"Las casitas del barrio alto"

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28/11/2013 00:00

    Dicen que el na­cionalismo es una enfermedad que sólo se quita viajando. Gran verdad. Uno está convencido de las sin­gularidades de la "raza de bronce" y las idiosincrasias del México profundo, hasta que conoce a los argentinos de a pie, los colombianos que compran en el merca­do o a los brasileños en una playa popular.
    En un estadio de fútbol los regiomontanos se pare­cen más a los bilbaínos o los irlandeses -ambos apoyan a su equipo sin importar el resultado- que a los ta­patíos que abuchean a Las Chivas en el Omnilife.
    Viajar con oídos dispues­tos y mirada inédita, permi­te constatar que detrás de un acento o una peculiari­dad predomina la condición humana. Para verla, desde luego, hay que quitarse los filtros del cerebro y los cli­chés de la pupila.
    Viajar como lo hacen tantos norteamericanos en una burbuja que los lleva de Marriot en Marriot y de McDonald's en McDonald's no es viajar; tampoco lo es eso que hacen los japone­ses, para quienes el mundo no es más que una sucesión de postales a capturar des­de un tour de autobús.
    Viajar así no hace sino confirmar las imágenes preconcebidas de los que es México o Tombuctú. Albert Einstein lo dijo de manera categórica: "Es más fácil desintegrar el átomo que superar un prejuicio". La frase me vino a la men­te estos días viajando por Sudamérica para la pre­sentación de mi novela Los Corruptores.
    Conversar con libreros y pasar los días con perio­distas argentinos, colom­bianos o peruanos, permite entender que su vida está hecha de la misma sustan­cia que la nuestra.
    El cliché del argentino engreído y narciso no re­siste dos días de roce con el bonaerense de las calles.
    Prejuzgar que el perua­no sólo puede ser culto y aristócrata o indígena se­rrano y Cuasimodo, es tan falso como pensar que el mexicano es una versión de Speedy González.
    Hace unos días escribí un artículo sobre los usos y abusos de los prejuicios a propósito de la indignación que provocó la discrimina­ción de un funcionario de Aeroméxico en contra de pasajeros por su condición humilde y su apariencia indígena (no subieron al vuelo para el que traían boletos).
    Y es que el prejuicio no sólo impide ver, es mucho peor que eso; nos lleva a ver de manera equivocada y, en ese medida, propicia la reproducción incesante de desigualdades y discri­minaciones.
    En el artículo del do­mingo pasado (http://bit.ly/17Sh3LA) señalé que el cadenero que opera en la entrada de los antros de moda, recibe una consigna que bien podría resumirse de la siguiente manera: "No dejes entrar a nadie que se parezca a ti" (no con esas palabras, pero en la prácti­ca con ese significado). Es decir, nadie que sea more­no, de cara redonda y chata y parezca pobre.
    Ese güerito de cara afi­lada que deja pasar el cade­nero, que vive en Polanco o un barrio similar y asiste a reuniones donde todos se parecen a él, es como el ja­ponés o el norteamericano que viaja por el mundo sin salir de su país. Vive ence­rrado en su república de unos cuantos, prisionero de sus clichés.
    Para él y los suyos, los morenos suelen ser igno­rantes o maleantes en po­tencia, según sea el caso. Aunque la mayoría de las veces simplemente son considerados un detalle desagradable, salvo que se trate de la servidumbre. E incluso cuando es esto úl­timo, "la muchacha" debe viajar en el asiento de atrás del automóvil, no vayan los vecinos a creer que es ami­ga de la señora; o si la llevan de Nana a las vacaciones, la disfrazan para dejar en claro que no tiene nada que ver con la familia.
    Se me dirá que lo que acabo de describir es, a su vez, un cliché sobre los pre­juicios de las clases altas. Ojalá lo fuera. Sin duda hay innumerables excepciones, pero este patrón de compor­tamiento es dolorosamente reiterable en toda excursión a las casitas del barrio alto, como decía Víctor Jara.
    Romper prejuicios supo­ne salir de ese país de espe­jos en el que nos hemos en­cerrado. Prejuicios de clase, de raza o nacionalidad em­pobrecen vidas y provocan injusticias y sufrimientos que nacen de la incompren­sión mutua. Pero, sobre todo, empobrece nuestras vidas; lo dijo bien El Principito: "Sólo se ve bien con el cora­zón; lo esencial es invisible a los ojos".
    @jorgezepedaphttp://www.jorgezepeda.net