"En una ciudad de 20 millones de seres, las primeras nociones desechadas son la rapidez y la impaciencia"
Noroeste / Juvenci Villanueva
El ciudadano, suspendido por embotellamiento, está al tanto de su condena: nunca saldrá del auto, nunca llegará a su cita o su destino, y si se descuida y repite dos o tres veces a la semana esta letanía de lo inmóvil, atrofiará su sentido de finalidad. Si llego a donde sea, bien, si no... y esto se aplica a los embotellamientos y a la vida ni, como en la fábula, Aquiles alcanzará a la tortuga, ni el espacio saturado admite el manejo del tiempo. En los días del tráfico demoledor, si uno tiene suerte, podrá transitar en seis horas del comedor a la recámara, porque la experiencia cotidiana algo enseña: el tráfico en las horas pico ocurre ya también en la conciencia. Y esto no alude a la lentitud neuronal, tan respetable, sino al determinismo urbano que nos informa: fíjense bien, en una ciudad de 20 millones de seres, las primeras nociones desechadas son la rapidez y la impaciencia. El sobreviviente desconfía de las cifras, porque siempre mezclan el optimismo y el pesimismo. Según el censo oficial, la Ciudad de México tiene 9 millones de habitantes, lo que nadie cree, entre otras cosas, porque la explosión demográfica es el orgullo mayor. El promedio de edad es de 28 años, y según el censo, la tasa de crecimiento anual es de 0.3 por ciento, algo también inconcebible si uno se fía del simple vistazo. La distribución poblacional por sexo: 51.20 por ciento mujeres, y 48.8 por ciento, hombres. Las viviendas censadas (iba a decir encuestadas) son 2 millones 232 mil 413, cifra tímida que a lo mejor sólo toma en cuenta las que exhiben la inspiración de Le Corbusier, Mies van de Rohe, Barragán y Frank Gehry. Por lo demás, en cuanto a extensión territorial, el Distrito Federal, con sus mil 525 kilómetros cuadrados, ocupa 0.1 por ciento del territorio nacional. Datos que alborozan a la predisposición apocalíptica: el agua escasea y el abastecimiento es de 65 mil litros por segundo, los pozos se agotan aceleradamente por la extracción intensísima, y las lluvias recargan menos de la mitad del agua que se extrae. Júbilo funerario añadido: la disminución en los mantos acuíferos agudiza el hundimiento de la ciudad, que en la zona centro alcanza en un siglo hasta ocho metros de profundidad (datos en Almanaque del Distrito Federal, de Sergio Aguayo, María Yolanda Argüelles y Alejandro Cabello. Editorial Hechos confiables, 2003). ¿Cómo no vivir angustiado y, a la vez, convencido sin tanta angustia de que la catástrofe de a de veras le tocará a la siguiente generación? Mis condolencias para el porvenir. Así por ejemplo, 284 días al año la calidad del ozono no es satisfactoria, y, por ejemplo, en el año 2000, 80 por ciento del tiempo la calidad del aire resultó, digámoslo con suavidad, inconveniente. El 75 por ciento de la superficie del DF está deforestada, y las zonas verdes urbanas (parques, jardines, camellones y terrenos) suman 3 mil 800 hectáreas, lo que equivale a 3.8 metros cuadrados por habitante, lo que contraria los 16 metros cuadrados demandados por la ONU. ¿Pero qué saben los expertos de la ONU del fin del mundo? Si se cree en la tesis según la cual los ruidos superiores a 56 decibeles interfieren con las actividades humanas, y los ruidos superiores a 70 decibeles dañan el oído humano en diversos grados, se estará a punto de creer en la vulgarización de la sordera: en el centro histórico de la Ciudad de México, el ruido oscila entre 87 y 102 decibeles; en otras zonas, los autobuses y camiones desatan ruidos de 120, y en el área cercana al único aeropuerto alcanzan hasta 150. Si en verdad quieren alegrar a una persona dominada por la gula del fin del mundo, repítanle estas cifras, ya