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"Plaza pública"

"Si a todos aterró la posibilidad de que una instrucción mal dada, o mal transmitida, o un accidente desencadenara una guerra que sería el final del género humano, hoy ese riesgo es mucho mayor."

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07/08/2005 00:00

    Gestionan

    La bomba, 60 años después El 6 de agosto de 1945, al lanzar la primera bomba atómica sobre Hiroshima, y 3 días después, el día 9, sobre Nagasaki, el Gobierno de Estados Unidos inauguró la época de la destrucción masiva, que no sólo arrancó cientos de miles de vidas de manera cruel y horrenda en el momento mismo de los estallidos, sino que dejó programados sus males para que se cumplieran inexorablemente al correr de los años, en el término vital no sólo de la generación que resintió efectos letales de modo inmediato, sino en los de sus descendientes hasta el día de hoy. Recordamos aquellos episodios no sólo por la manía de la prensa de hacer presente el pasado en los aniversarios redondos, los 60 años corridos desde entonces. Es preciso hacerlo también porque el peligro en que desde entonces se halla el género humano se ha reactualizado, en condiciones tales que hacen de la destrucción de aquellas ciudades japonesas apenas un tímido asomo de lo que podría ocurrir hoy. La proliferación de naciones con capacidad y propósitos de acceder a las armas nucleares, así como sus propias necesidades y sus propios intereses, renuevan y aun incrementan el riesgo en que vivió el mundo durante la Guerra Fría, cuando los arsenales de las grandes potencias se incrementaron con grave perjuicio del desarrollo de sus sociedades en direcciones más fructíferas. Hace 60 años llovió fuego sobre Japón. Lo sugirió el propio Presidente norteamericano Harry S. Truman cuando anunció al mundo el lanzamiento de la primera bomba atómica, unas horas después de ocurrido: "la fuerza de la que extrae su poder el sol" había fulminado el centro de la ciudad de Hiroshima. Otras comparaciones con el centro de nuestro sistema fueron más precisas. La fuerza del estallido equivalió a la que liberarían diez mil soles si se deshicieran de pronto y simultáneamente. A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto, el bombardero norteamericano Enola Gay, un B-29 piloteado por el comandante Paul Tibetts lanzó su carga mortal, dos bloques de uranio 235, que produjeron una reacción en cadena y destruyeron el centro de aquella ciudad. Los sobrevivientes recuerdan haber sido cegados por un resplandor intensísimo, al que siguió después la negrura más espesa. Cuando el primer impacto les permitió cobrar conciencia, se percataron de que las casas habían sido demolidas por la explosión o se incendiaban por el fortísimo calor provocado por ella, que también quemó los cuerpos de todos quienes quedaron expuestos directamente al estallido. La alarma que prevenía de ataques aéreos había sonado y dejado de tocar inmediatamente después. Los radares minimizaron la importancia del vuelo de tres aparatos, acostumbrados como estaban los pobladores de Hiroshima al ataque de flotas enteras. Por eso muchos pudieron ver al bombardero que descendió hasta menos de un kilómetro de la tierra para dejar caer su mensaje mortal y alejarse para evitar ser contaminado. Manabu Watanabe, hoy periodista de la televisión japonesa, tenía 8 años de edad entonces. 70 años después recuerda: "Ninguno de nosotros había oído jamás nada sobre la bomba nuclear. No sabíamos que algo tan destructivo existía y cuáles podían ser sus efectos. ¿Cómo podíamos saber lo que había pasado? Pensamos que tenía que ser un bombardeo ordinario porque la radio había anunciado la inminencia de un ataque enemigo. Me encontraba a esa hora con otros compañeros de colegio haciendo gimnasia en el patio de la escuela. Era un niño, pero tengo grabada la imagen (del avión), la estela que dejó en el cielo al marcharse y el momento en que arrojó su carga. Pensé que era una imagen muy bonita. "Segundos después, un gran resplandor se apoderó de todo. Vi una inmensa nube de humo y todos corrimos a ponernos a salvo. Durante unos minutos no supimos nada, sólo después nos dijeron que algo terrible había pasado. Mi hermana, que trabajaba como profesora en la escuela, y yo fuimos hacia el centro de la ciudad para tratar de buscar a nuestros padres, pero no quedaba ningún edificio en pie. ¿Dónde estaba nuestra casa? Era imposible encontrar el camino porque las calles habían desaparecido. Allí donde alcanzaba la vista sólo había