Desde temprano empezó a correr el rumor. Se hablaba de una detención importante por allá por la Sierra de Badiraguato, en los límites de Sinaloa y Durango. Un territorio que todo mundo sabe domina Aureliano “El Guano” Guzmán, hermano de “El Chapo”.
Hasta allá fuimos y desde Tamazula vimos que el pueblo estaba tranquilo. Sólo pudimos confirmar un fuerte operativo en el que participaron helicópteros Black Hawk. Hacía sentido pensar en una captura importante.
Muchos medios nacionales y portalitos incluso se fueron de bruces y confirmaron la captura de ese otro Guzmán Loera sin ninguna evidencia.
Al final no fue. O no ha sido.
Harfuch, en medio de una rueda de prensa que era para otra cosa, confirmó el operativo e incluso habló de detenidos, así, en plural. Pero dijo que “El Guano” no estaba identificado.
Mientras tanto en Culiacán corrió también el rumor de que el aeropuerto estaba cerrado, en Noroeste fuimos y comprobamos que operaba con normalidad.
Y así nos fuimos a dormir, con una detención que no fue y sin ninguna información oficial de cuántos ni quiénes son los detenidos. Así se las gasta el Ejército cuando de no informar se trata.
Otra vez la misma escena: al Gobernador Rubén Rocha Moya le preguntan por un operativo de alto impacto en Sinaloa y responde que “no tiene información”. Otra vez el deslinde, otra vez la distancia, otra vez la narrativa de que los asuntos de seguridad ocurren en paralelo al despacho principal del estado.
El problema es que ese discurso se agota. Después de más de dos años marcados por la crisis de seguridad, enfrentamientos, desapariciones, bloqueos, miedo ciudadano y una evidente tensión en varias regiones de la entidad, resulta cada vez menos creíble que el titular del Ejecutivo permanezca ajeno a lo que sucede.
No se trata de que el Gobernador encabece capturas ni revele estrategias operativas. Se trata de que conozca el contexto, esté enterado de los movimientos relevantes y asuma el liderazgo político que le corresponde. Gobernar también significa hacerse cargo de la realidad, no enterarse de ella por preguntas de reporteros.
Decir que “si fuera importante me hubieran avisado” tampoco ayuda. Porque si la posible detención de un personaje ligado al crimen organizado en una zona sensible no amerita información al Gobernador, entonces surge una duda mayor: ¿qué sí amerita que se le informe?
La ciudadanía no espera que resuelva todo de un día para otro, pero sí espera a un Mandatario involucrado, consciente y presente. La seguridad no puede administrarse desde la sorpresa permanente ni desde la posición del “yo no sabía”.
Sinaloa necesita coordinación real, mando político y responsabilidad pública.
Hay algo incómodo, pero necesario, en lo que plantea el Consejo Estatal de Seguridad Pública de dejar de preguntarnos si “vamos mejor” en la crisis de seguridad que estalló en 2024 y empezar a medir qué tan lejos estamos de donde no deberíamos haber salido.
Porque durante meses, el discurso oficial se ha sostenido en una lógica de acumulación: más operativos, más detenciones, más decomisos. Una especie de contabilidad del esfuerzo, pero el problema es que la gente no vive en los operativos, vive en la calle. Y ahí, la realidad no se mide en cifras de acciones, sino en la ausencia, o presencia, de violencia.
El planteamiento de medir la “distancia a la estabilidad” es, en el fondo, un golpe de realidad. Nos obliga a dejar de comparar contra el desastre inmediato para empezar a compararnos con algo más incómodo: la normalidad perdida.
Porque si el homicidio está más de dos veces por encima de lo que debería, si el feminicidio duplica la “meta mínima” y si la desaparición y el robo siguen desbordados, entonces no estamos en recuperación. Estamos, en el mejor de los casos, administrando la crisis.
Y eso abre otra discusión que rara vez se dice en voz alta: ¿de qué sirve tener un año “récord” en operativos si la violencia sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana? La estrategia puede ser intensa, pero si no es efectiva, termina siendo apenas una simulación de control.
A eso se suma el dato más corrosivo de todos: la impunidad. Más del 90 por ciento en la mayoría de los delitos no es una falla del sistema, es prácticamente su definición. En ese contexto, la violencia no solo ocurre sino que se vuelve funcional. No hay consecuencia, no hay disuasión, no hay cierre.
Y entonces la pregunta de fondo cambia pues ya no es si estamos mejor que en 2024, sino si estamos aprendiendo algo de 2024.
