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"Reflexiones"

"Una lección de generosidad"

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05/05/2012 00:00

    Héctor Tomás Jiménez

    Para enriquecer el alma debemos aprender a practicar el don de la generosidad, aprender a ver más allá de nuestros sentidos, a pulsar con nuestros sentimientos la esencia de la sabiduría vital de nuestra existencia, a encontrarle sentido a nuestras acciones y actitudes que vamos acumulando en nuestra existencia.
    Es un hecho que la vida nos da grandes lecciones y en nuestras manos está el ignorarlas o el saber aprovecharlas. Vivir cada una de las experiencias vitales, nos dará la suficiente energía para crecer como personas de bien. Hacer lo contrario, ignorarlas y desdeñarlas, es menospreciar la oportunidad de crecer y en consecuencia, significa quedarnos con el alma empobrecida. En eso consiste el aprendizaje de la vida, en aprender a ver de manera diferente cada una de las cosas que vivimos, pues siempre tienen una razón y un por qué que debemos aprender a descubrir.
    Cuentan que en cierta ocasión, una joven pareja llegó con la Madre Teresa con una buena cantidad de dinero que querían aportar para ayudar a los pobres. Un tanto extrañada por aquel gesto, les preguntó: "Queridos jóvenes, ¿dónde consiguieron tanto dinero?" Ellos le dijeron: "¡Mire usted, hace dos días nos casamos, y antes del matrimonio decidimos que no tendríamos trajes nupciales, ni celebraciones ya que destinaríamos todo el dinero para ayudar a quienes más lo necesitan, por eso le hemos traído el dinero". Entonces, ella les preguntó: "¿Pero qué les ha motivado a hacer eso?" A lo que los jóvenes respondieron: "¡Es que nos amamos tanto que deseamos compartir el gozo de nuestro amor con los pobres a los que ustedes sirven!". El asombro de la Madre Teresa fue tal, que emocionada les dio su bendición por su generosidad y desprendimiento, que aunque no era doloroso, sí se sentía que era lleno de gozo, pues pocas veces había visto en otras personas la alegría de aquellos jóvenes llenos de amor y de generosidad.
    No hay nada más bello en el ser humano, que la capacidad para ver con los ojos del alma. Ver hacia adentro, hacia nuestro corazón, descubrir nuestra capacidad de asombro y nuestros sentimientos de angustia cuando vemos injusticias, demostrar que somos capaces de sufrir y llorar ante el sufrimiento de los demás, y sentir el impulso de extender la mano para ayudar a aliviar un poco la pena de quien sufre.
    Para eso nos sirven los ojos del alma, para ver nuestro interior y abrir nuestro corazón en ayuda a quienes nos necesitan. Bien decía la Madre Teresa de Calcuta: "Hay que dar hasta que duela", y al decir "dolor" no hacía referencia solamente al de la persona necesitada, sino también al dolor que nos causa el saber que aún dando, no alcanzamos a aliviar el dolor del que sufre. ¿Alguna vez han experimentado el gozo de amar dando hasta que duela? Tenemos que aprender a ver con los ojos del alma, pues sus reflejos son verdaderos, son reales, nos hablan de lo mucho que podemos hacer por nuestros semejantes y de lo poco que nosotros necesitamos cuando estamos llenos de amor.
    En realidad son pocas las personas que son capaces de dar de esa manera. Por lo general somos generosos con lo que no necesitamos o con aquello que nos sobra, pero pocas veces nos desprendemos de aquello que nos sirve, y esa forma de dar, aunque meritoria porque ayuda en parte el dolor ajeno, no nos lastima el alma ni nos causa dolor alguno, sino cierta satisfacción por ayudar al prójimo. Nos aferramos a nuestros sentimientos de posesión de cosas materiales, pensamos en prever nuestro futuro y lo que posiblemente necesitaremos más adelante, y este sentimiento nos impide dar hasta que duela.
    Dicen que los ojos son el espejo del alma, y no tengo duda que así sea, pues en el rostro y en la mirada de las personas podemos adivinar mucho de lo que son en su vida interior. Casi siempre tenemos una mirada diferente según sean nuestros egos o nuestros sentimientos. Una persona con rencor, frunce el entrecejo y mira furtivamente, en cambio, una mirada amorosa refleja luz intensa en los ojos de la persona.
    Por esta razón, es que aprender a ver con los ajos del alma, es también descubrir que los ojos además de ser el espejo del alma, son las ventanas por las que se asoma el alma para mirar la vida. Si ponemos el empeño necesario, nuestros dos ojos nos llevarán poco a poco a ver con los ojos del alma, y descubrir en las necesidades ajenas nuestras propias necesidades.


    JM. Desde la Universidad de San Miguel
    udesmrector@gmail.com