"El valor de las virtudes y el precio de los egos"
Héctor Tomás Jiménez
Los seres humanos somos como los árboles, mantenemos nuestro cuerpo erguido gracias a que nos sostienen unas raíces que nos nutren y nos permiten nuestro crecimiento y desarrollo como personas. Las raíces simbolizan a nuestros padres y ancestros, los nutrientes son las herencias culturales que nos dejan y nuestro desarrollo está fincado en nuestras ramas y frutos, que simbolizan a nuestros hijos y nietos.
Es un hecho que los nutrientes están representados por las virtudes y los egos, las virtudes que abrevamos y que son el mejor ejemplo para ser siempre mejores, en tanto que los egos, representan todo aquello que nos frena y no nos permite crecer de manera natural, pues en ocasiones se enraízan profundamente y nos trastocan en nuestra esencia de vida. Estos egos llamados también pecados capitales son: la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, conocidos en la moral cristiana como los frenos antagónicos a las virtudes humanas, que en correspondencia son: la castidad, la templanza, la generosidad, la diligencia, la paciencia, la caridad y la humildad.
En el manual de catequesis católico puede leerse: "Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien. Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino".
Es fácil percibir que la única manera de vencer los egos perniciosos son cultivando las virtudes humanas, de tal manera que al crecer estas, empequeñecen a aquellos generando un proceso virtuoso del crecimiento y el desarrollo humano de las personas. Así, frente a un estallido de ira, debemos cultivar la paciencia, frente a la pereza la diligencia, frente a la envidia la caridad, frente a la soberbia la humildad, en la lujuria la castidad, en la gula la templanza y en la avaricia la generosidad.
Cuando hablamos de valor de las virtudes, nos referimos a su esencia natural que nos alienta, y que nos generan ganancia, en cambio, al hablar del "precio" de los egos, debemos entender que por cada ego que dejemos crecer, se nos genera un pasivo que debemos pagar.
Esto de valor y precio de nuestras virtudes y egos lo maneja muy bien Karen Berg, una mujer que ha dedicado parte su vida a la enseñanza de la Kabbala. Ella dice: "Alguna vez alguien me hizo esta pregunta: ¿Si es verdad que en el universo existe un sistema de causa y efecto, cuál es la paga para la envidia y la codicia? Esta es una gran pregunta porque, seguramente, cada uno de nosotros atraviesa etapas en las que quedamos atascados en estados negativos. De manera muy simple, la paga para estos sentimientos son los mismos sentimientos. Por ejemplo, digamos que sentimos envidia. El 'castigo', por así decirlo, es la envidia en sí ya que por nuestra envida, nunca estamos satisfechos en la vida. Cuando sentimos envidia, sin importar lo que tengamos (incluso si es demasiado) siempre habrá alguien más que tenga algo que queramos, y por ende no podemos apreciar aquello que está a nuestro alrededor. Ahora ¿qué pasa cuando estamos en un estado de codicia? En este estado nos volvemos prisioneros de nuestra búsqueda de riqueza y no podemos apreciar más nuestra vida tal como es. Nuestra codicia se convierte en nuestra prisión. Y nuestra prisión es nuestro castigo. Cuando sentimos codicia, no vivimos felices porque no podemos hacerlo. Estamos constantemente preocupados por 'quién va a hablar de mí' o 'quién va a decir esto de mí' o 'quien va a estar cerca de mí'. Sin embargo, una vez que entendamos que existe una estructura que sustenta el universo y que todo lo que ocurre en nuestra vida está allí para enseñarnos o llevarnos a un lugar para completar nuestra corrección, entonces no caeremos en estos estados de envidia y codicia porque entenderemos que Dios nos colocó en este marco, en este cuerpo y en este ambiente para ser los mejores y terminar nuestra corrección. Se dice que la felicidad es como una mariposa. Si la perseguimos, vuela lejos. Pero si nos volteamos y nos ocupamos en compartir y en otras acciones positivas, entonces la felicidad viene y se posa suavemente en nuestro hombro". (Fin de la cita)
Nuestras circunstancias actuales no son un castigo, sino simplemente una herramienta para ayudarnos a levantar y elevarnos a otro nivel de conciencia espiritual. Una vez que realmente entendamos esto, entonces no caeremos presa de la codicia o de la envidia o de cualquier otro ego. Estamos donde estamos porque es allí donde debemos estar para ir a algo mejor.
JM Desde la Universidad de San Miguel
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