En Sinaloa ya aprendimos a desconfiar
Cada vez que cae un personaje importante del crimen organizado, el discurso es prácticamente el mismo de que era un generador de violencia, que el golpe es contundente y que ahora sí deberían bajar los homicidios. Suena bien. El problema es que en Sinaloa ya hemos escuchado esa promesa demasiadas veces.
Pero una cosa es afectar una organización y otra muy distinta pensar que la violencia va a desaparecer casi por arte de magia.
La historia reciente del estado no ayuda a ser optimistas. Más de una vez han caído objetivos prioritarios y, lejos de traer calma, en ocasiones vino una nueva disputa por el control, más enfrentamientos y más víctimas. Como si quitar una pieza del tablero sólo obligara a mover las demás.
También hay que recordar que los homicidios no dependen de una sola persona. Si un grupo tiene capacidad de operar, de reclutar y de conseguir armas, el problema sigue ahí, aunque cambie el nombre del jefe. Pensar que todo se resolvía con “El Texas”, como confió el Secretario de Seguridad, pareciera simplificar demasiado una crisis que lleva años creciendo.
Todos queremos que las cifras bajen, nadie extraña despertar con reportes de balaceras, bloqueos o asesinatos. Pero la verdadera prueba no serán las declaraciones del día siguiente, sino los números de las próximas semanas y meses. Ahí es donde se sabrá si el golpe realmente cambió algo.
Porque en Sinaloa ya no hacen falta pronósticos optimistas. Hacen falta resultados que duren. Cuando los homicidios bajen de manera sostenida y la gente pueda salir sin vivir con el pendiente de qué va a pasar ese día, entonces sí habrá algo que celebrar.
Agenda escondida
En Sinaloa parece estar imponiéndose una escuela muy clara en el manejo de la comunicación gubernamental, una donde la transparencia se administra como si fuera un privilegio y no una obligación.
El lunes quedó una muestra. La visita a la obra del malecón margen izquierdo se organizó para un grupo reducido de medios de comunicación. No sólo eso: a los asistentes se les pidió que no avisaran al resto de sus colegas. Como si una obra pública, financiada con dinero de todos, pudiera convertirse por unas horas en un evento privado.
Dos días después llegó otro episodio igual de desafortunado. El Ayuntamiento de Culiacán convocó a la cobertura del programa de desarme voluntario en el Parque Revolución. La invitación apareció... y después desapareció. Sin embargo, la Alcaldesa Ana Miriam Ramos sí acudió al evento. Lo que no hizo fue atender a los medios. Mientras los reporteros esperaban declaraciones, el equipo de Comunicación Social hizo lo que parece haberse convertido en una especialidad: levantar una barrera humana para impedir cualquier acercamiento.
No deja de sorprender que servidores públicos pagados con recursos públicos actúen como si la prensa fuera un enemigo del que hay que protegerse. Su trabajo no consiste en blindar funcionarios ni en fabricar escapatorias.
Su responsabilidad es facilitar el acceso a la información y propiciar el diálogo con quienes representan el derecho de la sociedad a preguntar.
Lo verdaderamente grave es que estas maniobras revelan algo más profundo que un problema de protocolo. Revelan miedo. Porque quien confía en su gestión no necesita agendas secretas, invitaciones selectivas ni cordones improvisados de asistentes para evitar preguntas incómodas. Da la cara. Responde. Explica. Incluso cuando las respuestas no sean agradables.
Resulta todavía más incomprensible tratándose de una administración que llegó en circunstancias extraordinarias. Ana Miriam Ramos asumió la Alcaldía tras la salida de Juan de Dios Gámez Mendívil, hoy separado del cargo en medio de señalamientos gravísimos, señalamientos que lo tienen como parte de una estructura del crimen organizado que ha cobrado miles de vidas en la ciudad que lo eligió. Ese contexto exigía una administración abierta, dispuesta a recuperar la confianza ciudadana. En cambio, la respuesta parece haber sido levantar más muros.Hay una diferencia enorme entre administrar una crisis y esconderla. La primera exige liderazgo. La segunda únicamente evidencia inseguridad.
