"El proletariado no se constituyó en la clase revolucionaria por excelencia ni cuestionó la esencia del capitalismo"
NOROESTE / REDACCIÓN / SHEILA ARIAS
Hace cuarenta años, Octavio Paz consideraba que el problema mayor, el único que podía poner en cuestión la integridad de los Estados Unidos, era de orden racial.
Los sesentas fueron la década de las protestas y las revueltas de los barrios negros y, por supuesto, del asesinato de Martín Luther King. El panorama era sombrío.
Contra lo que había predicho Marx, el resquebrajamiento de las sociedades capitalistas más avanzadas no provenía de la lucha de clases, el proletariado contra la burguesía.
La sociedad de consumo y la prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial conjuraron su profecía: el advenimiento inevitable del socialismo.
El proletariado no se constituyó en la clase revolucionaria por excelencia ni cuestionó la esencia del capitalismo. Las asignaturas pendientes estaban en otra parte: el orden colonial que se colapsó lo mismo en la India que en Argelia y la minoría negra que no había sido integrada ni racial ni civilmente en los Estados Unidos. De ahí la virulencia del conflicto.
La elección de Barack Oabama muestra la magnitud de la transformación que se ha vivido en cuatro décadas. Hasta mediados del año pasado, la posibilidad de que un afroamericano despachara en la Casa Blanca era política ficción. Ese fue el tema de la serie televisiva "24". Pero la probabilidad de que algo así ocurriera en la realidad parecía tan lejana, que las primeras reacciones ante las nominaciones de Obama y McCain como candidatos presidenciales fue lapidaria: los Demócratas habían elegido a un seguro perdedor y los Republicanos a un seguro ganador. La suerte estaba echada.
Y en efecto, los primeros meses de campaña transcurrieron de acuerdo a ese guión. La totalidad de las encuestas le otorgaban una ventaja considerable al candidato republicano.
Fue, sin duda, la crisis económica la que cambió las coordenadas. La gravedad de la misma y el hecho de que golpeó a la mayoría de los estadounidenses donde más les duele: la propiedad de sus casas, tuvo un efecto devastador para los republicanos.
Hay, además, dos factores adicionales que explican la victoria de Obama. El primero es el carisma y la habilidad del candidato. La red de apoyo que construyó mediante Internet y la recolección de fondos que realizó no tienen precedente en la historia de las campañas estadounidenses.
Amén de que los sectores más jóvenes y con mayor educación, incluida la población blanca, simpatizaban con su candidatura.
El segundo es de orden estructural. La composición de la población en los Estados Unidos ha cambiado a lo largo de estos cuarenta años. Las minorías de color, amarillo, café y negro, pesan cada vez más.
De hecho, hacia el año 2050 todas ellas sumadas superarán en número a la hoy mayoría blanca. El propio McCain señaló su importancia al saludar la victoria de Oabama y reconocer que había tenido la capacidad de motivarlos para que votaran en la elección presidencial.
Sería iluso suponer que la victoria de Obama terminó con el racismo en los Estados Unidos. La virulencia del Ku Klux Klan y de otras organizaciones de "la supremacía blanca" sigue ahí.
El propio Obama se quejó del tono que los republicanos le imprimieron a su discurso durante la campaña. Y ahora, ya como presidente electo, las amenazas se han multiplicado. Es posible, incluso, que algún atentado se perpetre en su contra.
Sería absurdo, sin embargo, desconocer lo fundamental. Amplios sectores de la población blanca,particularmente los más jóvenes y educados, como ya dije, votaron por un candidato de color.
El cambio cultural que eso implica y muestra, es mayor. En un lapso de cuarenta años los estadounidenses dieron un giro de 180 grados. Las nuevas generaciones no comparten los valores ni los prejuicios de los jóvenes y los adultos de los años sesentas.
Estados Unidos es hoy, más que nunca, una sociedad multirracial con un grado bajo de conflicto. Mucho más bajo, en todo caso, que el que experimentan los países europeos con las poblaciones musulmanas que habitan en sus territorios. Basta recordar la revueltas de las barriadas árabes contra el Estado francés hace algunos años.
Los retos que enfrentará Obama: la guerra en Irak y la crisis económica, carecen de color. Su solución no será sencilla, pero es particularmente complicada en el segundo ámbito.
El riesgo mayor es que las estrategias de reactivación resulten insuficientes. De ser ese el caso, la economía de los Estados Unidos y del mundo podría entrar, tal como ha advertido el propio Obama, en una recesión de varios años o, peor aún, en una deflación como la que experimentó Japón en los noventa.
La magnitud y complejidad de la crisis sigue siendo incierta. Todos los días aparecen nuevos problemas que agravan la situación. Lo único cierto en ese contexto es que la reactivación de la economía deberá provenir del Estado y el gasto público.
Pero partiendo de ese dato, las políticas de inversión y reactivación tendrán que ser duraderas y efectivas hasta el punto que los consumidores y las empresas recuperen la confianza, lo que podría tardar años. Y no hay en esta materia manual o garantía que asegure que así será.
Por otra parte, Obama no podrá cumplir su promesa de un retiro inmediato de Irak. A menos que esté dispuesto a correr el riesgo de que el nuevo gobierno iraquí se colapse y el país se hunda en una guerra civil.
Pero no sólo eso. Irán podría convertirse en un problema mayor si persiste en su proyecto de fabricar armas nucleares. Amén de que el conflicto árabe-israelí no tiene visos de solución.
Sin embargo, a diferencia de Bush, y tal como ya lo esbozó Hillary Clinton, el Gobierno de Obama puede transitar a un nuevo esquema de cooperación y de mayor entendimiento con sus principales aliados.
Porque a final de cuentas hay dos datos fundamentales que continúan siendo ciertos: Estados Unidos es la única superpotencia en el mundo, pero no puede por sí sola resolver ni enfrentar todos los problemas.
Esa es la lección que dejó el fracaso en Irak. Por eso, por su discurso moderado e incluso por su color, Obama arrancará en el plano internacional con un bono de gracia.
Sería tonto esperar milagros de Obama. Ni en Estados Unidos ni en China ocurren semejantes cosas. El contexto económico es demasiado complejo.
Todo el mundo sabe recetas, pero no hay garantía alguna de que las cosas saldrán bien. Sin embargo, y por lo mismo, existe la conciencia de que en ese barco vamos todos.
La suerte de la economía mundial, para no hablar de la mexicana, está fatalmente ligada a lo que ocurra en los Estados Unidos. Por eso hay que desearle éxito al próximo inquilino negro de la Casa Blanca.