"El efecto Pigmalión"

""
13/03/2015 00:00

    Sugey Estrada/Hugo Gómez

    La conducta, el afecto, la estimación o el re­chazo que los padres de familia, maestros y jefes muestren hacia sus hi­jos, alumnos y empleados serán determinantes para estimular positiva o negativamente su la­boriosidad y efectividad, o su pereza y negligencia.
    De la actitud y trato que los diri­gentes muestren hacia sus subordi­nados dependerá, en gran parte, su crecimiento o empequeñecimiento, involución o desarrollo, creatividad o escasez de innovación.
    Esta correspondencia es conocida como el "efecto Pigmalión", porque de acuerdo a la mitología griega existió un escultor llamado así que se enamoró de Galatea, una de sus esculturas. Fue tanto el amor que le tuvo a esta obra, que en sueños per­cibió cómo Afrodita le concedió la vida para que se cumpliera su caro anhelo (algo semejante le sucedió a Miguel Ángel con su Moisés, aunque en este caso consideró la escultura tan perfecta que le dio un martillazo en la rodilla derecha, mientras ex­clamó: "¿Por qué no me hablas?", ya que prácticamente sólo le faltaba este signo vital).
    George Bernard Shaw escribió en 1913 una obra de teatro titulada Pig­malión, la cual fue llevada a la panta­lla en 1964 con el nombre de Mi bella dama, en la que el profesor Higgins termina enamorándose de la florista que sacó del arrabal para enseñarle a hablar correctamente y hacerla pasar ante la aristocracia como una hono­rable dama.
    El efecto Pigmalión consiste en alimentar las expectativas que se mantienen sobre los demás como si se tratase de una profecía autorrea­lizada, de manera que se les trata de acuerdo a dichas consideraciones y expectativas para estimular su ad­quisición y mejorar admirablemente su desempeño, en el caso positivo, o para confirmar el nefasto pronóstico que se ha establecido sobre su labor.
    ¿Aliento y estímulo con positivas palabras y expectativas?

    rfonseca@noroeste.com
    Twitter: @rodolfodiazf