"En realidad, no es en el poblado de Teacapán donde se erigirá el CIP anunciado, sino a varios kilómetros al norte, y no es del todo seguro que los efectos favorables de la gran inversión vayan a llegar al pueblo que le da nombre al CIP"
Noroeste / Pedro Guevara
Si en los años 70 se hubiese dado la noticia de que en el sur de Sinaloa se levantaría el complejo turístico más grande de México, no habría habido más reacción que la de un festejo generalizado; pero decir en el nuevo siglo que en Teacapán habrá un Centro Turístico Integralmente Planificado más grande que Cancún no genera una algarabía unánime porque el desarrollo de ese destino caribeño no es precisamente el mejor ejemplo de lo que puede hacerse.
Los llamados por la Secretaría de Turismo Centros Integralmente Planificados surgieron inicialmente con Cancún en 1972 y posteriormente se reprodujeron en Los Cabos, Huatulco, Loreto, etc.
Los casos más conocidos y empresarialmente más exitosos son Cancún y Los Cabos, pero ambos son un fracaso urbanístico para la mayor parte de la población local y, a la vez, ejemplos de poco respeto por el medio ambiente.
Los modelos de Planificación Turística Integral, que teóricamente tienen como objetivo la articulación entre las partes implicadas y obtener un auténtico desarrollo sustentable, dice el investigador venezolano Alfredo Ascanio en su artículo "El Espacio Turístico en países emergentes" ( Revista Pasos, Vol 3, No. 1, 2005) se preocupan más por la segmentación de mercados y menos por asegurar una sinergia entre el espacio de descanso para los turistas y la ciudad residencial para los trabajadores. En realidad la planificación turística excluye y se impone a los locales.
Cualquier mexicano informado sabe que en Cancún hay dos ciudades marcadamente contrastantes: la turística y la de los empleados; la rica y la pobre.
El espacio lúdico de Cancún presume una mínima planificación, pero la zona donde habitan los empleados de la industria turística carece de ella porque simplemente era imposible lograrla en una ciudad que, en 20 años, pasó de cero habitantes a 300 mil.
El caso de Los Cabos es semejante al de Cancún, no en cuanto al crecimiento demográfico, aunque no deja de ser importante, pero en sí en cuanto al contraste urbano: el de la abundancia, por un lado, y el de la carencia, por otro.
Los CIP, sin duda alguna, son los destinos turísticos ricos de México, pero son los que más rápidamente han dañado el medio ambiente donde están asentados. La explicación reside en que su crecimiento es espectacular, masivo y a corto plazo, a diferencia de los tradicionales, como Acapulco, La Paz o Mazatlán, que han tenido un crecimiento más lento a pesar de no ser planificados.
Con la excepción de Acapulco, los destinos turísticos tradicionales de playa mexicanos, aun con todo y sus enormes problemas sociales y que su historia es mucho más larga, de siglos, a diferencia de los CIP que solo tienen una historia de décadas, la articulación de sus diferentes sectores sociales y desarrollo urbano ha sido menos problemáticos.
El CIP de Teacapán, que en realidad estará ubicado en la Isla del Bosque, tiene todos los indicios de ser un proyecto que no ha tomado en cuenta a la inmensa mayoría de los habitantes de la localidad.
Por principio de cuentas, llama poderosamente la atención que en los planes de desarrollo turístico del estado, como en el "Avante: Plan Estratégico de Desarrollo", ni el Gobernador ni el Secretario de Turismo hayan hablado previamente del megaproyecto escuinapense. Quizá ni ellos mismos sabían de los planes del Gobierno federal al iniciarse el sexenio calderonista, pero sí hay evidencias de que desde hace varios meses se iniciaron frecuentes ventas de terrenos en la zona de influencia del CIP, lo cual revela que ya había información extraoficial de que algo grande estaba en puerta.
El 30 de septiembre, en la sección Sur de Noroeste-Mazatlán, la reportera Carolina Tiznado nos informó que desde inicios de este año las arcas públicas de Escuinapa experimentaron un jugoso aumento en la captación del Impuesto Sobre Adquisición de Bienes Inmuebles. Ahí se tenía pensado recibir alrededor de 30 mil pesos por impuesto de las áreas rústicas; sin embargo, de enero al 26 de septiembre de este año se capturaron por ese concepto un millón 493 mil 600 pesos.
Es obvio, entonces, que hubo personas favorecidas con información gubernamental sobre el magno proyecto y se adelantaron a comprar terrenos que obtendrán en el futuro próximo grandes beneficios.
