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"Delia V. de Arosemena: Monólogos"

"La marca del hierro"

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30/09/2005 00:00

    Gestionan

    Distraídamente acerqué el brazo a la cacerola caliente y su bordo tocó la piel dejando una línea ardorosa y enrojecida. Ya nada quitaba la quemada... ni los pensamientos agolpados por asociación, identificados por una experiencia:
    "¡Qué bárbaros! ¿Cómo podían los españoles marcar a los indios de la conquista con un hierro candente?" Pensar en eso por este escozor me hace sufrir con las madres, y las esposas, y las hijas que presenciaban aquella tremenda salvajada de los "civilizados".
    Es difícil entender las mentalidades en esa época tanto de los extranjeros blancos como de los morenos nativos que siendo tantos, se dejaron vejar por unos cuantos audaces entre los que había sanguinarios y santos, porque los misioneros lo fueron entre la crueldad de los otros.
    La verdad que ha quedado consignada en los códices y las historias, explica cuando menos en parte la actitud sumisa de los indígenas; creían que los españoles eran huestes divinas contra las cuales no podían luchar; era el Dios que volvía, y los dioses eran invencibles.
    Esas narraciones señalan la causa de su sometimiento: no fue cobardía, sino un falso criterio el que los hizo resignados y pasivos; se equivocaron creyendo inmortales a los valientes... y se rindieron.
    Sufrieron las consecuencias, textualmente, en carne viva, y si no que lo digan esas quemadas que debían de dejar cicatriz honda para que fuera efectiva, en piel sana y tierna, con un dolor agudo al que me hace imaginar esta quemada artificial de 3 centímetros que dará molestias por varios días.
    El pensamiento de los españoles estaba igualmente equivocado: creían que los indios eran casi animales a los que había que domesticar para que les sirvieran.
    También ese criterio es difícil de justificar, cuando ellos veían sufrir a hombres y mujeres no sólo con su violencia física, sino emocionalmente, sufrir unos por otros, llorar por los heridos, los marcados a fuego y los muertos a quienes había amado.
    Eran tiempos de rudeza, sin duda, y se advierte pensar que unos y otros hayan tenido una resistencia especial contra el dolor, que su sistema nervioso fuera más fuerte y su sensibilidad más rústica para sentir con menos intensidad el sufrimiento; pero eso puede no ser una realidad.
    Lo que sí ha quedado en evidencia es el error de los nativos: tuvieron miedo para defenderse, al creer invencibles a sus adversarios: eso es ya historia antigua, y lo conveniente será revisar si en la actualidad no hay situaciones tanto personales como colectivas, parecidas a esas que llevan en sí la desventaja, para reconocerlas y evitarlas.
    En la condición personal de cada uno, subestimarse puede pasar con frecuencia, como es cuando alguien quiere pedir un empleo y no se atreve a hacerlo por temor al compromiso; cuando otro quiere estudiar y lo amedrenta la idea de no tener capacidad para hacerlo; cuando un falso criterio de importancia inclina hacia la tolerancia en un caso que requiere vigor; en fin, cuando el miedo y la equivocación nos llevan a actuar en forma distinta a la que debiera ser, para lograr lo mejor en una circunstancia que nos interesa en bien propio, o de otros, o de la comunidad.
    Un caso colectivo ha sido el abstencionismo en las elecciones oficiales, pues para la gente, no tenía caso hacerlo, sabiendo que ganaría "el amarrado"; sin embargo, el pueblo está despertando y además de rezongar, empieza a participar a fin de que las cosas sean de otro modo; se está aclarando cada vez más el concepto de sus derechos en equilibrio con sus deberes.
    En mayor apertura, ejemplo de cobardía infructuosa tiene muchos cada historia, pero como positivos no se pueden olvidar la monarquía de Francia abatida por la fuerza de un pueblo, ni la historia de México; ni se puede borrar como ejemplo contemporáneo el valor, la entereza y la seguridad de Gandhi, reconocido como Mahatma (alma grande) porque luchaba en pro de los derechos y la dignidad de su pueblo.
    Hay muchas causas justas por las cuales luchar, pero lo primero a combatir será nuestra propia desesperanza de no hacerlo por el criterio derrotista de no lograrlo: eso les pasó a los indios y esta quemada en mi brazo lo recuerda con dolor...