"Aunque Hussein fue un dictador brutal que descabezó sistemáticamente a sus opositores no podemos soslayar que su fin trágico en la horca obedeció a un juicio con las cartas marcadas por las tropas de ocupación."
Saúl Valdez / Fernanda González
La ejecución de Saddam Hussein genera sentimientos encontrados. Aunque fue un dictador brutal que descabezó sistemáticamente a sus opositores y diezmó a la juventud iraquí en una guerra de desgaste contra Irán (1980-1988), lanzada con la bendición de Occidente para detener la expansión de la revolución islámica de los ayatolas, muriendo en ella un millón de personas por bando, no podemos soslayar que su fin trágico en la horca obedeció a un juicio con las cartas marcadas por las tropas de ocupación, careciendo de las mínimas garantías a que tiene derecho todo acusado, como pudieron constarlo diversos organismos internacionales defensores de los derechos humanos.
Richard Dicker, director del programa de justicia internacional de la organización Human Rights Watch, hizo un recuento pormenorizado de las irregularidades en el juicio contra Hussein, encontrado culpable de ordenar la muerte de 148 aldeanos chiítas de Dujail, población situada al norte de Bagdad, como represalia por un atentado sufrido ahí, concluyendo que la decisión del jurado anunciada en primera instancia por el consejero de seguridad nacional, "pone de manifiesto la injerencia política" que ha dañado el proceso contra el dictador.
De las reacciones en América Latina destaca la del Gobierno brasileño, quien advierte que la ejecución de Hussein no contribuirá "a la pacificación de Iraq". Y si bien admite que el gobierno de éste estuvo marcado de principio a fin (julio de 1979 a abril de 2003) por múltiples abusos contra los derechos humanos, hace hincapié en que su caída no se dio con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, "único organismo multilateral con legitimidad para el uso de la fuerza en el escenario internacional".
La pena de muerte contra Hussein tiene el sabor de la venganza, no de la justicia. Es, además, contra producente para Washington, pues si la mayoría chiíta había evitado, hasta ahora, sumarse a la guerra de resistencia contra las tropas invasoras por temor a un súbito retorno al poder de la Bestia de Bagdad, no existe más esa aprehensión, si bien el peligro de una guerra civil entre la mayoría chiíta y la poderosa minoría sunita, base social del partido Bass y el derrocado régimen de Hussein, se cierne como una sombra ominosa sobre Iraq.
No obstante, al ejecutarlo en la horca, pese a ser militar, mediante un juicio amañado, Washington contribuye a redimensionar la figura de Hussein, nutriendo su leyenda póstuma como "héroe y mártir".
Sobre todo por la entereza para enfrentar su muerte: rehusó ser encapuchado y la presencia de un clérigo. Llevaba sin embargo en sus manos el libro sagrado del Corán. Sus últimas palabras fueron dichas para sí mismo: "No temas. Dios es grande. El país saldrá victorioso. Palestina pertenece a los árabes".
El consejero iraquí de Seguridad nacional, Muafaq Rubai, presente durante la ejecución, relata: Subió con calma al patíbulo, resuelto y valiente. No trató de resistir y no pidió nada. Alababa a los mujaidines. Insultaba a los persas y también a Occidente".
Quedan para la posteridad las imágenes en video tomadas desde un teléfono celular, introducido sin autorización por uno de los testigos de la ejecución, que confirman la gallardía y aplomo con que Hussein enfrentó su hora suprema, en contraste con la actitud bajuna de los guardias-verdugos que lo vilipendiaban, burlándose de él.
Para mayor agravio y escarnio del mundo árabe y musulmán, el ahorcamiento de Saddam se llevó a cabo en la madrugada de la fiesta de Eid al Adha, conocida como la fiesta del perdón, que recuerda el episodio en que Abraham casi sacrifica a su hijo por órdenes de Jehová. Escoger esa fecha para "ajusticiar" a Hussein fue una provocación en abono a la guerra de civilizaciones.
Enterrado en su natal Awja, cerca de Tikrit, junto a sus dos hijos muertos en 2003 cuando enfrentaron hasta el fin un ataque comando de soldados norteamericanos, Hussein cumplió su objetivo postrero, gracias a la torpeza vengativa de sus enemigos, de seguir siendo, pese a la historia negra como represor dictatorial, un símbolo de la resistencia patriótica contra las tropas de ocupación y los planes hegemónicos de la teocracia iraní, de raigambre chiíta, sobre un Iraq devastado por la codicia imperial que busca garantizar, por décadas, el frenético abasto de petróleo y gas que la economía norteamericana demanda.
Washington tuvo buen cuidado de que los crímenes por los cuales se juzgó al tirano no incluyeran los perpetrados durante la guerra con Irán, en que Bagdad tuvo el firme respaldo del Gobierno estadounidense, quien le proporcionaba vía satélite el posicionamiento del Ejército "persa".
A comienzos de esa guerra Hussein utilizó armas químicas (una combinación de gas nervioso y gas mostaza). Existen sólidas evidencias de que el Gobierno de EU proveyó al gobierno de Iraq con materiales de uso dual que ayudaron al desarrollo de programas de armamento químico, biológico iraquíes, así como de programas misilísticos.
Embarcado en la guerra contra Irán con el beneplácito y respaldo militar y financiero de EU y Europa, Hussein cometió un terrible error de cálculo al creer que el régimen iraní fundado por el Ayatola Jomenini se desmoronaría en los primeros meses del choque bélico con el poderoso Ejército de Iraq.
Tras ocho años de equilibrio catastrófico con Teherán, Bagdad debió admitir la imposibilidad de salir airoso, por lo cual puso fin al conflicto sin vencedores ni vencidos, pero con un terrible saldo en vidas humanas y destrucción material.
Para evitar el colapso económico producto del esfuerzo de guerra contra Irán, Hussein orquestó una audaz "fuga hacia delante" invadiendo Kuwait en 1990, esperanzado a que Washington y Europa comprendieran la imperiosa necesidad que tenía Iraq de resarcirse con el petróleo del emirato vecino.
Tal fue el principio de su fin, origen de la primera Guerra del Golfo (1991) lanzada por el Presidente George Bush (padre) que limó las garras de la maquinaria bélica iraquí.
12 años después, el Presidente George Bush júnior se propuso completar la tarea invadiendo Iraq para derrocar a Hussein, y llevarlo finalmente al patíbulo, pagando sin embargo el enorme costo de romper el equilibrio regional, sufrir significativas bajas y no poder consolidar sobre terreno la ocupación militar ante la incesante resistencia de los muhaidines.
dmartinbara@hotmail.com