"El primer cadáver se llama Santiago Creel. Las dos derrotas que le ha infringido Felipe Calderón han sido contundentes.El otro que está a punto de convertirse en un cadáver y aún no lo sabe es Roberto Madrazo."
NOROESTE / REDACCIÓN / SHEILA ARIAS
Lo que ha sucedido esta semana ha puesto de manifiesto, una vez más, la miseria de nuestra clase política. En México, el viejo dicho: el pueblo tiene el gobierno que se merece, no se aplica. Y no porque el pueblo, o la sociedad civil, como ahora se dice, sea ninguna maravilla, sino porque la clase política con su falta de oficio, de sentido común y de una ética mínima está por debajo de la media social.
No, no tenemos una clase política a la altura de lo que el país requiere. Por eso hemos padecido en estos años toda suerte de sainetes y de escándalos y por eso, muy probablemente, los seguiremos padeciendo en los tiempos que están por venir.
El primer cadáver se llama Santiago Creel. Las dos derrotas que le ha infringido Felipe Calderón han sido contundentes. Los efectos del 11 de septiembre en la pasada elección del 2 de octubre eran previsibles.
Los panistas empiezan a identificar a Calderón como el candidato que puede llevarlos a la victoria o, en todo caso, tener un mejor desempeño que el ex Secretario de Gobernación y el ex Gobernador de Jalisco. Esa percepción no es ajena a la forma en que se desarrolló el debate entre los tres contrincantes. Calderón superó a Creel y Cárdenas tanto en la forma, fue más aguerrido y claro, como en el contenido.
El fracaso de Santiago Creel derivó de un mal cálculo: apostó al voto de los adherentes más que al de los militantes. Por eso emprendió una campaña abierta y descuidó el contacto con los panistas de larga data, que son los que finalmente votaron. La apuesta de Calderón fue en sentido contrario. No hizo una campaña en los medios y se dedicó a recorrer y contactar a los militantes en cada distrito y municipio.
Antes del 2 de octubre nadie podía precisar con exactitud cuál de las dos estrategias era mejor que la otra. El padrón de Acción Nacional registra, más o menos, 300 mil militantes y 800 mil adherentes. La moneda estaba en el aire.
Había, sin embargo, algunos elementos a considerar. El primero es que el padrón del PAN está inflado. Todos los panistas sabían que después de la victoria de Vicente Fox en el 2000 y de su ascenso a la Presidencia había habido una oleada de afiliaciones al nuevo partido en el poder. Pero la militancia o participación de esos adherentes era incierta. Muchos se inscribieron y luego se desentendieron de cualquier práctica partidaria.
El otro elemento a tomar en cuenta es que entre los panistas de vieja data, Felipe Calderón tenía mayores simpatías. Siendo menos conocido que Creel entre la población abierta, era mejor aceptado por el panista estándar que lo identificaba como uno de los suyos. No en balde había ocupado la secretaría general y la presidencia de Acción Nacional.
Creel, en cambio, era de adopción reciente, se afilió apenas en 1999 al PAN, y se le percibía como el hombre fuerte del gabinete del Presidente Fox. No fue extraño ni irracional, por lo tanto, que cada uno de ellos apostara al nicho de mercado que en teoría le era más favorable.
De ahí también la construcción de dos perfiles completamente distintos: Creel se presentaba como el hombre más cercano al Presidente, como el más conocido entre la población, lo cual era y es cierto, y como el que tenía mejores probabilidades y habilidades para contender por la Presidencia de la República, lo que estaba por verse. Su oferta era, en suma, vota por un candidato que de verdad pueda llevar al PAN a la victoria.
Calderón se situó, por razones obvias, en el extremo opuesto. Y no sólo porque así lo decidió, sino también porque no tuvo otra opción. La predilección de Vicente Fox por el Secretario de Gobernación era evidente. Se fueron Aguilar Zinser y Jorge Castañeda, pero Creel permaneció.
Para nadie era un secreto que contaba con algo más que la simpatía del Presidente de la República para convertirse en el candidato de Acción Nacional. A él se le toleraba lo que al resto no se le permitía. Por eso Calderón se vio obligado a renunciar a la Secretaría de Energía y por eso apostó a capitalizar el malestar de los panistas con el Gobierno de Vicente Fox. De ahí el famoso discurso de Germán Martínez: a Fox le tocó sacar al PRI del gobierno, a Felipe le corresponde llevar al PAN a Los Pinos.
