"Las tareas de la Ética en la vida de un hombre común"

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02/02/2013 00:00

    Éric Vega

    A media tarde, antes de iniciar una de las clases que imparto, recibí una llamada de mi hermana. La respiración entrecortada y el tono de su voz me anticiparon un mal augurio. Sus primeras palabras tenían la contundencia de un anuncio fatal: "Si todavía quieres ver consciente a mi papá, vente para Hermosillo". El resto de la conversación es fácil de inferir.
    Acompañadas por el desconcierto, un cúmulo de preguntas se agolparon en mi mente. Las más incisivas fueron aquéllas que me hablaban del sentido y fin de la vida, y muy particularmente, de esa forma de vida que podemos considerar como plena, realizada, feliz, y que los filósofos tienen a bien denominar la-vida-ética. Al hilo de la escena que dibujé en la imaginación, mientras duró la llamada telefónica, y ante la urgencia de ir a impartir mi clase, me pregunté: ¿Mi padre estará orgulloso con lo que ha hecho de su vida? ¿Puede dejar esta vida y "entregar el equipo" con una apariencia que raya en el límite de lo inservible, sólo porque su "equipo" ha dejado de servir, o dejará esta vida porque su "equipo" ha recibido un uso tal que ya no "da para más", trayéndole consigo un saldo a favor? ¿Qué papel ha venido jugando la Ética en el conjunto de su vida?
    Estoy casi seguro que mi padre nunca reflexionó sosegadamente sobre las formas en que la Ética, como corpus vital, encarnó en la rutina de su día a día. Sin embargo, de lo que sí estoy plenamente seguro es que buena parte de su vida la condujo, sin saberlo, a partir de lo que los filósofos morales, los eticistas, identifican como las claves para alcanzar una vida con "altura moral". Movido por los muchos recuerdos vivos que tengo de mi padre, hablaré de tres de las tareas básicas de la Ética en la vida del hombre común, es decir, de un hombre como mi padre y, por qué no decirlo, de un hombre tan común como yo.
    La primera función que tiene la Ética en nuestras vidas se relaciona con el dar cuenta del fenómeno moral. La Ética, como heredera de la Filosofía, tiene como propósito indagar sobre los fines, acciones y efectos del actuar humano que pueden ser considerados justos, buenos, autónomos, responsables o, por el contrario, injustos, irresponsables, malos o indignos del actuar humano. La segunda función busca fundamentar desde referentes morales nuestro actuar cotidiano. A través de esta segunda tarea, la Ética trata de proponer razones y principios que todos podamos compartir para lograr una vida libre, igualitaria, solidaria, respetuosa, responsable y feliz, en suma, justa, respetando, a la vez, los distintos proyectos de vida que confluyen en una sociedad liberal y democrática. La tercera función tiene como objetivo orientar la vida del hombre mediante la definición de criterios morales que sirvan como faro orientador, como una brújula moral en la toma de decisiones que nos lleven hacia ese destino que consideramos deseable, felicitante, justo, vivible, plenificante, en suma, humanamente bueno.
    Visto de este modo, estoy casi seguro que mi padre, a diferencia de los eticistas, no pensó en torno a la complejidad de los matices que hacen de lo justo, lo bueno y lo felicitante un horizonte de vida al cual, ética y legítimamente, todos podemos aspirar en las sociedades con democracia liberal. De los cimientos, afanes y despropósitos de las virtudes de la democracia liberal mi padre sabe poco. Sin embargo, y de ello soy testigo, he de decir que mi padre siempre actuó con la vista puesta en un horizonte donde había claridad sobre lo bueno, lo digno y lo felicitante, y a partir de dichas certezas, tal como sugieren quienes tienen por quehacer el filosofar, actuó en pos de lo que él consideró un deber alineado a lo justo. Ahora que lo pienso, regularmente actuó tratando de ayudar a todas aquellas personas que él pensaba habían sido presa de lo que alguna vez señaló como "el injusto infortunio". Tanto creyó en esto último que ahora que se le escapa la vida, y con la repentina llamada de mi hermana, me doy cuenta de que mi padre, de tanto vivir por los demás, nunca se dio tiempo de pensar en el día y la forma en que podría escapar de su propio infortunio.

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