Suana Guevara
Muchos habrán visto el documental sobre la sociedad de consumo, lo artificial en ella y los cambios que ha producido. Lo básico fue notar los contrastes entre una gran ciudad y una aldea con tradición milenaria en la aridez de un desierto en África.
Son dos las circunstancias que se pudieron apreciar en forma independiente: el medio material, físico, en el cual se vive, y la forma de pensar y sentir de quienes viven en esas comunidades diferentes.
En la gran ciudad la prisa de los transeúntes parece señalar sus pensamientos: "¡Corre, corre, ya es tarde...!"; "¡Tengo que ir... tengo que hacer...!"; "¡Quiero comprar... necesito!"; "¡No me urge, pero la oferta!"... Esas y otras frases se adivinan en la urgencia y el tropezar con la gente.
Otros pasos y otros rostros en la misma acera, también abundantes, muestran el extremo opuesto: en los indigentes, vagabundos desarrapados. Ellos deben pensar: "No tengo ningún apuro, y nada me importa, de nada...".
Para ellos ver los aparadores llenos de ropa limpia y alegre, es como ver las estrellas inalcanzables que nadie intenta tocar. La indiferencia en su cara es el espejo de las ajenas: a nadie le interesa verlos. No ansía sino encontrar en un bote algo de alimento; es pobre también de ilusiones.
En esta sociedad, dice el sociólogo, importan "las cosas", no el hombre. Y las cosas no las hacen sentir necesarias a base de propaganda carísima, que traerá beneficios económicos vendiendo el artículo para el cual se creó la necesidad.
Y lo peor, es que el individuo nunca se sentirá satisfecho ni feliz, porque siempre está deseando "algo más" que con imágenes le hacen codiciar; la industria va adelante con su acicate de campañas de promoción.
Opinan que la sociedad de consumo deshumanizando al hombre teniendo el riesgo de ser, él mismo, tan manejable como un objeto.
En la tribu del África, las casas son unas simples carpas redondas de varas y piel de camello, que junto con las cabras, son su riqueza, viven entre las piedras, en vez de alambre de púas usan ramas espinosas; se visten cómodamente con una toga de algodón y cuidan sus rebaños como hace 2 mil años, mientras meditan los principios morales heredados y aprendidos. No vegetan, viven de acuerdo a la naturaleza y se ven felices.
Tienen un pensamiento muy espiritual, en el cual todos los hombres son iguales y por justicia, deben poseer medios de subsistencia. Creen que no es vergonzoso ser pobre, pero sí que un pobre, es vergüenza para los demás: al que se queda sin camellos, le dan, para ellos no sentir la afrenta de aquellas necesidad.
Un saludo manifiesta la prioridad en su sentimiento: en el documental llegó el padre de un viaje, y salieron a recibirlo, a pocos metros de las casas, los dos hijos mayores; no se abrazaron, no se dieron la mano, pero se miraron sonrientes y el padre preguntó: "¡¿Hay paz en las familias?". Ellos contestaron: "Sí, la hay". El padre volvió a preguntar: "¿Hay paz en tu corazón?" los dos contestaron que sí, y conversando, animosos, ya sin ceremonia, se dirigieron hacia la aldea, donde otros los rodearon.
"Paz en tu corazón": eso es, y no "cosas" lo que el hombre necesita para ser feliz, y ellos lo saben...