disminuidas para no causar inquietudes. El Distrito Federal produce anualmente 4.4 millones de toneladas de basura, lo que representa un promedio diario de 12 mil toneladas (1.4 kilos por habitante). En materia de empleo no hay cifras confiables, así los testimonios sobre el desempleo sean exhaustivos. La celeridad, ya lo dije, ha desaparecido. Únicamente 15 por ciento de las vías continuas permiten velocidades promedio de más de 30 kilómetros por hora. El Periférico y el Viaducto, saturadísimos, admiten velocidades que en un día afortunado fluctúan entre 13 y 20 kilómetros por hora. Cinco millones de personas utilizan el Metro diario, y cerca de 900 mil, los autobuses. Los automóviles se acercan a los 5 millones (tres, según el Gobierno) y los automóviles particulares (cerca de 60 por ciento de los vehículos) apenas movilizan a 17 por ciento de los pasajeros. A diario se denuncian cerca de 500 delitos, y debe tomarse en cuenta lo afirmado por la Procuraduría de Justicia del DF: sólo el 20 por ciento de las víctimas acude a las agencias del Ministerio Público, lo que daría un promedio de 2 mil 500 delitos al día. El sobreviviente interrumpe el vuelo vandálico por las estadísticas y emite una pregunta. ¿Cuáles son las compensaciones por vivir en la Ciudad de México? El aprendizaje de la contemplación interior (en los embotellamientos); de la solidaridad con las víctimas de todos los tiempos (cuando se sufre un asalto); del erial que implora por un rato un diluvio (cuando van cuatro días sin agua en la colonia); del placer por la promiscuidad legítima y honrosa (cuando viven ocho personas en un cuarto, tomándose por horas la única cama, bajo el criterio de tiempo compartido); del descubrimiento abrumador (nadie trabaja más que un desempleado). Otras compensaciones: el contrato incesante con el vértigo y la inundación demográfica. El gran personaje de la Ciudad de México es la ciudad misma, su contexto y su referente. Mejor que interpretarla, es preferible convertirse en un banco de imágenes, la memoria vence a la exégesis, qué decir sobre la megalópolis que no sea acumulativo. Si se quiere contradecir a la ciudad y negarla, uno debe aburrirse soberanamente, el mejor método para decir: Yo aquí no vivo, no me angustio, quisiera darle una oportunidad al olvido y asegurar que no estoy aquí, que el espacio a mi disposición es una gran pradera del Teatro Integral de Oklahoma, cada hora se avanza un centímetro, para qué protesto y digo necedades como que la ciudad ya tocó su techo histórico, mejor les recomiendo los espectáculos únicos, en el cuartito, la familia duerme de pie como en el Metro; al reality show llegó el rumor de que nadie los está viendo en televisión y los concursantes recuperan su condición de fantasmas, los escándalos políticos los organiza una compañía teatral subvencionada por el Estado, para compensar a la sociedad por el aumento del desempleo, el embotellamiento es la distancia más corta entre dos siglos, cada que la identidad nacional agoniza alguien grita ¡Gol!. ¿Por qué gusta tanto la Ciudad de México? Porque allí el anonimato es una forma del protagonismo, y porque la anécdota, el hecho que anochece episodio trágico y amanece viñeta pintoresca, es el relato que si se interpreta, se vuelve ponencia en una serie de simposios, es la historia de Hansel y Gretel, que acusaron a la bruja de acoso sexual; es la decisión de cientos de miles de mexicanos de parecerse a Frida Kahlo, uniendo las cejas. Y ahora recuerdo al señor de la unidad habitacional donde todos los edificios son iguales, que un día se equivocó de departamento, halló una puerta abierta y como nadie le dijo nada, lleva 5 años viviendo allí, así de vez en cuando se extrañe de que su mujer no recuerda nada de la luna de miel en Cuernavaca.