"Isaiah Berlin: identidad de futuro"

""
13/09/2009 00:00

    BELIZARIO REYES / SAÚL VALDEZ

    Isaiah Berlin fue un viajero auténtico. Lo hacía con poco equipaje, y sin temor a desprenderse de él.
    Dejaba atrás los miedos, dejándose llevar por cierta atracción hacia lo incomprendido.
    No era inconformidad hacia lo acreditado, más bien cierta ansiedad por mirar con otros ojos ese paisaje ciento de veces recorrido.
    Isaiah Berlin nació el 6 de junio de 1909 en Riga, la ciudad báltica que después sería capital de Letonia.
    Célebre por su voz, misma que cautivaba por su acento, su dicción, la velocidad con la que conjugaba largas frases como si las letras fueran partituras en una misma melodía. Se trataba de una inteligencia de arquitectura sinfónica.
    Como John Stuart Mill, Isaiah no fue a la escuela. Aprendió de los libros de su casa. Al cumplir 10 años, había leído La guerra y la paz y Ana Karenina.
    Mientras estudiaba hebreo y el Talmud, se adentraba en las historias de Julio Verne y los mosqueteros de Dumas. Pocos juegos, muchas lecturas.
    A los ocho años de edad fue testigo de la revolución comunista. Corría el invierno de 1917, cuando en las calles el murmullo de miles se oía cada vez más claro: "Todo el poder a la Duma", "Tierra y libertad", "Abajo el zar". La susodicha revolución liberal terminó convirtiéndose en otra cosa.
    Los eventos alimentaron la imaginación del niño, tatuando con ello su memoria, anticipándose a lo que vendría: la aniquilación de los hombres en nombre de una libertad de fachada.
    En octubre de 1920 salió con sus padres de San Petersburgo con rumbo a Londres. Ganó una beca que le permitió estudiar en Oxford.
    Ya como profesor, realizó una monografía de Karl Marx. Le dedicó 5 años de su vida.
    Hablaba de su imperiosa necesidad por entenderlo, no por una razón personal, sino por el hecho de encontrar más de una manera de observar el mundo.
    No le gustaba ser llamado filósofo, era un historiador de las ideas.
    Decía que la filosofía corría el riesgo de contar con un aliento autoritario: la completa estructuración de ideas y conceptos. De su renuencia al acomodo ordenado de todo lo conocido, nace su liberalismo.
    Creía que un hombre sólo puede observar con libertad el mundo cuando no tiene que acomodar las frondas de su mirada al croquis de una teoría.
    Hay dos personas que hablan de libertad, decía Berlin. La primera quiere limitar el poder que lo amenaza; la segunda quiere arrebatárselo al opresor.
    De la indisposición a que se metan con uno, nace la libertad positiva; mientras tanto, la libertad negativa tiene el impulso del deseo, de ser realmente mi propio dueño.
    "La libertad no es el único fin del hombre", apunta Berlin. Es más, se trata de un valor precioso pero no es el único, no es el máximo, no es idéntico para todos.
    La libertad, advierte Berlin, puede llegar a ser un obstáculo para la justicia, para la seguridad, para la felicidad.
    La política, como la vida, es elección de valores, lo que no es otra cosa que una historia de sacrificios.
    Al final de su ensayo, "Dos conceptos de libertad", Berlin señala: los valores de la vida no son solamente múltiples; suelen ser incompatibles. Cada paso es el abandono de un camino, cada elección es una pérdida.
    El liberalismo berliniano es crudo, porque es real. Siente la pena de elegir el bien sacrificado, donde la política hace las veces de instrumento para elegir el mal menor. Lo deseable es oneroso; es mentira que todo lo bueno venga en un mismo paquete.
    Aun en las dudas por elegir, en la ambigüedad de sus rezos, se está eligiendo; con sus aplazables consecuencias, si se quiere, pero no por ello menos implacables.
    Que así sea.
    P.D. Dedicado al Partido Acción Nacional y, a los panistas, en su 70 aniversario. Lejos de vanagloriarnos del pasado que fue, los aniversarios representan oportunidades para afinar el rumbo de lo que somos o aspiramos ser. Que cada quién asuma la responsabilidad que nos corresponde.

    juanalfonsomejia@hotmail.com