El CIP de Teacapán ha sido anunciado como el proyecto turístico más importante del sexenio de Felipe Calderón y de varios años más, lo cual podría verse como un reconocimiento a las bellezas naturales de Sinaloa, como a la capacidad de gestión de las autoridades estatales y, sobre todo, podría verse como el momento histórico que estaba esperando el sur del estado para lograr un mayor crecimiento económico. Sin embargo, alrededor de ese proyecto debe iniciarse un análisis más cuidadoso y detenido de las implicaciones, todas, que podría tener.
Hasta donde se sabe, no hay documento público alguno que explique cuales serían las potenciales consecuencias, vínculos o efectos del megaproyecto Teacapán en otros destinos turísticos que existen en Sinaloa.
No hay, al parecer, una estrategia que ligue a Teacapán con Mazatlán y al proyecto Isla de Cortés. ¿Se hablará de la Riviera del Pacífico o de la Riviera Sinaloense o de Playas de Cortés?
¿Se dejarán morir a Mazatlán y a Altata, o que se rasquen con sus propias uñas?
Si observamos el caso de Baja California Sur, con Los Cabos, como CIP, y La Paz, como destino tradicional, no ha habido una estrategia real de conjunto; caminan, en realidad, por separado.
Viendo con cuidado las cosas, el proyecto turístico de Teacapán emerge de manera improvisada, urgente, sin planificación y sin visión estatal. Pareciera, más bien, una imposición federal, aunque vaya a enriquecer a un buen número de sinaloenses, y no precisamente a los que a ahora son pobres.
Es cierto que desde hace décadas se soñaba en Teacapán con un proyecto así. En 1973, ante el auge que experimentaba Mazatlán en ese año, el Gobierno municipal, el Gobernador Alfredo Valdez Montoya y la Nacional Financiera tenían planes de concretar un enorme proyecto turístico. La institución financiera ya había aprobado un crédito por 7 millones de dólares, pero, finalmente, los planes no se concretaron.
Solo unos cuantos soñadores, como el Dr. Ernesto Rivera Valdez, persistieron en su planes. Lo lamentable es que, en realidad, no es en el poblado de Teacapán donde se erigirá el CIP anunciado sino a varios kilómetros al norte, y no es del todo seguro que los efectos favorables de la gran inversión vayan a llegar al pueblo que le da nombre al CIP.
Las características anunciadas del megaproyecto turístico anuncian una inversión enorme que transcurrirá a mediano plazo. Se habla de que en un periodo de 17 años, para el año 2025, el CIP Teacapán sea el doble de Cancún.
Es difícil aceptar que los impulsores del nuevo proyecto turístico estén hablando en serio, y si lo hacen, habría que esperar una etapa histórica que nunca ha experimentado Sinaloa en toda su historia. Cancún, después de 36 años que se inició como CIP tiene 800 mil habitantes, aunque el INEGI solo registra 596 mil.
Si la oferta de cuartos de hotel y viviendas turísticas de Teacapán va a ser el doble del centro quintanarroense, no es descabellado imaginar que en el mismo tiempo, esa zona del sur del estado, por lo menos tendría la misma población de Cancún. Tal hecho significaría que Sinaloa viviría el mayor movimiento inmigratorio de su historia con todas las implicaciones que ello conlleva.
Mazatlán y Culiacán, en efecto, como las dos principales ciudades del estado, podrían aprovechar, por lo menos en una primera etapa, tal y como lo señala el Gobernador Aguilar Padilla, el surgimiento de este CIP. Ambas urbes, en competencia con Tepic y Guadalajara, podrían surtir de bienes y servicios al magno proyecto turístico, pero para eso deben empezar a trabajar, y no se ven planes para tales propósitos.
Por último, no sobra comentar un aspecto que nos explica cómo la Semarnat y las autoridades turísticas federales y estatales toman en cuenta las más avanzadas propuestas de protección del medio ambiente para el nuevo CIP, como es el hecho de reglamentar que los hoteles y condominios solo se podrán construir a 300 metros de distancia de las playas, mientras que para Mazatlán permiten, a pesar de la erosión de sus playas y el aumento de los niveles del mar, que se sigan construyendo edificios a unos cuantos metros del océano.
Pareciera que los destinos tradicionales, como Mazatlán, ya no les importa gran cosa. Las grandes ganancias estarán en otro lado.