Sugey Estrada/Hugo Gómez
Hay ocasiones en que se actúa sin pensar, y otras en las que se piensa demasiado y no se actúa. En las primeras se alaba la presteza y se condena la falta de razonamiento, mientras que en las segundas se valora la agudeza, pero se deplora la ausencia de emprendimiento.
En el capítulo 21 de El discreto, Baltasar Gracián se detuvo en la consideración de estos dos importantes conceptos: diligencia e inteligencia.
La inteligencia es la capacidad de saber elegir entre varias opciones y quedarse con la mejor; es reconocer las cosas y comprenderlas de manera adecuada. La diligencia, por su parte, es el cuidado y rapidez con que se ejecuta una acción.
"Tanto necesita la diligencia de la inteligencia como al contrario. La una sin la otra valen poco, y juntas pueden mucho. Ésta ejecuta pronta lo que aquélla, detenida, medita, y corona una diligente ejecución los aciertos de una bienintencionada atención", señaló Gracián.
Especificó que hay personas muy buenas para recibir órdenes pero no para mandar, porque no siempre se ajustan el genio y el empleo.
"Hay sujetos que son buenos para mandados, porque ejecutan con felicísima diligencia; mas no valen para mandar, porque piensan mal y eligen peor, tropezando siempre en el desacierto".
Así como algunos no saben mandar, hay otros que no saben ejecutar,
apuntó.
"Pero no es menor infelicidad la de una grande inteligencia sin ejecución; marchítanse en flor sus concebidos aciertos, porque los comprendió el hielo de una irresolución y, perdida de aquélla su fragante esperanza, se malogran con el dejamiento.
Resuelven algunos con extremada sindéresis, decretan con plausible elección, y piérdense después en las ejecuciones, malogrando lo excelente de sus dictámenes con la ineficacia de su remisión".
¿Soy inteligente o diligente? ¿O ni lo uno ni lo otro?
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