El propio coordinador, Miguel Calderón Quevedo, lo plantea con una metáfora médica: antes de curar, hay que estabilizar. Pero incluso esa idea implica reconocer que el paciente sigue en estado crítico, pese a todos los esfuerzos reportados.
Lo más valioso del diagnóstico no son los números; que son alarmantes, sino el intento de poner un punto de referencia claro en medio del ruido. Porque sin ese punto, cualquier mejora marginal puede venderse como avance, y cualquier retroceso puede diluirse en la narrativa.
El verdadero problema es cuando la discusión pública se centra en si vamos “un poco mejor” o “no tan mal”, mientras la distancia con la estabilidad sigue siendo abismal, lo que se pierde no es sólo seguridad sino la vara con la que deberíamos exigirla.
Ayer fue el último partido del Mazatlán FC en el puerto. Los “cañoneros” se despidieron de El Encanto y su afición ganándole al Toluca y hasta con música de quien siempre les apoyó: la Banda El Recodo.
Pero a pesar de la victoria, la música y los fuegos artificiales, en realidad estamos ante una noticia muy triste: Mazatlán se quedará sin futbol y todo lo que ese deporte masivo y popular arrastra.
Hablamos del turismo deportivo y su derrama que le daba un gran respiro al puerto en medio del impacto de la guerra criminal que ya lleva casi 20 meses.
Ese respiro ya no llegará y ese estadio nuevo y bonito tendrá que encontrar pronto alguna actividad que le saque jugo para no caer en el deterioro. Lo cierto es que se ve muy difícil que puedan poner ahí algo a la medida de la instalación y la necesidad.
Esta guerra nos ha quitado muchas cosas a los sinaloenses, más allá de la tranquilidad y la enorme cantidad de víctimas de la violencia; ahora, el futbol profesional y su afición se unen a esa larga lista de pérdidas.
Pero no sea usted exagerado, no estamos en emergencia, dicen las autoridades estatales.
¡Foul!... Luisa María Alcalde hizo lo que nadie en este País: decirle a la Presidenta que “iba a pensar” si atendía su invitación a la Consejería Jurídica. Cometió la descortesía y ¡aceptó unas horas después!
Desde temprano empezó a correr el rumor. Se hablaba de una detención importante por allá por la Sierra de Badiraguato, en los límites de Sinaloa y Durango. Un territorio que todo mundo sabe domina Aureliano “El Guano” Guzmán, hermano de “El Chapo”.
Hasta allá fuimos y desde Tamazula vimos que el pueblo estaba tranquilo. Sólo pudimos confirmar un fuerte operativo en el que participaron helicópteros Black Hawk. Hacía sentido pensar en una captura importante.
Muchos medios nacionales y portalitos incluso se fueron de bruces y confirmaron la captura de ese otro Guzmán Loera sin ninguna evidencia.
Al final no fue. O no ha sido.
Harfuch, en medio de una rueda de prensa que era para otra cosa, confirmó el operativo e incluso habló de detenidos, así, en plural. Pero dijo que “El Guano” no estaba identificado.
Mientras tanto en Culiacán corrió también el rumor de que el aeropuerto estaba cerrado, en Noroeste fuimos y comprobamos que operaba con normalidad.
Y así nos fuimos a dormir, con una detención que no fue y sin ninguna información oficial de cuántos ni quiénes son los detenidos. Así se las gasta el Ejército cuando de no informar se trata.
Otra vez la misma escena: al Gobernador Rubén Rocha Moya le preguntan por un operativo de alto impacto en Sinaloa y responde que “no tiene información”. Otra vez el deslinde, otra vez la distancia, otra vez la narrativa de que los asuntos de seguridad ocurren en paralelo al despacho principal del estado.
El problema es que ese discurso se agota. Después de más de dos años marcados por la crisis de seguridad, enfrentamientos, desapariciones, bloqueos, miedo ciudadano y una evidente tensión en varias regiones de la entidad, resulta cada vez menos creíble que el titular del Ejecutivo permanezca ajeno a lo que sucede.
No se trata de que el Gobernador encabece capturas ni revele estrategias operativas. Se trata de que conozca el contexto, esté enterado de los movimientos relevantes y asuma el liderazgo político que le corresponde. Gobernar también significa hacerse cargo de la realidad, no enterarse de ella por preguntas de reporteros.
