"Los falsos dilemas del espinismo"

""
11/11/2007 00:00

    BELIZARIO REYES / SAÚL VALDEZ

    Manuel Espino se va, pero no por ello piensa dejar el camino libre a quién ha definido como sus adversarios. Con sus declaraciones, parecería que busca confundir. El dirigente nacional de los panistas piensa hacerle pagar caro a los autores de su debacle. Al escucharle o leerle, tal parece que Acción Nacional ha perdido a su Jefe Nacional.
    La actual dirigencia nacional del PAN le hace un flaco favor a la institución con sus declaraciones. Desde equiparar el contexto actual del partido con la posibilidad de transformarse en un partido de Estado, a la vieja usanza priista; de decir acosado y asediado al blanquiazul desde el poder, léase Los Pinos; o, lo más insensato aun, de querer disfrazar el debate actual en la vieja división entre doctrinarios y pragmáticos, haciéndose pasar él mismo como defensor de los principios.
    Acción Nacional no puede desvirtuarse en un partido de Estado, por la simple razón de que no se trata de un régimen de partido hegemónico. Durante décadas, la eficacia del binomio PRI-gobierno se construyó sobre la base una competencia electoral inequitativa.
    La ausencia de un marco electoral competitivo permitía al tricolor el control de todas y cada una de las posiciones del gobierno. Alcaldes, diputados, síndicos u, lo que fuera, se decidía en la administración en turno. Por si fuera poco, su influencia en la esfera gubernamental le permitía extralimitarse a otros ámbitos de acción, como la libertad de prensa y los negocios. La oposición era testimonial, es decir, estaba divorciada de las instituciones del Estado. El poder le era totalmente ajeno.
    En el México contemporáneo, se antoja "un poco" difícil que cualquier partido tenga la capacidad de ejercer el poder de un partido de Estado. Tratándose de Acción Nacional, la ecuación resulta menos que fantasiosa, pues este partido no domina el poder legislativo, cuenta a penas con un tercio de las gubernaturas del territorio nacional, esta lejos de controlar a la prensa y la oposición es todo, menos testimonial.
    ¿Qué de raro tiene que el partido se acerque al gobierno emanado de sus propias filas? En las democracias occidentales, las llamadas democracias consolidadas, nada. Lo que es más, el apoyo jamás le será regateado al jefe del Ejecutivo, por una simple razón: el destino de la institución va de la mano del desempeño gubernamental. Extraño es que su propio partido arrincone al Jefe de Gobierno o de Estado, empujándole a los brazos de la oposición.
    El Presidente Felipe Calderón comprendió desde el inicio de su mandato lo que al ex Presidente Vicente Fox le tomó cinco años. El partido no es suficiente para gobernar, pero si es la condición necesaria para darle viabilidad a su gobierno. El pobre apoyo recibido de parte de su propio partido, así como las fulgurantes críticas de éste hacia las acciones o discursos del presidente, terminaron por complicar aun más la posibilidad de cualquier reforma (haya sido o no estructural) y hasta la viabilidad misma de la administración foxista. Lo extraño es encontrar a estas alturas dirigentes que todavía no entienden que la fuerza de la institución descansa en los resultados que éste entregue a la ciudadanía.
    El presidente se va, el partido permanece ; Fox ya se fue y algunos panistas aun se resisten a entender. No es una cuestión de principios, sino de eficacia gubernamental.
    Finalmente, las diferencias al interior de la organización son falsamente presentadas como una división entre pragmáticos y doctrinarios. No es la forma de combatir al régimen lo que está a discusión, es la manera de reconocerse panistas desde el poder. El dilema entre hacer política desde el santuario o desde el ámbito electoral es cosa del pasado.
    Es la idea de entender, administrar y ejercer el poder lo que urge transformar; al panismo le urge reinventarse. Si de relevo generacional se trata, la conceptualización de una militancia martirizada en la oposición debe abrirle paso al militante con sentido de responsabilidad gubernamental.
    La serie de derrotas electorales acumuladas a lo largo y ancho del territorio nacional ameritan una reflexión profunda. Los focos rojos lo son para la dirigencia nacional, así como para el grueso de la militancia. Que le vaya bien a la actual administración es benéfico en primera instancia para México, después para la institución y, en último lugar, lo será también para Felipe Calderón. En estos términos, el partido esta obligado a hacerse responsable de las derrotas y de las victorias de sus candidatos. Cualquier confusión será producto de la incomprensión de su circunstancia o, pero aun, de no querer asumirla.
    Que escuchen los aludidos.
    Que así sea.

    juanalfonsomejia@hotmail.com