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"Análisis: Influenza: hay que controlar el pánico y aprovechar la oportunidad"

"En abril, la influenza H1N1 tomó al País por sorpresa y provocó una reacción rápida y enérgica de las autoridades ante la presencia de un virus desconocido y largamente esperado."

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22/09/2009 00:00

    Melissa Sánchez

    Hoy sus alcances y características son conocidas y atendibles
    En abril, la influenza H1N1 tomó al País por sorpresa y provocó una reacción rápida y enérgica de las autoridades ante la presencia de un virus desconocido y largamente esperado.
    Hoy sus alcances y características son conocidas y atendibles, por lo mismo no se puede actuar igual que en aquel momento y, mucho menos, cuando las medidas adoptadas en aquel entonces tuvieron funestas consecuencias particularmente para la economía, pero también afectaron otros ámbitos de la vida nacional, como la educación, precisamente uno de los sectores más deficitarios en el País.
    Desde 2001 la comunidad médica mundial espera la aparición de una nueva cepa del virus de la influenza tan letal como la que en 1918 mató a más de 20 millones de personas, en menos de un año.
    Por ello existían protocolos de la Organización Mundial de la Salud que permitían responder oportuna y contundentemente ante su presencia; eso fue precisamente lo que sucedió el 23 de abril de este año.
    El virus, que hoy todo indica que no empezó en México, como era esperable se extendió a otros países y, particularmente, causó estragos en los países del cono sur, que en ese momento vivían su temporada invernal.
    En ninguno de ellos se tomaron las medidas extremas que se adoptaron en México, precisamente porque cuando los afectó, el virus ya no era desconocido y, por lo mismo, se actuó con mayores elementos de juicio.
    Hoy ya se sabe con precisión que este nueva cepa es muy parecida a la llamada influenza estacional, incluso su tasa de mortalidad es ligeramente menor: 1.2 por ciento de los infectados contra 1.3 por ciento, en el caso de la estacional.
    Y su gran diferencia es a la población que afecta, pues la estacional afecta principalmente a los adultos mayores de 60 años; y la H1N1, a los menores de 19 años.
    De los 26 mil 403 afectados por la influenza H1N1 en México, casi el 5 por ciento se encuentra entre los 0 y 19 años de edad; otro 20 por ciento está entre los 19 y 29 años; otro 21, entre 30 y 60; y, escasamente, el 1.7, arriba de los 60 años.
    La diferencia no es menor, pues tiene muy diversas implicaciones en la forma de enfrentarlo, particularmente cuando no se cuenta con una vacuna que permita prevenirlo y con una población joven como la mexicana, donde más del 40 por ciento tiene menos de 19 años y, por lo tanto, se sitúa dentro del grupo más vulnerable; casi el 17 por ciento está entre los 19 y los 29; el 32, entre los 30 y 59; y, únicamente, el 11, tiene más de 60 años.
    Pero más allá de la distribución porcentual de las edades, las prácticas y costumbres de cada uno de estos grupos poblacionales son muy distintas, pues los menores son más propensos a pasar una buena parte de su vida en grupo y, por lo tanto, son más vulnerables a todo tipo de gripes e influenzas. Y, por lo mismo, hay que afrontarlo de diferente manera.
    Aunque siempre cabe la posibilidad de que el virus sufra mutaciones y, por lo mismo, pueda cambiar sus formas de transmisión, hoy se tiene la certeza que el virus se transmite por contacto directo a través de las mucosas, es decir, se difunde y/o adquiere a través de la saliva o las mucosas nasales u oculares, directa o indirectamente, es decir, de saliva a saliva, a través de un beso, o por contacto con cualquier tipo de superficie que previamente haya sido contaminada por cualquiera de estas mucosas, directa o indirectamente, a través de un estornudo o la colocación de un pañuelo infectado.
    Por lo mismo lo que se vuelve clave es la higiene y manejo de las manos y, en gran parte, la posibilidad de adquirirlo depende de uno mismo y sus hábitos de higiene: nunca tocarse la boca, la nariz o los ojos sin lavarse previamente las manos.
    Así que el principal problema es cultural, lo que se tiene que lograr es particularmente evitar el contacto de las manos o cualquier otro objeto de cuya higiene no haya plena certeza con boca, nariz y ojos.
    Obviamente, hay muchas medidas adicionales que contribuyen a evitar el contagio: lavado frecuente de las manos; al estornudar o toser taparse la boca con el antebrazo; la higiene de cualquier tipo de superficie, incluyendo las manivelas de las puertas, volantes de los carros, etcétera; el uso de pañuelos desechables, y otras más que contribuyen a contener el virus.
    Aquí es precisamente donde surge la principal oportunidad que abre la presencia de este nuevo virus, pues hay que aprovechar el pánico inicial para transformarlo en energía que permita impulsar el cambio cultural, hacia hábitos más higiénicos, que son las únicas acciones realmente preventivas aplicables en estos momentos, pues el cierre de salones de clase, escuelas o lugares de reunión en realidad son reacciones, que probablemente eviten una mayor diseminación del virus, pero siempre llegan tarde, pues se toman cuando se percibe la presencia de un enfermo y normalmente si no se aplicaron previamente medidas preventivas, ya hubo otros contagiados que manifestarán los síntomas posteriormente; en cambio, si las medidas ya están en vigor, el cierre es innecesario.
    Sin embargo, México parece empeñado en aplicar las mismas medidas extremas. Ayer lunes, el Secretario de Salud, José Ángel Córdova, indicó que el nivel de alerta es intermedio, debido al incremento en los casos y explicó que esto conlleva el cierre de escuelas y la aplicación de medidas de distanciamiento en los estados que lo ameriten.
    Ponderó el cierre, durante toda la semana pasada, de 2 mil 500 escuelas en Sinaloa e indicó que los datos indican que la medida redujo de manera importante los casos de influenza, lo cual es una realidad, sólo que dicho impacto será temporal, si no se acompaña del cambio cultural y la responsabilidad personal de cada uno.
    En Argentina, en el momento de mayor incidencia de la influenza, las autoridades sugirieron cerrar centros de trabajo y comerciales; y la población se opuso y destacó que eso era una responsabilidad individual y no del Gobierno. La vida continuó con normalidad.
    Obvio el cambio empieza en el hogar, sigue en la escuela y tiene que prolongarse a centros de trabajo y cualquier lugar público, particularmente aquellos en los que se realiza la ingesta de alimentos y/o bebidas, por ejemplo colocar recipientes con gel antibacterial en cada mesa, aunque justo es señalar que no es antiviral y, por lo mismo, su impacto contra el virus puede ser menos efectivo que agua y jabón; cambiar la forma de compartir botanas y platos al centro, que en muchas ocasiones implica formas de contacto directo de manos y utensilios utilizados por diversos comensales.
    En fin, el combate a la influenza H1N1 sí implica un cambio cultural, que siempre son los más difíciles; pero la otra opción, el cierre de escuelas, centros de trabajo, restaurantes, antros, lugares de esparcimiento y demás, es más sencillo aplicarlo, pero mucho más costoso, especialmente para una economía tan deprimida y una educación de tan baja calidad como la mexicana.