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"Reflexiones"

"Los límites de la casualidad y la causalidad"

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31/01/2015 00:00

    Héctor Tomás Jiménez

    Los seres humanos vamos por la vida viviendo cada uno de los sucesos y acontecimientos que se nos van presentando, y asimismo orientando nuestros anhelos muchas veces en algo que deseamos fervientemente y para lo cual planeamos cada una de nuestras acciones. Esto es, planeamos nuestra vida tomando en cuenta lo que queremos y deseamos, sin perder de vista que muchas cosas no son factibles y las vamos dejando al azar o a la suerte, lo que significa que definimos y marcamos la ruta de nuestro destino dentro de los límites de lo posible y lo deseable. En este escenario, nos vamos dando cuenta de nos movemos dentro de la causalidad y de la casualidad. Algunos afirman que la casualidad no existe y que todo es producto de un orden preestablecido por Dios, sin embargo, habría que decirlo, ambos conceptos son de naturaleza diferente y por lo mismo, son definibles y por lo tanto existentes. Veamos: el vocablo casualidad es un sustantivo femenino que significa "combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar y que caracteriza a los acontecimientos imprevistos".
    Bajo esta definición, podemos ver que es un suceso inesperado y por lo tanto fortuito, cuyas circunstancias no se pueden prever con anterioridad. En cambio, el término causalidad es también un sustantivo femenino que significa "relación o vinculación entre una causa conocida y su efecto o resultado derivado de la causa". Filosóficamente hablando, es una ley en virtud de la cual se producen efectos.
    Podemos ver pues que ambos conceptos son diferentes y que en nuestra vida se nos presentan tanto sucesos no previstos como acontecimientos planeados de manera previa. Lo que entonces es importante analizar y detenernos a pensar es saber identificar cuando son una cosa y cuando son otra cosa, y por lo mismo, entender que habrá siempre cosas o sucesos que pasan por nuestra vida y que tienen un origen distinto y distante a nosotros sobre el cual o los cuales no tenemos influencia alguna, pero que sin embargo, dependerá de nosotros vivirlas de acuerdo al cuidado y la atención que queramos prestarles.
    Algunas veces nos suceden cosas que nos parecen dolorosas e injustas y por lo mismo inexplicables a nuestros sentido lógico y racional, sin embargo, si nos ponemos a ver estas cosas con los ojos del corazón y la espiritualidad y entendiendo que todos, absolutamente todos, estamos sujetos a un orden preestablecido por Dios, asunto de fe, entendemos que éstas llegan a nosotros con el fin de darnos cuenta de todo nuestro potencial y nuestra fuerza interna. ¡Entonces le encontramos sentido a las cosas!
    Hay una bella historia que nos da una buena lección sobre estos conceptos. La historia dice así: "Un granjero tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. La gente le decía: -¡Qué buena suerte tienes por tener un caballo y que mala suerte tenemos nosotros por no tenerlo! Un día el caballo escapó del corral hasta la llanura y cuando los vecinos se acercaron para condolerse por su mala suerte y lamentar su desgracia, el granjero replicó: -¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe! Yo no sé. Los vecinos se alejaron sin entender lo que quiso decir.
    "Pasada una semana, el caballo regresó hambriento de las llanuras trayendo consigo cuatro caballos salvajes, que se metieron al corral del granjero. Claro está que los vecinos fueron a felicitarlo. -¡Amigo, nos equivocamos, pues en realidad qué buena suerte que se haya ido el caballo pues regresó acompañado por cuatro más. El granjero respondió de nuevo: -¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe! Yo no lo sé. Los vecinos seguían sin entender.
    "En el transcurso de esa semana, el hijo del granjero intentó domesticar a uno de los caballos salvajes, éste lo aventó al aire y al caer se rompió ambas piernas. Claro está que todo el pueblo consideró el hecho como una desgracia. Sin embargo, el granjero dijo una vez más: -¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe! Yo no sé.
    "Unos días más tarde, llegó el Ejército a reclutar a todos los jóvenes porque el país se había declarado la guerra. Al ver al hijo del granjero con las piernas rotas no lo llamaron. Perdónanos -dijeron los vecinos-, bendito el caballo salvaje que le rompió las piernas a tu hijo. El granjero expresó lo mismo: -¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe! Yo no sé, sólo puedo decir que tuve un caballo, lo perdí; regresó con cuatro más y tuve cinco; mi hijo se rompió las dos piernas y no pudo ir a la guerra por esa razón, pero, no sé si es buena suerte o mala suerte, sólo sé que así sucedió en mi vida. Los vecinos se quedaron igual, sin entender absolutamente nada" (Fin de la historia).