Fueron dos estrategias opuestas, basadas en cálculos racionales y en la circunstancia de cada uno de los precandidatos. Al inicio de las campañas, insisto, nadie tenía la certeza de cuál funcionaría mejor. Porque si los adherentes hubieran votado en masa o en una proporción considerable, tal como esperaba Creel, el resultado de la contienda habría sido diferente. De hecho, la mayoría de las encuestas entre la población abierta le confirieron durante mucho tiempo una ventaja importante al Secretario de Gobernación.
Hoy, ya es muy tarde para que Santiago Creel pueda enderezar el rumbo. Carga sobre sus espaldas una triple derrota: la del debate, la del 11 de septiembre y la del 2 de octubre. Sólo un milagro podría cambiar las tendencias en la participación e invertir los resultados.
Porque el efecto que estos tres factores tendrán en la próxima ronda electoral, la del 23 de octubre, será definitivo. El capital político y la imagen que proyectaba Creel se han vuelto polvo. Ya nadie lo ve como un candidato ganador, sino como alguien que no pudo siquiera imponerse en la contienda interna.
Todo lo anterior puede y debe ser muy difícil de aceptar para quien daba por descontado el triunfo. Pero en política, como en la vida, de nada sirve desconocer el principio de la realidad. Santiago Creel apostó y perdió. Eso es todo. No hay más.
Por eso resulta absurdo que se empeñe en dar una batalla de la que no saldrá con hueso bueno alguno. Porque a como van las cosas, Calderón terminará por hacerlo añicos en la tercera ronda o en la segunda vuelta. Y de esa tunda será muy difícil que se levante para continuar en cualquier forma o tipo de actividad política.
El otro que está a punto de convertirse en un cadáver y aún no lo sabe es Roberto Madrazo. El enfrentamiento abierto y a muerte, porque se trata de eso y no de otra cosa, que sostiene con él la maestra Gordillo es mucho más grave de lo que se imagina o de lo que quiere reconocer.
Elba Esther se ha propuesto impedir que llegue a la candidatura del PRI por todos los medios a su alcance. No importa el costo. El cálculo racional ha quedado atrás. La maestra está decidida a ir hasta las últimas consecuencias. Y si por alguna razón Madrazo lograra esquivar los golpes y convertirse en candidato, se enfrentará a una oposición redoblada que le impedirá hacer campaña por la Presidencia de la República.
Hay quienes dicen que Gordillo ha cometido una serie de errores y que abrió demasiados frentes. No se puede pelear con todos al mismo tiempo. Al final del día, reiteran, terminará debilitada y su futuro político será más que incierto.
El juicio parece, de entrada, demasiado contundente toda vez que la presidente del SNTE no ha roto lanzas con el Presidente de la República y se apresta para jugar un papel en la próxima elección presidencial. Pero aun cuando lo anterior fuera cierto, el problema para Roberto Madrazo es que la maestra no necesita más que nueve meses, en caso de que sea electo candidato, para hacer pinole su campaña.
Roberto Madrazo hizo un pésimo cálculo político. Creyó que podía defenestrar a la maestra y luego recomponer su relación con ella. O en todo caso, que por más enfurecida que estuviera no tendría capacidad de hacerle daño. Y no, no fue así. Gordillo ya lo puso contra la pared y no hay forma de negociación ni de entendimiento.
Tampoco le va a servir la estrategia, a la López Obrador, de presentarse como víctima de un complot que está siendo orquestado desde Los Pinos. El primero en desmontar y desacreditar ese cuento fue, por razones obvias, Arturo Montiel.
La situación es tan complicada que el ex presidente nacional del PRI debería explorar una salida alterna. Porque si él tiene la fuerza para ganarle a Montiel, pero no va a estar en condiciones de hacer campaña por la Presidencia de la República, la única salida racional que le queda es proponer el retiro de ambas candidaturas para buscar un candidato de unidad que, además, resulte atractivo para los ciudadanos sin partido y sin filiación, cualidad que no tiene él ni Montiel.
Pero esperar tanta lucidez de un tabasqueño aguerrido y empecinado tal vez sea una ingenuidad mayor, ¿no es cierto?