"Qué equivocado estuvo José López Portillo y Pacheco cuando dio aquel grito en la tribuna del Congreso de la Unión ante el boato del servilismo de políticos priistas,"
PREMIO
Qué equivocado estuvo José López Portillo y Pacheco cuando dio aquel grito en la tribuna del Congreso de la Unión ante el boato del servilismo de políticos priistas, empresarios, políticos de oposición, representantes de la curia y cuerpo diplomático que servían de comparsa circense en lo que la historia conoció como el informe del estado que guarda la nación, que cada 1 de septiembre con precisión cronológica se daba, y ante los 6 micrófonos dijo: "Ya nos saquearon, ya no nos volverán a saquear".
Y los aplausos, puestos de pie los asistentes, regodeaban el ego del político corrupto que por dentro se reía de México y de los mexicanos.
Pero el tiempo pasó y nuevos malinches egresados o no de universidades, en grupos políticos disfrazados de servidores del pueblo, integrantes familiares de encumbrados burócratas siguen saqueando el dinero del pueblo que por la vía fiscal el gobierno recauda para aplicarlos a solucionar la problemática natural de una sociedad que además de harta no le queda otra que expresar con el dicho campirano "con estos bueyes aramos" al no llegar políticos menos corruptos y en algo comprometidos con México y su futuro, sin saber sin son del PAN o del PRI o del PRD o de los llamados partidos chicos.
Ahora que se dan a conocer los destinos que los fondos del programa federal Procampo han tenido, afloran listas con nombres de funcionarios actuales y del pasado, hermanos, y agricultores de elite que han recibido cuantiosas cantidades de ese dinero que es de todos y que han enriquecido aun mas, mucho más, a estos mexicanos de excepción.
Excepción que no es producto por contribuir a la competitividad del campo mexicano, sino por que son la excepción para que se confirme la regla: el campo mexicano ha estado en crisis porque el Gobierno lo tiene en crisis y las ayudas prometidas ahora se sabe a donde han ido a quedar.
Los nombres no mienten el parentesco y tampoco les da vergüenza a funcionarios de gobiernos estatales, diputados y otros integrantes de esa ralea que es la familia política mexicana de cualquier partido de cualquier estado.
Pobre el gritón y llorón en el Congreso. Aquel que cínicamente pidió perdón a los pobres que en aquel entonces eran mucho menos que ahora.
Cuan mal le hacen quedar sus propios partidarios priistas y los otros beneficiados del Procampo.
Y todavía desde sus brilloso escritorios, los encargados de la política agropecuaria hablan de precios de garantía, de incrementos a los precios de compra por los altos costos para producir.
Costos que sólo reflejan la incompetencia e inoperancia de sus sistemas de producción los cuales al final serán premiados con dinero público, como lo fue el rescate bancario y el carretero. Actividades que otros países serían equiparables a fraude.
Pero, ¿pues quién y ante quién se puede ejercer una acción resarcitoria de dichos fondos que desde el periodo de Zedillo se estuvo entregando?
Si son ellos mismos juez y parte, y peor ahora que regresan los mismos a los cargos que de ninguna manera debieran de volver a ocupar muchos de ellos. Cargos giratorios que ya no tienen peso ni autoridad moral y todavía se ufanan. Aquella frase de "pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos", podría en un sentido moderno modificarse por "pobre México tan lejos de Dios y con esos partidos y esos políticos".
Difícil en verdad implementar programas de verdadero soporte y apoyo al progreso no nada más del campo mexicano, tal vez como dijo aquel Secretario de Estado Óscar Brauer, que sólo está preparado para votar y no para producir, sino de la actividad industrial, las Pymes, la tan demeritada educación de la niñez mexicana, y los programas de salud en donde lo que se vive hoy es sin duda el resultado de políticas públicas que se han venido deteriorando bajo el mismo "patrón" de deterioro que afectó al Procampo y el cual en estos días conocimos.
Que les aproveche el alto grado de ignorancia e indiferencia que tiene la población mexicana, que lo mismo olvida un fracaso de su selección de fútbol para volver a creer en lo que le dicen las televisoras al torneo siguiente, que una campaña política de políticos corruptos e insensibles a la necesidad de los grupos sociales, para volver a la siguiente a confiar en los mismos que han fallado, para volver al desencanto. Esa virtud solo un pueblo la tiene en el planeta y se llama México.
Y la bandera no regresa a su asta monumental en la confluencia del Tamazula y el Humaya.
¿Qué esperará quien tiene la obligación de hacerla ondear para decidir regresarle a Culiacán lo que le pertenece? Van dos semanas transcurridas de mi señalamiento. A ver hasta cuándo.