JANNETH ALDECOA/ JOSÉ ALFREDO BELTRÁN
Como visitador asiduo de lugares, países, pueblos y ciudades, confieso que tengo debilidad, cuando llego a un nuevo lugar, por visitar los mercados municipales y los panteones.
Así satisfago la sensación de reconocer lo que comen las gentes de esos lugares visitados y divago un poco al conocer la filosofía que han plasmado en sus tumbas y panteones.
El 23 de octubre de 1994 me di un atracón, cuando leí un artículo magistralmente escrito, por el prelado Manuel Talamás Camandari: Monseñor Talamás lo tituló: "Escoja usted su epitafio".
Había en ese magnifico escrito para todos los gustos y todos los pensamientos. Por ejemplo: "Aquí yace Juan Pérez, que por su manera de vivir dejó el mundo mucho peor que como lo encontró al nacer"; este otro de despecho y desinterés: "Aquí yace Pedro Gómez, a quien más le valiera no haber nacido".
Un epitafio de recriminación y ofuscación es el que dedicó Jesucristo a Judas Iscariote, al anunciar su tremenda traición. El siguiente epitafio es de aclaración:
"No son muertos los que en dulce calma
la paz disfrazan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía".
El siguiente epitafio es de reflejo de la muerte y de la vida:
"Siempre distinguió entre vivir para quedar definitivamente muerto y
vivir para permanecer siempre eternamente vivo".
En el cementerio genovés se encuentra lo siguiente: "Para que al morir viviera, vivió como quien habría de morir".
"Nunca le llamó muerte a la muerte,
sino nacer a la vida eterna".
Otro por el mismo sentido:
"Jamás le tuvo miedo a la muerte,
porque la esperó como puerta hacia la eternidad".
Hago esta remembranza porque mi pueblo de nacimiento, Catemaco, con una población actual de cerca de 35 mil habitantes, fundado en 1774, con sus características de aquel tiempo, en la época prehispánica, el lugar estuvo habitado por los olmecas. Elevado a la categoría de ciudad el 9 de noviembre de 1966.
Pues bien, nacido a mediados del siglo 19, ahí vivió y prestó importantes servicios civiles, el señor Feliciano Lucho Lara, "Papá Chano" para los miembros de su numerosa familia.
Papá Chano fue en sus tiempos el jefe y constructor de una gran familia, por varias razones: fue el hombre más leído de su familia, probo, de buenos sentimientos y sumamente honesto.
Por esas fuertes y poderosas virtudes, fungió por mucho tiempo como juez, componente del Ayuntamiento del pueblo de Catemaco.
En su pobre casa, casi miserable vivienda, se encontraron viejos y voluminosos libracos que ojeaba con avidez y con demasiada frecuencia.
Sin duda, "Papá Chano", tenía conocimientos sobresalientes de filosofía, puesto que el epitafio que se encuentra en la entrada del único panteón municipal que hasta la fecha existe, lleva al calce su nombre y reza así:
¡Detente mortal!
Tu frente inclina,
Que el orgullo mundial,
Aquí termina.
Feliciano Lucho Lara.
Desde luego, breve y lacónico verso, pero que filosóficamente dice lo suficiente, lo que es la vida frente al mortal.
Se desconoce si el verso se ha encontrado en algún otro documento, avalando la misma tesis, pero la afición por las letras y su oficio de intelectual, fortalece la autoría, aunque se trate de un personaje de lo más humilde, siempre al servicio de los necesitados.
Yo tuve el privilegio de conocerlo, por desgracia ya en su lecho de muerte. Cuando ya no pudo caminar, quedó sujeto a un sillón de madera del que difícilmente se movía por iniciativa propia.
"Papá Chano" había perdido su independencia física y junto a esto también le faltaron las fuerzas para desempeñar sus demás facultades. De aquí pasó a descansar a un camastro.
Un día triste entró en estado de coma, con la vista perdida, se sabía que conservaba el aliento de vida porque cayó en un ronquido y en una respiración que a cada minuto perdía fuerza.
El ronquido se le fue apagando poco a poco, hasta quedar francamente en un débil latido, cada vez más lento, hasta que se apagó y con ello se iba el valor de quien fue un probo pero enérgico juez. Yo tendría a lo sumo unos cuatro años de edad, pero lo recuerdo con gran claridad.
Los Luchos, antes numerosos, con el pasar del tiempo fueron disminuyendo. Fue una gran familia que casados con otras personas de apellidos diferentes fueron disminuyendo.
En mi familia había varios parientes con el apellido Lucho, pero junto con las personas el apellido fue desapareciendo; igualmente pasó con el apellido Lara, del cual a mí ya no me tocó ni pizca.
En cambio, muchos de mis familiares cercanos o lejanos, eran Luchos, pues mi madre, que en paz descanse, se llamó Trinidad Jiménez Lucho. Nieta lejana pero en línea recta con el personaje de este artículo: don Feliciano Lucho Lara.
En este acercamiento familiar, a pesar de que ya no conocí en plenitud de vida a Papá Chano, yo considero que es mi abuelo materno, en línea recta en la que se han interpuesto unas cuatro generaciones.
La esposa de nuestro renombrado juez de Catemaco, fue una señora menudita, también muy modesta a quien la llamábamos Mamá Mena (probablemente se llamaba Epigmenia).
Si algo hay que recordar de esta trabajadora abuelita es que conservaba un espléndido jardín casero, el cual regaba con agua de un pozo de brocal, como muchos de esos tiempos.
Otro recuerdo vivo de este matrimonio, es que conservaban en el corredor de su casa una gran piedra labrada en la que se veía una esfinge de mujer.
La enorme piedra de forma ovoide tenía su base de piedra labrada. Cuando alguien preguntaba de donde habían traído esa enorme piedra, contestaban que de la isla de Agaltepec (isla que se encuentra en el lado oriente de Catemaco, a poca distancia del pueblo del mismo nombre).
Si se le preguntaba para que quería tal ídolo, contestaba con sorna que para engarzarlo en un fistol de una de sus corbatas.