Éric Vega
Soy un convencido de que la sabiduría popular pocas veces se equivoca. Adagios como "No hay mal que por bien no venga", "El agua siempre toma su nivel", "Más vale malo por conocido que bueno por conocer", "No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan" o "Cuídate de las aguas mansas", encierran un tesoro de conocimientos prácticos que son el producto de vivencias y experiencias centenarias.
De hecho, cuando las personas deciden tomando en cuenta la sapiencia contenida en los adagios, tienen menos riesgo de fallar al momento de alcanzar sus propósitos. Las equivocaciones vienen, creo, cuando la sabiduría popular se deja de lado para abrazar prejuicios o impulsos emocionales que niegan el lugar que debe tener la razón.
Hago este señalamiento porque no deja de resultarme asombroso cada vez que un joven universitario o un adulto con aires pseudo intelectuales, me dice: "Los mexicanos no tenemos remedio; nacimos con el gen de la corrupción"; "Los mexicanos somos apáticos y conformistas"; "Uno debe preocuparse por uno mismo; mientras no tengas lo que quieres, es difícil que dejes buscar lo que quieres por preocuparte por los demás".
Además de simplistas, dichas valoraciones me parecen peligrosas, porque de tanto decirlas podemos hacerlas parte de las convicciones de nuestro imaginario colectivo, de ahí que afinar la mirada y descubrir las acciones cotidianas que niegan ese supuesto "gen de la corrupción" o "nuestra irremediable predisposición" a actuar de espaldas a la vida moral, puede evitar que creamos que no nos queda más remedio que aceptar la conducción de malos gobiernos, que tengamos que vivir en comunidades sin ley, que aguardemos a que el malhechor nos atraque o cualquier otra situación que demerite nuestra altura moral y actitud ante la vida.
Para demostrar que tales suposiciones son una desafortunada y perniciosa falacia retomaré tres asuntos que, si los pensamos con detenimiento, abonan una buena suma al escaso capital moral con el que ahora contamos los mexicanos. Me explico.
Hace ya casi dos meses que fuimos testigos de un desafortunado accidente ferroviario donde muchos migrantes resultaron accidentados y otros tantos murieron. Aún y cuando los lesionados y difuntos eran ilegales, sin detenerse en farragosas burocracias, el gobierno hospitalizó a los heridos y, cuando éstos recuperaron parcialmente la salud, los repatrió en calidad de ciudadanos extranjeros, no como delincuentes. La acción del gobierno hizo patente su voluntad de solidarizarse ante la vulnerabilidad, reconociendo, a la vez, la dignidad humana.
Este hecho demuestra que más que es posible ir más allá de las acartonadas fórmulas que recomienda la política del "buen vecino"; fuimos parte de una solidaridad que todos debemos reconocer y celebrar.
Lo mismo ha venido sucediendo con el caso de las inundaciones generadas por las tormentas tropicales Ingrid y Manuel. Desde el pasado lunes, la Cruz Roja, ciudadanos comunes y corrientes y muchas asociaciones civiles se dieron a la tarea de recolectar víveres, medicinas, ropa y otros implementos que se requieren para sobrellevar las primeras etapas de la desgracia que implica quedase sin hogar.
Al igual que sucedió en el terremoto de 1985, la solidaridad de los mexicanos volvió a hacerse presente. Usted podrá decir, resulta obvio que la Cruz Roja lleve a cabo acciones en favor de los afectados; lo que ya no resulta tan común es la reacción tan positiva de otros sectores de la población civil. Esta es la parte que me parece nos deja una gran lección y esperanza.
A partir del primer día que volvió a operar el aeropuerto de la capital de Guerrero, de manera gratuita, Aeroméxico ha movilizado alrededor de 7,000 personas. Por su parte, Interjet ha movilizado a unas 4,000 personas a la Ciudad de México. Ambas compañías han aprovechado los viajes para llevar del DF al puerto la ayuda humanitaria recolectada al momento. A decir de sus directores generales durante este fin de semana continuarán los vuelos gratuitos de Acapulco al DF para todos aquellos afectados que requieran el servicio de transportación área.
Retomo estas acciones para demostrar con tres hechos palpables lo falsa que resulta la idea de que los mexicanos "no tenemos remedio". Los mexicanos, gracias a nuestra capacidad para actuar solidariamente, nos movemos con un profundo sentido humano cuando somos testigos de desgracias inevitables, aún y cuando a esos que se dirija la ayuda no tengan ningún lazo de parentesco o amistad.
No niego que las latas, los artículos de limpieza, las mantas, la ropa, los bidones de agua, las medicinas o los viajes gratuitos pueden parecer un paliativo ante las consecuencias humanas provocadas por lo que algunos denominaron "la tormenta perfecta mexicana", pero tampoco puedo negar que el hecho de que un par de empresas pusieran en " suspenso sus ganancias" o que la Presidencia de la República haya aprobado la compra de medicamentos más grande de la historia mexicana, son una muestra evidente de que la racionalidad política y la económico-estratégica aún no le han ganado la batalla a la solidaridad humana. Es muy alentador saber que la solidaridad sigue defendiendo y ondeando su bandera.
Acciones como las descritas, nos confirman que aún queda algo de saldo en nuestro capital moral. Las acciones solidarias de las que hemos sido testigo a lo largo de la semana nos dejan en claro que el egoísmo y la apatía, en situaciones de extrema necesidad, ceden su lugar a la cooperación y la confianza. Ojalá que estos sentimientos morales se vuelvan más presenten en situaciones que no necesariamente impliquen una desgracia.
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