CÉSAR LÓPEZ
No sé qué otro poder puede tener un hombre como Kamel, además del dinero.
Tampoco sé cómo es que un hombre de apariencia tan tenebrosa, de habla tan patológicamente agresiva, de relaciones tan perversas y negocios con hombres que inclinan su preferencia sexual sobre menores, pudo pasar desapercibido tanto tiempo.
De pasada debemos decir que esta inclinación de la sexualidad adulta por los menores de edad es obviamente un síntoma de impotencia. La relación asimétrica con infantes permite al adulto tener un control que no lo puede tener con sus iguales por su propia autopercepción empequeñecida.
El caso es que el problema de la perversión sicosexual no se queda ahí y algunas veces se expande hasta ser criminal y político-económico, no solo individual, sino socialmente, cuando los actos pasan de ser aislados eventos aleatorios a ser una organización de lucro.
No sería lo mismo, por ejemplo, el caso de una servidora sexual aislada, que el de una organización nacional de la prostitución con ramas en la industria textil y en la generación masiva e instantánea de empleos como maquiladora y conexiones con políticos de alto nivel ejecutivo o legislativo a quienes se les hace agua la boca por participar de las ganancias políticas y económicas del consorcio.
O sea, el motivo de toda corrupción es, en última instancia, el poder y el dinero.
Podemos escandalizarnos con la idea de que un sujeto tan terriblemente trastornado y decadente como Kamel pueda tener no digamos un contacto cualquiera, sino un trato tan asquerosamente íntimo con algún representante en nuestras tan defendidas instituciones, carajo; pero no nos importa qué tan negra historia política tenga el representante corrupto cómplice o encubridor.
La pregunta persiste: ¿cómo puede una representación social, empresarial, política o religiosa permitirse siquiera este tipo de relación; y menos solapar u ocultar tales nauseabundos delitos? ¿Y cómo es que todos los demás lo toleramos como si fuera "normal"?
¿No siente usted como que nos corrompen a todos, que nos embarran la piel de sus pinches perversiones (que no se pueden lavar con jabón) cuando nos quedamos callados, o cuando nos volteamos para otro lado, o cuando solo nos persignamos diciendo "Qué barbaros, no"? ¿O peor aún, cuando decimos que "Ni modo, así es la política, así son los negocios"?
Disculpe usted, hay cosas con las que nos es materialmente imposible ser objetivos y neutrales.
Cuando leí este texto ayer en la mañana en Línea Directa, causó una extraña reacción entre algunas personas. Las llamadas llegaron afortunadamente balanceadas y las que me felicitaron empataron (por medio por ciento) a las que reclamaron mi "lenguaje soez".
Pido perdón (como el Papa a los islamitas) por haber usado palabras tan terribles, como la que significa "ayudante de cocina", que los niños conocen desde tercero de primaria. No debí usarla para expresar mi repulsión por este tipo de sujetos podridos del alma, en eso tienen toda la razón y punto.
Pero la reacción resulta ser la prueba de la equívoca moral social aludida.
La indignación cayó sobre una palabra (la menos "mala palabra" de todas las que hay) y no sobre el objeto del artículo, que es la degradación moral de una sociedad apática que permite el abuso de sus niños a oscuras.
Pensándolo bien... Y, como dice la "punch line" del cuento brasileiro: "Sí, a os curas, a os militaires, a os reyeis da mezcrilla, a os gober peciosinhos..."
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