escombros. El olor a carne quemada era muy fuerte y nos íbamos tropezando con los muertos. Muchas horas después, encontramos nuestra casa semidestruida. Nuestra otra hermana se encontraba gritando de dolor, con todo el cuerpo en carne viva y el rostro completamente desfigurado. Murió al día siguiente, pero el cáncer terminó con ellos años después. Nunca se recuperaron de la pérdida de mi hermana. Su nombre fue lo último que dijeron antes de fallecer". (El Mundo, 24 de julio) Los efectos de la nueva arma se resentirían por muchos años. Algunas muertes fueron fulminantes, al grado de que John Richard Hersey, periodista de Time y The New Yorker, el primero en publicar al año siguiente un libro sobre la destrucción de Hiroshima, vio siluetas humanas sobre los muros, desintegrados los cuerpos, sólo esa huella de lo que fueron vidas. Pero los daños se multiplicaron al paso de los años, no sólo por las secuelas fisiológicas y síquicas sino porque se generaron también consecuencias sociales y emocionales. Nadie quería casarse con quienes padecieron el estallido de modo cercano. Eso dice Teruko Suga, quien tenía 17 años en 1945: "La bomba destrozó mi vida de forma que nunca pude imaginar. El gobierno me reconoció como una hibakusha (superviviente que se encontraba en la zona de máxima radiación), y me ayudó, pero jamás pude formar una familia. Pensaron que enfermaría y moriría pronto. Otros temían que pudiera tener hijos con deformaciones. Para mí, la bomba ha significado la soledad". Ese es también el caso de Kazuko Tarui, una enfermera que en los días siguientes al estallido rociaba los cuerpos de las víctimas con gasolina a fin de "quemarlos para evitar enfermedades y la propagación de epidemias". Tiempo más tarde, su trabajo hospitalario la obligó a vivir, "días tras día, hasta mi jubilación, el horror de lo que ocurrió, atendiendo a quienes enfermaron con cánceres terribles, viendo nacer a niños con malformaciones y reviviéndolo todo como una pesadilla sin fin. Mi vida ha sido la bomba nuclear. Tuve pretendientes, pero siempre temí darles hijos que no fueran sanos. Quiero que la gente sepa que la bomba fue el comienzo de la desgracia para miles de japoneses, y que después vino una larga agonía". Esa agonía no concluyó con la vida de quienes padecieron el desastre directamente. Hubo quienes ocultaron su exposición a las radiaciones por temor a ser aisladas. Y al casarse no pocos miembros de esa generación tuvieron niños normales, lo que les permitió respirar con alivio, sólo para reconocer con vergüenza, años más tarde, su propia tragedia cuando sus nietos sufrieron malformaciones. Las 100 mil víctimas de Hiroshima se duplicaron 3 días después, cuando el avión comandado por Charles W. Seeney dejó caer, ahora sobre Nagasaki, una segunda bomba atómica, causante de horrores semejantes. El 15 de agosto, el Gobierno japonés se rindió y poco más tarde tropas norteamericanas ocuparon las posiciones clave en ese archipiélago. Permanecen allí hasta el día de hoy. Funcionan en Japón tres grandes bases, cuyo mando es compartido con jefes locales desde que dejó de pesar sobre esa antigua potencia militar la prohibición de rearmarse. Actualmente la sociedad japonesa debate la presencia norteamericana en su país, y el propósito de Washington de concentrar su mando en la ciudad de Zama. Hacía apenas unos meses que Truman era Presidente cuando tomó la gravísima decisión que a los ojos de muchas personas lo colocan en la lista negra de los grandes asesinos de la historia. Franklin D. Roosevelt había ganado en plena guerra su tercera reelección y su conducción del país en esos terribles días, después de que el ataque japonés a Pearl Harbor precipitó la entrada de Estados Unidos en la guerra, le había conferido la autoridad moral que habría aminorado el cuestionamiento a su decisión. Él mismo había autorizado el programa de investigación dirigido por Robert Oppenheimer, el proyecto Manhattan, que permitió el primer estallido experimental el 16 de julio, sólo unas semanas antes de su utilización militar. Pero correspondió a Truman y no a Roosevelt la decisión de aniquilar ciudades enteras, que no eran objetivos militares, para forzar al Gobierno de Tokio a rendirse, como lo había hecho en los meses anteriores sus aliados europeos. Truman resolvió el lanzamiento de las bombas en una operación que se presentó como capaz de ahorrar cientos de miles de vidas, aunque otras muchas se perdieran. Japón estaba prácticamente aniquilado, y su rendición hubiera sido posible después de desembarcos