El 14 comenzaron las fiestas. Un asado en la tarde a 50 kilómetros al sur, donde aprendí a prender fuego (ese ejercicio de la virilidad de Occidente donde siempre había fallado... de ser cavernícola, hace años hubiera muerto) y por la noche nos reunimos a tomar jarras de "terremotos" en la Bodeguita de Nicanor, un galpón que no recuerda en nada al poeta matemático, pero ay, tocan cuecas de su hermana.
El terremoto es un traguito más noble de lo que suena. Vino blanco con un licor de hierbas argentino que se llama Fernet y alivia la tos, y helado de piña que la causa. Era 14, pero por aquello del 18, era bebida obligada.
A mí me resulta curioso cómo la mentalidad chilena se transforma en menos de una semana. El 11 retiraban los semáforos y desviaban el tráfico por temor a las protestas radicales que conmemoran con fervor la caída de la Casa de la Moneda y la muerte de Salvador Allende. Hoy, ultraderechistas, comunistas, socialistas y un mexicano escuchaban música típica y se embriagaban despacio con el pretexto de la libertad arengada por Bernardo O'Higgins hace dos siglos.
Luego vinieron las empanadas de carne, con huevo pero sin aceituna porque a Mariela no le gustan. Las ramadas, de San Pedro de la Paz, y de Collao, con su toro mecánico (despacito para los niños), más terremotos, anticuchos y el vuelo de decenas de papalotes, que acá nomás son cometas, pero ¿no es más lindo llamarlos mariposas?
Había vino, cerveza artesanal (ah, la exquisita cerveza artesanal de a 50 pesos), chicha, y un ambiente que rememora la fiesta de la cerveza en Alemania. Las ramas de palma de los techos fueron cambiadas por láminas y toldos, que resultaron mejores a la hora de las lluvias.
El martes se llenó de desfiles. Hasta Mariela tuvo que ir a Santa Juana a cruzar la plaza con el uniforme de la escuela. Marchó desde el cartero hasta el camión de la basura, todos recibidos por el Alcalde de la localidad. El desfile bueno, sí, fue en el centro histórico de la ciudad de Concepción, pero como siempre con los desfiles, alguien me lo contó mientras yo dormía.
Los conciertos eran gratis y nosotros fuimos a ver a un Américo que no era Vespucio. El miércoles, con todo y que ya era 19, la intensidad no bajaba. En un evento conmemorativo el Presidente dormitaba mientras alguien leía una carta de Benedicto.
El asado ahora fue en casa y al repertorio conocido se agregaron los panes con chorizo, las famosas longanizas de Chillán. Si uno quería verduras, para eso estaban las papas cocidas. Seguir comiendo era un respeto a la tradición, un acto de voluntad histórica que acallaba al estómago.
Vino el otro desfile, el militar, por la tele, y una vez más el 18 contrasta con el 11. Primero los milicos eran el símbolo de la opresión, ahora el símbolo de la Patria, los defensores de una nación que, como todas las naciones, fue formada por revolucionarios.
Con todo y lluvias el ánimo seguía. Alguien tenía que subirse a un autobús a punto de la medianoche. Las cervezas Escudo atenuaron la espera. El 18 de cinco días llegaba a su fin.
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