Ningún equipo de Comunicación Social debería convertirse en un muro de contención para proteger egos políticos. Tampoco en el filtro que decide qué periodistas merecen acceso y cuáles deben quedarse afuera. Cuando eso ocurre, deja de hacer comunicación institucional y comienza a operar como aparato de control.
Quizá alguien debería recordarles que los reporteros no acuden a los eventos para hacerles un favor a los gobiernos. Acuden porque representan el derecho de los ciudadanos a saber qué hacen sus autoridades. Impedir preguntas, ocultar agendas o seleccionar interlocutores no elimina los problemas de una administración; únicamente hace más evidente la incapacidad de quienes prefieren correr antes que rendir cuentas.
Y todo para qué, diría Intocable
Resulta que el Gobierno del Estado a través de la Secretaría de Obras Públicas informó recientemente que los trabajos de rehabilitación del estadio Dorados, Banorte o Carlos González y González, que ya no sabemos ni cómo se llama, tiene un avance del 80 por ciento.
La noticia que la dependencias quiso dar es que todo va viento en popa y que todo quedará listo máximo en unas dos semanas justo para... pues no, tampoco sabemos para qué, puesto que ya de todos es sabido que la directiva del Club Dorados de Sinaloa, el equipo de futbol profesional que fue el pretexto para construir este estadio a principios de la década de los 2000, que logró su ascenso a la Primera División en su primer año y que ha visto pasar en sus filas a figuras tan random como el mítico español Joseph Guardiola y recientemente como entrenador al mismísimo Diego Armando Maradona, pues jugará en Mazatlán su próxima temporada en el estadio El Encanto.
Qué cosas tan absurdas y bochornosas pasan en Sinaloa, pues era obvio que el proyecto que dejó el Gobernador Quirino Ordaz, con la construcción de un moderno estadio de futbol profesional con un costo de más de medio millar de millones de pesos sin tener un equipo de Primera División amarrado, no iba a fraguar más allá de un par de años con el Mazatlán FC, que llegó prácticamente arrancado de ciudad de Morelia, Michoacán.
Cómo era de esperarse, el Tío Richi, como le conocen al empresario Ricardo Salinas Pliego, dejó tirado el proyecto al no tener ya ningún compromiso que hizo con el hoy Embajador de México en España.
Obvio la decisión de mudar al equipo, dejó al llamado originalmente estadio Kraken sin proyecto, por lo que buscaron con la directiva de Dorados, que había migrado a Tijuana, principalmente por la guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa y que impidió que el equipo realizara sus últimas temporadas en Culiacán.
También era obvio que Grupo Caliente, propietario en su mayoría de Dorados, iba a preferir jugar en el Kraken, por lo que hicieron alianza y amarraron la temporada de la hoy llamada Liga de Expansión.En cambio, el césped del Coloso del Humaya sigue subutilizado como sede de conciertos y de eventos deportivos para hacerle el caldo gordo a Morena, y tendrá hoy que conformarse con este tipo de eventos.
La decisión absurda más actual es que, previo a saberse que Dorados jugaría en Mazatlán la temporada que ya casi da inicio, en el Gobierno de Sinaloa se les ocurrió hacer justo una inversión de más de 20 millones de pesos para la rehabilitación del inmueble.
Lo que nos sigue causando dudas es ¿para qué? Suena a que desde el Gobierno estatal ya no saben en qué gastarse el dinero de la Obra Pública porque ya no hay equipo que venga a jugar en Culiacán.
¡FOUL!... Pues poco pudo hacer el Instituto Electoral de Sinaloa con la creación de dos nuevos partidos políticos en México y Sinaloa... uno de ellos, Partido Paz, que anunció su ¡simpatía por la 4T!