"Los valores no deben confundirse con la moral, pues los valores son eternos y universales"
Héctor Tomás Jiménez
¿Hacia dónde vamos con nuestros valores sociales de convivencia?
Hacer referencia a valores sociales de convivencia es establecer los parámetros entre los cuales, las instancias que conforman la sociedad, como son la familia, la escuela, el gobierno, los medios de comunicación entre otros, deben integrar los esfuerzos individuales para la consecución del bienestar común.
Estos valores surgen de manera espontánea al ir identificando el comportamiento de las personas con las que sin desconocer nuestra individualidad compartimos aspectos culturales en común, es decir un mismo idioma, una misma concepción cosmogónica y una serie de valores y acuerdos mínimos de convivencia que algunos han decidido llamar el contrato social.
Al identificar los aspectos que tenemos en común con quienes nos rodean se produce la sensación de confianza y seguridad que luego se traducen en pertenencia y fraternidad, aspectos fundamentales de la convivencia colectiva.
Existe una diferencia entre valores individuales y valores colectivos, incluyendo en los primeros aquellas actitudes y conductas autoimpuestas que nos brindan satisfacciones más personales que beneficios colectivos; se incluyen en estos la solidaridad, la fraternidad, la compasión, la lealtad, la sinceridad, la humildad, entre otros.
Los segundos son actitudes y conductas ya sean estas impuestas por alguna normativa o no, que tienen más que ver con nuestras relaciones con los demás y por lo tanto garantizan una mejor relación con quienes nos rodean; podemos mencionar aquí la tolerancia, el civismo, la honestidad, la honradez, la igualdad, la justicia, la libertad entre otros.
La responsabilidad de inculcar valores radica fundamentalmente en la institución responsable de la formación de las personas: la familia y esta a su vez, es generalmente apoyada en esta función por otras instituciones establecidas en la sociedad, como es el caso de las iglesias en lo que respecta a los valores espirituales, y a las escuelas y otros centros educativos en el caso de los valores individuales y colectivos.
Los valores no deben confundirse con la moral, pues los valores son eternos y universales, particularmente aquellos inherentes a nuestra condición humana, como ser el respeto a la vida, en tanto que la moral nos da pautas para la vida cotidiana a través de juicios relativos al bien y el mal, y se aplican de manera personal según nuestras ideas y apreciaciones de cómo debe ser nuestra conducta y la de otros.
Toda sociedad debe adoptar un contrato social para garantizar la pacífica convivencia de sus ciudadanos, sea este un contrato formalmente escrito y convenido a través de instituciones democráticas o una serie de normas definidas exclusivamente por la costumbre y por los derechos inherentes a nuestra condición humana. Es, además, un instrumento que debe garantizar un grado mínimo de cohesión social a todos los ciudadanos.
No podemos perder de vista que para implementar dicho contrato social es necesario clarificar todo tipo de situaciones que puedan traducirse como una especie de confusión del instinto social que nos distingue como humanos, ya que ante la necesidad de competir con todo aquel que nos rodea, por alcanzar las pocas oportunidades que se dan en un país en desarrollo, nuestro instinto de supervivencia nos lleva a obviar algunos valores y principios básicos establecidos en nuestro contrato social y en el peor de los casos a desconocer derechos inherentes a nuestra humanidad.
De no establecer reglas claras en nuestras relaciones sociales y obviamente seguirlas al pie de la letra, estaremos perdiendo la sensación de pertenencia a un grupo social que vela por garantizar el bienestar común y la seguridad que esta pertenencia brinda; la solidaridad, la fraternidad y más preocupante aún la confianza en quienes nos rodean.
Cada vez más podemos sentir la fragmentación de la sociedad, particularmente en las poblaciones urbanas donde la mayoría de las personas ha buscado como refugio a organizaciones alternativas que les brindan esos aspectos en común que le permiten recuperar su sentido de pertenencia y confianza en otros, como son las iglesias, las empresas, u otras organizaciones sociales, que propugnan por una sobrevivencia y retorno de los valores que nos permitían recuperar la cohesión social como ciudadanos productivos frente a una crisis de valores y principios.
Es inevitable que en la situación de crisis de valores en que nos encontramos y dado el nivel de fragmentación social que se ha provocado en Sinaloa y Culiacán, las alternativas de colectividad lleguen a confundir aspectos meramente circunstanciales que les diferencian, viendo estos como amenazas a los sistemas de valores establecidos por sus propias organizaciones, lo que inevitablemente resulta en competencias y conflictos moralistas por definir quién tiene la razón, o al menos, más razón en el tema de valores.
¿Y usted, qué opina?
JM Desde la Universidad de San Miguel.
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