semejantes a los que destruyeron el potencial militar y anímico de Alemania. Pero se calculó en Washington que la invasión hubiera generado una fuerte resistencia, militar y civil, costosísima para los efectivos norteamericanos, que en el frente europeo y en el Pacífico habían pagado ya una enorme cuota de sangre. Se considero, además, lanzar las bombas como una suerte de castigo al expansionismo militar japonés, que durante la década anterior había domeñado buena parte del continente asiático con costas en el Pacífico y hasta había establecido un reino pelele en territorio chino. Hasta 1941, el militarismo imperialista de Tokio, y su ingreso en el Eje con Berlín y Roma, no había generado preocupación alguna en Estados Unidos, donde prevalecían las tesis aislacionistas. Pero cuando Japón lanzó su fuerza contra la presencia norteamericana en la zona, se advirtió el grave peligro que presentaba ese agresivo gobierno sobre sus intereses. Y eso decidió también el lanzamiento de las bombas. A la vista de lo ocurrido en los años posteriores, es claro que al mismo tiempo que Truman perseguía objetivos militares, que hubiera podido conseguir con métodos menos costosos, se propuso mostrar su poderío a la Unión Soviética. Desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, ambas potencias desarrollaron programas de investigación nuclear que culminaron primero en Estados Unidos. La bomba se convirtió desde entonces en un instrumento de disuasión en la naciente Guerra Fría, con efectos recíprocos desde que Moscú logró también generarla y construir las bases y los dispositivos para su eventual lanzamiento contra objetivos norteamericanos. La carrera armamentista en que se enzarzaron las dos potencias contó entre los factores para la destrucción de la Unión Soviética y la diseminación de su poderío. Además del equilibrio político suscitado por la simetría de sus fuerzas, se había llegado a trazar un marco jurídico internacional destinado a evitar la proliferación de armas nucleares y su utilización pacífica. El achicamiento del poder ruso no significó, sin embargo, la eliminación del riesgo nuclear bélico sino al contrario. Materiales, experiencia y destrezas generadas en la URSS a lo largo de casi medio siglo están hoy sin control dispersas en el mapa de ese antiguo imperio. Lo están, asimismo, en países distantes de ser las potencias que, pese a todo, habían reconocido tener una responsabilidad en el mantenimiento de la paz mundial. Hoy, bombas semejantes y mucho más poderosas a las que estallaron en Hiroshima y Nagasaki están en poder, o pueden ser obtenidas en el corto plazo, por países agobiados por conflictos vecinales o ideológicos, en cuyo curso pueden florecer la tentación del uso de esas armas. Un alegato frecuente de Saddam Hussein y los regímenes musulmanes contrarios a Israel lo señalan como poseedor de un arsenal contra el que se ha buscado erigir otros. Dos de las naciones señaladas por el Presidente Bush como integrantes del eje del mal, Corea del Norte e Irán, se disponen a hacer avanzar sus proyectos nucleares. Oscilan entre desarrollarlos con base en su soberanía o admitiendo la autoridad internacional en la materia. Teherán asegura que su propósito es esencialmente pacífico, pero es renuente a la inspección que muestre la veracidad de sus objetivos. El Gobierno norcoreano es menos sutil y se jacta de la posibilidad de emprender una guerra nuclear contra sus enemigos históricos, entre los cuales se ha inscrito Washington por su propia cuenta. Si a todos aterró la posibilidad de que una instrucción mal dada, o mal transmitida, o un accidente desencadenara una guerra que sería el final del género humano, hoy ese riesgo es mucho mayor. Por eso cobró sentido que ayer se reunieran en Hiroshima alcaldes de todo el mundo para proclamar la necesidad de que en 2020 se hayan proscrito las armas nucleares, del modo en que con el empeño formidable de Alfonso García Robles, Premio Nobel de la Paz, se consiguió para América Latina. El secretario general de la ONU, Kofee Anán, estuvo presente en la ceremonia luctuosa en aquella ciudad japonesa, pues el avance de ese programa es una de las misiones de la organización internacional, actualmente confiada a un Embajador canadiense, Douglas Roche. Se trata de una conmemoración de carácter humanista, que no se ocupa de resolver la cuestión todavía insoluta de si Japón fue víctima de un abominable crimen de guerra o si Truman ahorró a sus ciudadanos y al mundo angustia y destrucción, aunque para ello fuera menester causarlas.