"En México, el clientelismo es el enemigo más arraigado, poderoso y temible de una sociedad democrática de ciudadanos."
Antes se llamaba El Invencible. Ahora merece el nombre de Irreformable. El PRI se adapta a los cambios con una disposición camaleonesca envidiable, pero es incapaz de reformarse. Cambia para seguir igual. En la cúspide, todo huele a restauración.
Miembro de la Internacional Socialista, jamás será un partido socialdemócrata y muchos de sus personajes recuerdan el pasado de corrupción y de corporativismo que nos ahogó durante por lo menos seis décadas.
Su nuevo presidente, Mariano Palacios Alcocer, usó su gubernatura en Querétaro para construir, junto con su familia, un millonario negocio de bienes raíces. Aprovechando el éxodo de chilangos después del temblor de 1985 y sabiendo hacia dónde iba a crecer la ciudad, compraron terrenos cuyos precios se multiplicaron. Sus paisanos lo llaman "Mariano de las casas".
Joaquín Gamboa Pascoe, el nuevo jerarca de la CTM, quien acaba de otorgar su apoyo a la dirección del Irreformable contra La Maestra vapuleada, es el símbolo de una burocracia decadente que usurpa la representación obrera.
Hombre que nunca fue obrero y que hizo su carrera como asesor jurídico casado con la hija de uno de los caudillos de la Central, es un personaje digno de la picaresca, conocido por sus lujosos carros, sus impecables trajes y su residencia en el Pedregal. Pascoe es el símbolo de la CTM actual: corporativa, clientelar, represiva, e incondicional frente al poder en turno.
Arturo Montiel ha decidido hacer una propaganda golpista de acusaciones personales contra Madrazo, llevando la precampaña al más bajo nivel posible. Primero acusó a éste de mentiroso y ahora de agandalle. Condena la convocatoria para las elecciones internas aprobada por el CPN con la participación de sus propios representantes, pide su revocación y amenaza que el partido está ante una crisis que puede ser muy grave para su futuro.
Mientras tanto, los grupos de maestros afines a Elba Esther Gordillo siguen boicoteando los actos proselitistas de Madrazo. Probablemente las cosas van a continuar así o peor hasta el 13 de noviembre, día en que se anunciarán los resultados de la precampaña. El fantasma del desastre que fue la elección interna de 1999 y que influyó en su derrota del 2000 sigue haciendo travesuras.
¿Qué significaría una victoria del PRI en las elecciones del año próximo? Un salto atrás de proporciones incalculables, porque una vez instalado en el poder, será muy difícil volver a desalojarlo.
Todo el pasado corporativo, autoritario, corrupto, que sigue profundamente enraizado en la médula de ese partido gatopardesco, volverá como una marea imparable para anegarlo todo. Ningún priista importante ha hecho autocrítica alguna de ese pasado. La mayoría lo defiende con una arrogancia y un cinismo sin límite y reacciona con violencia a la crítica.
María de los Ángeles Moreno, por ejemplo, considera que el México de hoy es fruto y obra del PRI y que las luchas de la oposición de izquierda o derecha se perdieron en la ineficiencia y la utopía y sólo influyeron muy indirectamente en moldear al país, porque éste se hace desde el gobierno.
El PRI es el partido que introdujo, consolidó y administra hasta nuestros días la política neoliberal que en los últimos 23 años ha producido tantos desastres en la economía del país. Algunas de las reformas eran necesarias, pero la forma como fueron manejadas y la corrupción que los marcó indeleblemente, acabaron por transformarlas en un gran naufragio.
Miembros del gabinete económico que las impuso, creado por Salinas de Gortari, siguen estando en el timón de la economía de México aun en el Gobierno de Vicente Fox y ahora, sigilosamente, comienzan a trabajar por el regreso del PRI.
El PRI es, por excelencia, el partido del clientelismo. Esto explica sus victorias locales pese a sus descalabros a nivel nacional. Durante medio siglo gobernó al país como una inmensa república clientelar. Para acceder a los beneficios sociales que proporcionaba el Estado, los beneficiarios debían renunciar a sus derechos políticos, sobre todo al derecho al voto y la organización independiente.
Los servicios sociales eran presentados como dádivas que obligaban a un acto de reciprocidad, sobre todo a nivel local o regional. La retribución se manifestaba en el voto por el PRI, la movilización para sus actos, la aceptación de la autoridad de sus agencias y en general la tolerancia de las corruptelas y las intransigencias del régimen corporativo.
Con el control totalitario que ejercía el gobierno a través del fraude electoral, la manipulación política de los créditos rurales y los precios de garantía, el PRI-gobierno tenía los medios necesarios para asegurarse de que el pueblo cumpliera con su parte del pacto clientelar.
La omisión o la resistencia eran castigados con la exclusión o la represión. La amenaza de la coerción flotaba siempre en el aire. Promovida por la competencia de las organizaciones y comunidades por el acceso a los recursos escasos que ofrecía el Estado, la relación adquirió una gran estabilidad y una pesadez cultural aparentemente insuperable.
En los últimos tres lustros, la situación ha ido cambiando lentamente. La competitividad de los partidos, el adelgazamiento del Estado, ha llevado al sistema a una crisis, pero el monstruo de mil cabezas no está muerto. Todos los partidos lo usan ya, pero nadie como el PRI sabe cultivarlo, manipularlo y reproducirlo, adaptándolo a las nuevas condiciones.
En México, el clientelismo es el enemigo más arraigado, poderoso y temible de una sociedad democrática de ciudadanos. Votar por el partido del neoliberalismo y el clientelismo el 6 de julio del 2006, es inevitablemente un salto atrás. El pasado no puede reconstruirse íntegramente, pero el avance hacia un México mejor puede ser frenado.