayopan, están igualmente marginados. La propia delegación ha informado que el 73.9 por ciento de la población vive en la marginalidad; la propia delegación ha dicho que no cuentan con Seguro Social, ni ISSSTE. Todo el mundo sabe que es la delegación donde más ha crecido la delincuencia. Por esos sus habitantes ya están hartos; hartos de robos en sus casas; hartos de robos a transeúntes; hartos de la venta de la droga y hartos de rumores de secuestros de niños. Por eso, mientras veían a los dos agentes de la Policía Federal Preventivas, cubiertos de llamas, gritaban: ¡Jálenlos de los huevos para que aprendan! ¡Pinches hijos de la chingada! Por todo lo anterior, el domingo, volvieron a tocar las campanas de la parroquia de San Juan Ixtayopan. En esta ocasión, fue para llamar a los feligreses a misa de 11. Tal vez entre los muchos que llegaron se encontraban los mismos que habían linchado a Víctor Mireles Barrera y a Bonilla. ¡No matarás! dijo varias veces, desde el púlpito, el sacerdote de origen haitiano, Fide Joujut Villfran. En seguida, escucharon la lectura de una carta enviada por monseñor Rogelio Esquivel Medina, Obispo auxiliar de México y responsible de la octava vicaria episcopal, a la que pertenece esta comunidad parroquial (El Universal, 28 de noviembre, 2004). En realidad era una misa para niños, porque muchos de ellos, reparten en su bicicleta la droga por 800 pesos mensuales. Hay que decir que algunos de ellos la carta de monseñor los tenía sin cuidado. Sin embargo, a sus padres, sí les molestó. Incluso, muchos de ellos se salieron. Mientras tanto el sacerdote seguía defendiendo los argumentos de la misiva, haciendo énfasis en el quinto mandamiento que dice No matarás. Y así como recordamos, al hablar de lo sucedido en San Juan Ixtayopan, de la película María Candelaria, así mismo recordamos el filme de Felipe Cazals, Canoa (1975). Todo sucede en 1968. Cinco jóvenes empleados de la Universidad Autónoma de Puebla deciden ir a escalar el volcán La Malinche. El mal tiempo no les permite ascender, y tienen que pasar la noche en el pueblo de San Miguel Canoa, en las faldas del volcán. En esos días de conflictos estudiantiles, los jóvenes son tomados por "agitadores comunistas" y el pueblo, convencido por el párroco local de que los comunistas quieren poner una bandera rojinegra en la iglesia, decide lincharlos. Tomando como anécdota un hecho real, el filme elabora el retrato realista de un México rural en donde el mundo moderno no tiene cabida. El pueblo de San Miguel Canoa, 5 mil 945 habitantes, a 12 kilómetros de la ciudad de Puebla, es sinónimo de un mundo donde las estructuras vigentes son las de la época colonial: el párroco del pueblo es quien tiene el poder de decisión sobre la vida de los habitantes del lugar. Me pregunto, si lo sucedido en Tláhuac, no inspirará otra película. Me pregunto, ¿qué sienten las esposas, ahora viudas y los hijos de los dos muertos? Me pregunto. Ayer precisamente, recibí un correo del doctor Alfonso González C, en donde me habla de la "anomia". Según Abbagano, en sudiccionario de filosofía, esta palabra se utiliza para "indicar la ausencia o deficiencia de organizaciones sociales y, por lo tanto, de reglas que aseguren la uniformidad de los acontecimientos sociales". Etimológicamente quiere decir, simplemente, "sin ley". No hay duda que lo que sucedió en la Delegación Tláhuac, fue una manifestación de ese estado de anomia. Nuestro amigo se despide diciéndonos: Un frío profundo invade mi cuerpo. Un frío de miedo. De miedo por vivir, o sobrevivir, en un lugar así. De miedo por un futuro aterrador, porque parece ser que ahora, por cualquier motivo o sin él, cualquiera se puede encontrar al arbitrio de cualquiera otro, sin que nadie sea capaz de prestar ayuda. Yo también siento frío, un frío muy extraño. Un frío que tiene que ver con la incomprensión pero sobre todo, con mucha indignación. Los que tengan que pagar, que paguen. Sea quien sea responsable, que pague. Porque como bien dice nuestro colega, Rafael Ruiz Harrell: Los trágicos sucesos de la semana pasada no constiutyen un hecho aislado. Mientras no se atiendan las carencia de las comunidades indígenas y los límites de la ley sigan siendo borrosos, seguirán ocurriendo. Es necesario castigar a los culpables y con ello digo los linchadores y a las autoridades que los alientan y consienten. Por menos de lo que ocurrió e Ixtayopan han renunciado alcaldes y se ha despedido a procuradores y a jefes de policía. Ya es tiempo de que aquí suceda otro tanto. Qué tristes se han de escuchar, ahora, las campanas de la parroquia de San Juan Ixtayopan. Qué tristes domingos, les esperan a sus habitantes. ¡Cuánta tristeza, Dios mío!