Martha Araujo
Cuando el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética logró colocar en órbita al Sputnik 1, comenzó oficialmente la carrera espacial. Desde entonces han habido centenares de artefactos lanzados al espacio, muchos de ellos con funciones exploratorias, otros, como los satélites, desempeñando tareas de comunicación, y los demás con claros propósitos militares.
El sábado 4 de agosto la NASA (National Aeronautics and Space Administration), desde Cabo Cañaveral, en la Florida, envió a Marte un nuevo aparato, el Phoenix Mars Lander, cuya travesía de 679 millones de kilómetros se prolongará hasta el 25 de mayo del año entrante, cuando se espera que amartice en el polo norte de nuestro vecino, el planeta rojo.
De tener éxito, ésta será la sexta misión marciana que logre enviar a la Tierra datos sobre las características del planeta del Sistema Solar más parecido al nuestro. Sólo cinco de las 15 anteriores naves espaciales encaminadas a Marte han llegado exitosamente a su destino.
Es más, el Mars Lander se llama Phoenix (Ave Fénix) debido a que en su lanzamiento se utilizaron propulsores de una misión fallida que, si bien logró descender en Marte en 1999, acto seguido perdió toda comunicación con el centro de control.
El Lander, cuyo costo total es de 420 millones de dólares, deberá recoger hielo y tierra (¿así llamarán nuestro vecinos al suelo que pisan?), meterlos en un horno y luego en una licuadora, para después buscar componentes orgánicos, que son el principio de la vida.
¿Por qué buscamos vida en Marte? ¿Será porque aún sospechamos que tenemos o tuvimos ahí parientes cercanos? ¿O porque queremos asegurarnos de que podremos mudarnos de planeta si el nuestro, de plano, se convierte en un territorio inhabitable?
Hace 50 años los seres humanos considerábamos nuestras opciones de manera muy diferente a como las imaginamos hoy. En primer lugar, cinco décadas atrás muy pocos pensaban que llegaría el día en que destruiríamos a nuestro planeta, y en segundo, que fuera posible emigrar a otro para sobrevivir.
Pero ahora, ya bien entrado el tercer milenio, ambas cosas son no sólo posibles, sino muy probables.
De hecho, recientemente han habido científicos que nos advierten de la urgente necesidad de diseñar una estrategia de evacuación. Estamos en una carrera contra el reloj, como señaló el año pasado el doctor Stephen Hawking, profesor de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, el más renombrado cosmólogo vivo.
El profesor Hawking, quien está confinado a una silla de ruedas y se comunica mediante un sintetizador de voz debido a que padece de esclerosis lateral, una enfermedad que produce atrofia muscular severa, señaló entonces que el ser humano tiene que dejar el planeta tierra cuanto antes, y predijo que en un par de décadas podríamos programarnos para operar en más de tres dimensiones de espacio y una de tiempo.
Mientras tanto, hay que ir haciendo las maletas. Bueno, hay prisa, pero no tanta. Pero, eso sí, deberíamos advertir a nuestros nietos que quizás ellos, si desean que la especie humana no se extinga, tendrán algún día que partir.
*El autor es integrante del Consejo Consultivo del Instituto de los Mexicanos en el Exterior (CC-IME).
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