Decir que “si fuera importante me hubieran avisado” tampoco ayuda. Porque si la posible detención de un personaje ligado al crimen organizado en una zona sensible no amerita información al Gobernador, entonces surge una duda mayor: ¿qué sí amerita que se le informe?
La ciudadanía no espera que resuelva todo de un día para otro, pero sí espera a un Mandatario involucrado, consciente y presente. La seguridad no puede administrarse desde la sorpresa permanente ni desde la posición del “yo no sabía”.
Sinaloa necesita coordinación real, mando político y responsabilidad pública.
Hay algo incómodo, pero necesario, en lo que plantea el Consejo Estatal de Seguridad Pública de dejar de preguntarnos si “vamos mejor” en la crisis de seguridad que estalló en 2024 y empezar a medir qué tan lejos estamos de donde no deberíamos haber salido.
Porque durante meses, el discurso oficial se ha sostenido en una lógica de acumulación: más operativos, más detenciones, más decomisos. Una especie de contabilidad del esfuerzo, pero el problema es que la gente no vive en los operativos, vive en la calle. Y ahí, la realidad no se mide en cifras de acciones, sino en la ausencia, o presencia, de violencia.
El planteamiento de medir la “distancia a la estabilidad” es, en el fondo, un golpe de realidad. Nos obliga a dejar de comparar contra el desastre inmediato para empezar a compararnos con algo más incómodo: la normalidad perdida.
Porque si el homicidio está más de dos veces por encima de lo que debería, si el feminicidio duplica la “meta mínima” y si la desaparición y el robo siguen desbordados, entonces no estamos en recuperación. Estamos, en el mejor de los casos, administrando la crisis.
Y eso abre otra discusión que rara vez se dice en voz alta: ¿de qué sirve tener un año “récord” en operativos si la violencia sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana? La estrategia puede ser intensa, pero si no es efectiva, termina siendo apenas una simulación de control.
A eso se suma el dato más corrosivo de todos: la impunidad. Más del 90 por ciento en la mayoría de los delitos no es una falla del sistema, es prácticamente su definición. En ese contexto, la violencia no solo ocurre sino que se vuelve funcional. No hay consecuencia, no hay disuasión, no hay cierre.
Y entonces la pregunta de fondo cambia pues ya no es si estamos mejor que en 2024, sino si estamos aprendiendo algo de 2024.
El propio coordinador, Miguel Calderón Quevedo, lo plantea con una metáfora médica: antes de curar, hay que estabilizar. Pero incluso esa idea implica reconocer que el paciente sigue en estado crítico, pese a todos los esfuerzos reportados.
Lo más valioso del diagnóstico no son los números; que son alarmantes, sino el intento de poner un punto de referencia claro en medio del ruido. Porque sin ese punto, cualquier mejora marginal puede venderse como avance, y cualquier retroceso puede diluirse en la narrativa.
El verdadero problema es cuando la discusión pública se centra en si vamos “un poco mejor” o “no tan mal”, mientras la distancia con la estabilidad sigue siendo abismal, lo que se pierde no es sólo seguridad sino la vara con la que deberíamos exigirla.
Ayer fue el último partido del Mazatlán FC en el puerto. Los “cañoneros” se despidieron de El Encanto y su afición ganándole al Toluca y hasta con música de quien siempre les apoyó: la Banda El Recodo.
Pero a pesar de la victoria, la música y los fuegos artificiales, en realidad estamos ante una noticia muy triste: Mazatlán se quedará sin futbol y todo lo que ese deporte masivo y popular arrastra.
Hablamos del turismo deportivo y su derrama que le daba un gran respiro al puerto en medio del impacto de la guerra criminal que ya lleva casi 20 meses.
Ese respiro ya no llegará y ese estadio nuevo y bonito tendrá que encontrar pronto alguna actividad que le saque jugo para no caer en el deterioro. Lo cierto es que se ve muy difícil que puedan poner ahí algo a la medida de la instalación y la necesidad.
Esta guerra nos ha quitado muchas cosas a los sinaloenses, más allá de la tranquilidad y la enorme cantidad de víctimas de la violencia; ahora, el futbol profesional y su afición se unen a esa larga lista de pérdidas.
Pero no sea usted exagerado, no estamos en emergencia, dicen las autoridades estatales.
¡Foul!... Luisa María Alcalde hizo lo que nadie en este País: decirle a la Presidenta que “iba a pensar” si atendía su invitación a la Consejería Jurídica. Cometió la descortesía y ¡aceptó unas horas después!