"Más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece. Y ello se aplica perfectamente al Partido Revolucionario Institucional, quien sigue gobernando en 17 estados de la república."
Saúl Valdez / Fernanda González
La elección interna de ayer domingo donde poco más de 17 mil consejeros votaron para nombrar presidente nacional y secretario general del PRI, puso otra vez a prueba la capacidad de ese partido para renovar su dirigencia nacional, por segunda ocasión tras haber perdido la Presidencia de la República en el año 2000, sin resquebrajarse ante la miríada de grupos y corrientes que lo conforman, cuyos intereses no pocas veces chocan entre sí.
Beatriz Paredes y su compañero de fórmula, Jesús Murillo Karam, vencieron con holgura a Enrique Jackson y Sara Latiffe, sus principales oponentes, quienes reconocieron ayer por la tarde, sin aspavientos, su derrota, no obstante algunas acusaciones sobre irregularidades menores que se dieron durante la jornada electoral y antes de ella.
Sin duda pesó en el ánimo de la mayoría de los consejeros nacionales priistas que votaron por Paredes, la amistad que Enrique Jackson profesa a Elba Esther Gordillo, acusada justamente de traición al PRI por su alianza con el Presidente Fox, primero, y con el Presidente Calderón después (cobrándole a éste una onerosa factura por contribuir decisivamente a su victoria).
Semejante amistad, reconocida por Jackson, abría la posibilidad de que la cacique nacional del SNTE siguiera mangoneando el PRI, en beneficio del PAN y Calderón, manteniendo bajo control su agonía política, administrándola convenientemente conforme a sus intereses corporativos.
Jackson no pudo sacudirse el estigma de ser un candidato a la presidencia nacional del PRI, con el padrinazgo de Gordillo y el beneplácito del Presidente Felipe Calderón. En sentido inverso a esa política de alianzas, Beatriz Paredes planteó la posibilidad de hacer alianzas electorales con el PRD, respondiendo así a un perfil más claramente opositor de centro-izquierda.
Pese al tiempo transcurrido desde que perdió la Presidencia de la República, el PRI no ha logrado asimilar aún totalmente su orfandad. Habituado a la subcultura del "dedazo" irradiada por el presidencialismo autoritario característico de una época, la variopinta clase política priista sigue anhelando un liderazgo "sustituto" capaz de evitar que las fuerzas centrífugas revienten la unidad partidista, de suyo amenazada por el desgarramiento crónico que trae el nombramiento de candidatos a cargos de elección popular conforme al abigarrado e incesante calendario electoral mexicano (de ahí el interminable trasiego de precandidatos priístas derrotados hacia el PRD, fundamentalmente, pero también en menor medida hacia al PAN, constituyéndose un mercado electoral donde los prospectos a candidaturas importantes, súbitamente ex priistas, rechazan o aceptan ofertas del mejor postor).
No podemos dejar de subrayar que en la elección interna del 18 de febrero, el fenómeno de la cargada, tan caro al viejo PRI, estuvo presente en provecho de Beatriz Paredes, mediante el concurso de la mayoría de los 17 gobernadores priístas en funciones, si bien guardando proporción con las del pasado, semejante a estampida de búfalos.
A fin de cuentas nuestra transición política del autoritarismo a la democracia no se entiende sin el desgranamiento periódico del otrora partido gobernante, quien por obvias razones concentraba (y aún concentra pero en menor medida), lo más granado del personal político en circulación y ejercía un "irresistible" influjo sobre el resto del espectro político.
Mientras el PRI mantuvo la Presidencia de la República, fue posible que los descontentos con las candidaturas prohijadas desde Los Pinos fuesen recompensados por su "disciplina". La proverbial operación "cicatriz" para preservar la unidad era exitosa; tenía pleno sentido.
Hoy, en cambio, los premios de consolación son pocos y de baja monta, creándose, por ello, una permanente tensión entre los principales grupos priistas en disputa por la franquicia electoral. La amenaza de un magno cisma en el ex partido oficial es permanente.
No obstante, más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece. Y ello se aplica perfectamente al PRI, quien sigue gobernando en 17 estados, conserva la mayoría de presidencias municipales y diputados locales del país, siendo segunda fuerza en el Senado y tercera en la Cámara de Diputados federal.
De suerte que, pese a reducirse el tamaño del pastel priista a repartir, éste sigue siendo lo suficientemente grande todavía como para lubricar la unidad del partido. Con la esperanza, claro está, de tornarlo tan grande como fue reconquistando, acaso, en 2012 la Presidencia de la República. Hipótesis, sin embargo, poco probable si la polarización PAN-PRD continúa.
Bajo el liderazgo de Beatriz Paredes, una síntesis de lo viejo y lo nuevo, el PRI intentará recobrar su identidad perdida al amparo del virtual pacto no escrito de cogobernabilidad que ha tenido con el PAN desde 1989, cuando el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari despejó los escollos para el arribo de ese partido al poder 11 años después.
La sobresaliente formación intelectual de la virtual nueva presidenta nacional del PRI, dará oportunidad al PRI de afinar su discurso tomando en cuenta las nuevas circunstancias del país y el mundo. Tanto Leonel Cota Montaño, presidente del PRD, como Manuel Espino, presidente del PAN, tendrán en Paredes una adversaria formidable cuya articulación verbal los supera.
No podemos, empero, obviar que muy difícilmente un liderazgo ilustrado, con "ideas", puede hacer el milagro de revertir en el PRI su tendencia histórica al deterioro electoral y la ruptura interna. Se necesitan más que formación intelectual para enderezar la barca priista. Se requiere un liderazgo político-moral superior, incuestionable, que inyecte renovado vigor a una militancia alicaída, burocratizada, escéptica, necesarios para una auténtica renovación partidista.
Si bien Paredes es mucho mejor que Jackson, un político con poco qué decir y tieso, no representa un liderazgo providencial que devolverá al PRI su perfil victorioso de antaño. Se hará, por tanto, vino nuevo en odres viejos.
El PRI seguirá siendo un partido proveedor de candidatos para otros partidos, sin dejar de fungir como partido bisagra para abrir las puertas a los grandes acuerdos nacionales. Es evidente, sin embargo, que su unidad orgánica seguirá prendida de alfileres.
Es factible que las luchas intestinas en el PRD y el PRI se combinen para crear una nueva política de alianzas que potencie la oposición al Gobierno panista de Felipe Calderón.
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