"Vamos por la vida, aprendiendo y desaprendiendo, aprendiendo cosas nuevas que ignorábamos, y muchas otras que sabíamos mal y que corregimos"
Héctor Tomás Jiménez
La sabiduría de la vida
Rabindranath Tagore escribió un breve poema intitulado El hombre sabio, del cual resaltamos una de sus estrofas que a la letra dice:
"El sabio no es impetuoso,/ y nunca pierde el dominio de sí mismo./ El sabio no ofende a nadie,/ y nunca halla motivo para rechazar a nadie./ El sabio es aquel que se conoce a sí mismo, /y que quiere conquistarse a sí mismo, más que conquistar a otros. /El sabio, contemplado, no parece digno de ser mirado, / oyéndolo, no parece digno de ser escuchado, / sin embargo, contiene en sí todas las virtudes".
Los seres humanos por lo general, estamos dispuestos a aprender todo aquello que sea en nuestro provecho y beneficio y desdeñamos aquello que de antemano sabemos que no es para nuestro bien ni de quienes nos rodean.
Así vamos por la vida, aprendiendo y desaprendiendo, aprendiendo cosas nuevas que ignorábamos, y muchas otras que sabíamos mal y que corregimos.
Es la forma como vamos tejiendo el caudal de conocimientos que nos hacen valorar muchas cosas, sobre todo las que nos sirven para templar el carácter y con ello enfrentar con éxito las dificultades que la vida misma nos presenta.
Es a través del aprendizaje de muchas pequeñas cosas como acumulamos conocimientos, los que al practicarlos a favor de los demás con actitud humilde y desinteresada, se convierten en destellos de sabiduría de la vida.
La sabiduría es un bien que se adquiere con los años, razón por la cual, generalmente todos los sabios son viejos y tranquilos, aunque no todos los viejos tranquilos sean sabios.
La sabiduría es una filosofía de vida que se construye desde la juventud, pues es un constante transitar y fluir entre caminos de verdad y de amor, sobre todo cuando el caminar se hace a paso lento y disfrutando de las cosas bellas que se encuentran a lo largo del camino.
La sabiduría condiciona al hombre para hacer siempre el bien a favor de los demás, para entregarse de manera desinteresada, algunas veces mediante un buen consejo y otras tantas con el ejemplo de vida.
La sabiduría le permite al hombre trascender y ser recordado por sus buenas obras, más que por sus conocimientos.
Cuando dejamos crecer al yo ególatra, al yo superlativo, estamos minimizando al yo sabio, al yo humilde y generoso.
El ególatra se presupone sabio y exitoso, cuando en realidad es fatuo y envidioso, la fatuidad lo hace creer que es grande, y la envidia no le permite ver sus propias cualidades, pues le duelen demasiado las de las demás personas, sobre todo las que quisiera tener.
Es ciego ante sus propias capacidades y virtudes. Es por ello que debemos aprender a conocer a los seres humanos por sus actitudes y conductas frente a los demás, y sobre todo, saber distinguir quién dice lo que es importante y verdadero, pues cuando el hombre sabe callar sin decir lo que sabe, es prudente y sabio, y cuando sólo habla y no sabe lo que dice, entonces es necio y tonto.
Es por ello que se dice que el sabio enseña más cuando calla que el necio cuando habla. Hay una breve historia que nos ilustra muy bien lo anterior.
"Se cuenta que en el siglo pasado, un turista americano fue a la Ciudad de El Cairo, Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio.
El turista se sorprendió al ver que el sabio vivía en un cuartito muy simple y lleno de libros y donde las únicas piezas de mobiliario eran una cama, una mesa y un banco.
"Al llegar, el turista aquel le preguntó de manera imprudente: ¿Dónde están sus muebles? Y el sabio, sin inmutarse le contestó con otra pregunta: ¿Y dónde están los suyos? ¿Los míos?, dijo sorprendido el turista.
"¡Pero si yo estoy aquí solamente de paso! Yo también concluyó el sabio." (Fin de la historia)
Como moraleja podemos decir: Que la vida es una pizca de tiempo, un espacio breve donde moramos temporalmente, que nuestra presencia en la tierra es solamente un suspiro y sin embargo, algunos viven como si fueran a quedarse aquí eternamente y se olvidan de ser felices.
Por esta razón, el valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden, de ahí que existan momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.
JM Desde la Universidad de San Miguel.
udesmrector@gmail.com