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"Idealismo asesino"

"Mis experiencias en la Hungría comunista, donde viví hasta los 24 años, tuvieron un impacto duradero en mi vida y en mi trabajo"

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07/11/2009 00:00

    Paul Hollander

    El Muro de Berlín que cayó este mes hace 20 años era el símbolo por excelencia del comunismo.
    Era sólo el segmento más visible de un amplio sistema de obstáculos y fortificaciones: la cortina de hierro, que se extendía por miles de kilómetros de la frontera de la "Mancomunidad Socialista".
    Yo fui uno de los que lograron cruzar dichos obstáculos en noviembre de 1956, cuando fueron temporalmente desmantelados a lo largo de la frontera austro-húngara.
    Mis experiencias en la Hungría comunista, donde viví hasta los 24 años, tuvieron un impacto duradero en mi vida y en mi trabajo.
    Si bien estaban muy interesados en el comunismo a fines de los 40 y principios de los 50, los estadounidenses, hostiles o simpatizantes, sabían muy poco acerca de dicho sistema, y poco se comenta hoy sobre el desmoronamiento del imperio soviético.
    La fugaz atención de la prensa a los importantes eventos de finales de los 80 y principios de los 90 igualó a su previa indiferencia frente a los sistemas comunistas.
    Hay poco conocimiento público de las atrocidades a gran escala, de los asesinatos y de las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron en los estados comunistas, especialmente cuando se les compara con el conocimiento público del Holocausto y el nazismo.
    Las respuestas morales distintas al nazismo y al comunismo en Occidente pueden interpretarse como el resultado de que las atrocidades comunistas son percibidas como efectos secundarios de intenciones nobles, que tuvieron dificultades en materializarse sin recurrir a medidas drásticas.
    En contraste, las atrocidades nazis son vistas como la maldad pura y no son respaldadas por una ideología atractiva.
    Los sistemas comunistas variaban desde la pequeña Albania hasta la gigantesca China, desde los industrializados países de Europa del este hasta naciones subdesarrolladas de África.
    Si bien eran diferentes, todos tenían en común la confianza en el marxismo-leninismo como su fuente de legitimidad, el sistema de partido único, el control sobre la economía y la prensa, y la presencia de una enorme fuerza policial política.
    También compartían un supuesto compromiso por la creación de un ser humano moralmente superior, el hombre socialista o comunista.
    La violencia política bajo el comunismo tuvo un origen idealista y un objetivo purificador.
    Aquellos perseguidos y asesinados eran definidos política y moralmente como corruptos y como un peligro para un sistema social superior.
    Luego de la caída del comunismo soviético, muchos intelectuales occidentales continúan convencidos de que el capitalismo es la raíz de todos los males.
    Ha habido una larga tradición de dicho rencor entre intelectuales occidentales que le dieron el beneficio de la duda, o simpatizaron abiertamente con sistemas políticos que denunciaron la búsqueda del lucro y proclamaron su compromiso con la creación de una sociedad más humana e igualitaria, y con seres humanos que no fueran egoístas.
    El fracaso de los sistemas comunistas en mejorar la naturaleza humana no significa que cualquier intento por hacerlo está condenado, sino que tales mejoras serán modestas y difícilmente serán alcanzadas mediante la coerción.
    El comunismo soviético colapsó por muchas razones, incluyendo la ineficiencia económica que resultó en la escasez crónica de comida y de productos de consumo, y la predominante y falsa propaganda, la cual equivalía a la rutinaria distorsión de la realidad resaltando la brecha entre la teoría y la práctica, y entre la promesa y el cumplimiento de ésta.
    La voluntad política de los líderes detrás de la cortina de hierro decayó a lo largo del tiempo, debido en parte a las revelaciones de 1956 de Nikita Krushev acerca de los crímenes de Joseph Stalin pero también producto de sus experiencias propias con los fallos en el sistema.
    Ya no tenían la voluntad para destruir a aquellos que disentían. En los 80, Mikhail Gorbachev permitió que se hicieran públicas nuevas revelaciones acerca de los errores y maldades del comunismo, socavando aún más la legitimidad del mandato comunista.
    El fracaso del comunismo soviético confirma que los humanos motivados por nobles ideales son capaces de infligir un terrible sufrimiento con una conciencia limpia. Pero también sugiere que bajo ciertas condiciones la gente puede diferenciar entre el bien y el mal.
    La adherencia y el rechazo al comunismo corresponden al espectro de actitudes, desde el idealismo engañoso y destructivo hasta la comprensión de que la naturaleza humana excluye los arreglos sociales utópicos, y que el balance cuidadoso de fines y medios es precondición esencial para crear y preservar una sociedad decente.

    *Profesor emérito de sociología en la Universidad de Massachussets en Amherst
    www.elcato.org