Se defiende titular de la Sedena en caso Tlatlaya
Mis amables lectores, esta colaboración la escribí en un diario de Guadalajara hace, en estas fechas, 15 años. La transcribo por el cumplimiento de las tres lustros.
El pasado domingo por la tarde, hube de dedicarme a un oficio insólito: quemar libros, y para mi mayor pesar, algunos de los más selectos y queridos por mí, tanto por la edición como por el autor y las obras.
No es desde luego que me esté volviendo piromaníaco, por el contrario siempre he respetado al fuego y no me complace ver arder ni a la ciudad, ni al bosque, tampoco a un libro, sin embargo en medio de mi tristeza por ver consumirse cuatro volúmenes de literatura clásica, me complacía castigar al causante de la infamia: las termitas que los carcomieron.
Ya en ocasiones anteriores, me había tocado ver archivos con documentos destruidos por estos depredadores de la selva de papel, pero nunca antes habían irrumpido en mi biblioteca. Ahora sé que estos voraces insectos no respetan a nada ni a nadie, pues acabaron con ediciones y autores preferidos, dos volúmenes fueron los que más me dolieron: las obras completas de William Shakespeare en la edición M. Aguilar de Madrid con traducción y notas de Luis Astrana Marín y La Divina Comedia de Dante Aligheri traducida por D. Cayetano Rosell e ilustrada por Gustavo Doré.
Los otros dos libros, eran de la edición Clásicos Jackson, que consta de 40 volúmenes, de los cuales el dos y el tres fueron devorados por los comejenes y lo que de ellos quedó, lo eché al fuego. El volumen II lo componían los Diálogos Socráticos y el III las Obras Filosóficas de Aristóteles.
Por lo selecto de las obras escogidas por las termitas, deben ser estos animalitos muy cultos, pues si yo devorara tales obras con el gusto y la rapidez con que dichos insectos lo hacen seguramente sería un hombre docto.
Este y otros pensamientos vagaban por mi mente mientras el fuego concluía la glotona labor destructora iniciada por los comejenes. El humo que despedían los textos hacía llorar mis ojos, pero por lo cariacontecido que me encontraba, cualquiera pensaría que las lágrimas no provenían del humo sino de tan lamentable pérdida; no por el costo de los volúmenes, ni siquiera por lo selecto de los autores ya que puedo reponerlos, pero lo que no puedo reponer es la individualidad de esos textos concretos, que compré con sacrificio en mi juventud y que leí con la entrega al autor que los jóvenes de entonces poníamos al leer los autores clásicos o románticos. Al ver consumirse los libros, revivía los gratos momentos de lectura que hacían tan amables las horas matinales de cada domingo mientras escuchaba a la vez música de Bach, de Beethoven o Mozart.
Cuando el fuego consumía La Divina Comedia, saltó de inmediato a mi mente el Canto Tercero y vi al Dante precedido de su guía, el poeta Virgilio, llegar al infierno en cuya puerta lee este estrujante texto:
"Por mí se llega a la ciudad del llanto; por mí a los reinos de la eterna pena,
y a los que sufren inmortal quebranto. Dictó mi autor su fallo justiciero,
y me creó con su poder divino, su supremo saber y amor primero,
y como no hay en mí fin ni mudanza, nada fue antes que yo sino lo eterno...
renunciad para siempre a la esperanza".
Al incorporarme de nuevo dejando atrás a tan dantesca imagen, me percaté que en mi pequeño averno, ya crepitaba el volumen de los Diálogos Socráticos; entonces recordé que el poeta florentino también condenó a Sócrates y a otros muy ilustres contemporáneos a sufrir la eterna pena.
Después siguió la consumación de las Tragedias de Shakespeare, y al abrirse el libro en una página de Hamlet, vi como las llamas terminaban con el festín voraz de las termitas y a recordar la tragedia del Príncipe de Dinamarca que jura venganza ante el fantasma de su padre asesinado, monté en cólera y me propuse vengar aquellos libros carcomidos, jurando ante la pira liquidar a todos los comejenes de mi biblioteca y proclamar "urbi et orbi" que las termitas son el enemigo número dos, el primero es la TV, de la cultura.
Pronto los textos fueron desapareciendo y seguí divagando, ahora pensé en que era yo quien mandaba al profeta Toscano a la quema, dándole una sopa de su propio chocolate, pues llegué al mundo mucho tiempo después que él, pero de haber llegado antes, no me hubiese mandado al infierno ya que sólo lo hizo con gente muy ilustre y no creo que por haber nacido en época diferente dejaría yo de ser menos mediocre o más relevante.
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